Vía: www.abc.es/J.J. MADUEÑO / MARBELLA

Plácido Domingo volvió 32 años después a la cantera de Nagüeles para cantar con maestría y versatilidad la lírica más depurada

Era una de las noches marcadas en el calendario de Starlite Marbella.Plácido Domingo se subió a las tablas de la cantera de Nagüeles para que el público, entregado a la mega estrella española, diera buena cuenta de un repertorio en el que no faltó de nada. El tenor y barítono español volvió al lugar que imaginó, junto con Julio Iglesias y el Príncipe Alfonso von Hohenlohe, como un auditorio internacional de música.

«Vimos esta herida en la montaña y de broma, hablando con Alfonso von Hohenlohe, dije que se podía hacer un auditorio, vinimos y el primer concierto hubo que subir las sillas y todo», señaló Plácido Domingo tras el concierto. Corría el año 1983 y aquellos visionarios presentaron un ambicioso proyecto con un concierto del propio Domingo, que iba camino de convertirse en leyenda.

Volvió 32 años después a la cantera para ablandar el granito, que un día sirvió para que Puerto Banús luzca sus actuales galas, para cerrar el ciclo de un viejo sueño acompañado de toda la alta sociedad marbellí. Una compañía que al final del concierto pidió que el auditorio llevase su nombre. «Que se llame como quieran, pero que siga existiendo», respondió Domingo. El tenor deseó después del concierto no volver a esperar 30 años para volver a la cantera de Nagüeles. «Porque no volvería», apostilló con humor.

Hubo una magia especial en el evento, esa mística que permite ver a Plácido Domingo en mangas de camisa, donde las señoras lucen vestidos coloridos y donde todo se va a las antípodas de la etiqueta de un patio de butacas de un gran teatro de ópera. Un hechizo que en el «bis» hizo cantar al público «bésame» junto con el tenor, que se podía ver jugando a dirigir la orquesta entre bambalinas con los niños cuando no cantaba. Un ambiente especial, acalorado, pero lleno de sueños.

En el repertorio Plácido Domingo estuvo acompañado de la sopranoAna María Martínez. Alternaron canciones, hicieron dúos y deleitaron a partes iguales. Porque sí bien Plácido Domingo era la gran estrella, Martínez fue otras de esas motas mágicas que resaltan en el cielo. La primera parte estuvo dedicada a la ópera. Verdi fue el gran protagonista de este acto. «Macbeth», «Ernani» y un maravilloso dúo en el «Il Trovatore» para cerrar. Antes había abierto la Orquesta Filarmónica de Málaga con L’italiana in Algeri de Rossini. Eugene Kohn daba templanza y pasión a partes iguales a la dirección. La Filarmónica malagueña sonaba de acorde al gran regreso.

El primer acto lo completaron Leoncavalio, Giordano y Manuel de Falla. En esta última apareció Nuria Palomares derrochando arte flamenco. No sería la única vez, cada aparición sería una fusión maestra de lo clásico con las raíces flamencas. Hasta en el «bis», cuando en medio de un «Ojo verdes» de Plácido Domingo, salió Palomares, luciendo el color de la esperanza, para dejar un espectáculo de danza que conseguía lo imposible: ensalzar la voz del tenor, barítono y director español.

El segundo acto fue más dinámico y lleno de color. Los géneros se sucedieron y las voces cincelaron el arte en la roca de la cantera. Emergió «El país de las sonrisas» y «Die Lustige Witwe» de Lehár,donde Domingo y Martínez se lanzaron a bailar. También apareció la «Princesa de las Czardas» de Kalman y retronaron «The sound music» y «South Pacific» de Rodgers. Hasta que emergió el musical con «My Fair Lady» de Loewe y un nuevo dúo lleno de sentimiento y belleza con Ana María Martínez en «Tonight»de «West Side Story» de Bernstein. La noche acabó con «La boda de Luis Alfonso» de Giménez, «Las hijas del Zebedeo» de Chapí y «Maravillas» de Moreno Torroba.

Hasta Moreno Torroba estaba marcado. Pero hubo más fuera de libreto, donde destacó un «bésame» con el público y un «ojos verdes» cargado de belleza plástica. Todo acabó con José María Cano, director de honor, dirigiendo a la orquesta y con Plácido Domingo narrando la amargura de un «Gitano sin su honor», una obra que dijo haber cantado con el ex de Mecano hacía ya 20 años. Pasa el tiempo por las voces, que se adaptan a nuevo tonos y papeles, pero no por las notas y los sentimientos.

A la salida, los abanicos habían calmado su aleteo, el cabaret se había adueñado de la zona «lounge» de Starlite, que comenzaba su actividad, y el patio de butacas vacío, después de la tormenta musical, quedaba en calma con sus asistentes saboreando lo que entre el reblandecido granito de Nagüeles había sucedido. Tras Marbella, donde ha pasado dos días de descanso antes del concierto, Plácido Domingo emprende marcha a Salzburgo, luego pasará por México, Nueva York, Las Vegas y Los Ángeles, donde es el director general de la ópera. Llevará por el mundo su «Encanto del mar», nuevo disco, para finalmente, cuando diciembre despunte en el calendario, aterrizar en Valencia, donde el centro de perfeccionamiento de jóvenes talentos lleva su nombre.