Vía: 12 notas.com | Por Jorge Fernández Guerra

El pasado 20 de junio se hacía entrega en Madrid de los Premios Fronteras del Conocimiento de la Fundación BBVA. Pierre Boulez había sido elegido como el representante de música contemporánea en esta última edición y, en consecuencia, le tuvimos en Madrid unos días.

Pierre Boulez Fundación BBVA

Pierre Boulez Fundación BBVA

Un concierto en el Teatro Real con alguna obra suya, una rueda de prensa y el acto mismo de la concesión fueron los momentos públicos que nos permitieron “disfrutar” de la presencia de una figura que lo ha sido todo en la historia de la música occidental tras la IIª Guerra Mundial.

Sin embargo, una serie de circunstancias han privado a esta visita de ese producto fresco que siempre ha acompañado a una personalidad tan viva y polémica. En primer lugar, quizá, el rígido y excesivamente aristocrático protocolo con el que la Fundación BBVA se toma estas cosas no ayuda a la menor cercanía con el personaje. Naturalmente, cada cual hace las cosas como le parece, pero no puedo por menos de recordar ese otro premio, no muy lejano, acaso seis u ocho años, la Medalla de Oro del Círculo de Bellas Artes concedida al mismo artista, que produjo una serie de actos de mayor cercanía y, por tanto, con una capacidad de reflexión sobre lo que el personaje ha significado más fructífera en relación con el medio musical.

Pero no todo es achacable al acartonamiento de un protocolo cercano al del “nuevo rico”, es que el personaje mismo ha llegado malherido. A sus 88 años, Boulez ha perdido, casi súbitamente, una salud de roble con la que siempre lo identificábamos. Sus problemas de vista le impidieron la lectura del texto de aceptación del Premio, siendo el único de los diez premiados que no lo pudo hacer directamente. Y tiene su importancia, ya que otros dos premiados parecían salir directamente de la UCI. Parece pues que esas “fronteras” del conocimiento aludidas en el Premio se traspasaron en vida de Einstein.

Pero no es solo la vista, Boulez hablaba con la cabeza gacha y esa gangosidad del anciano que, no sé por qué, a mí me recuerda al viejo general Franco. De hecho, viéndole andar y hablar, no queda más remedio que reconocerle un valor para el viaje envidiable.

Y, sin embargo, cuando Boulez se enfrentó a la rueda de prensa, su discurso era lúcido y bien armado. Tranquilo y sin grandes vuelos, pero personal y articulado sin preparación. ¡Bravo por el viejo! Tuvo incluso sus arrestos para responder al inevitable periodista que le preguntaba sobre las delicias de la música de cine y su capacidad para hacer nuevos públicos en los conciertos. Y, no, Boulez no se amilanó, con educación y la paciencia de la edad, contestó como se debe: que la música de cine no tiene ningún interés fuera del apoyo a las imágenes, y si hay excepciones, confirmarán la regla. Con menos edad, le podría haber dicho al joven reportero que el malentendido, según el cual una serie (o una suite, qué más da) de fragmentos de temas de cine podría ser una fórmula para llenar las salas de conciertos orquestales, nace de una debilidad del pensamiento que está en contra, incluso, de esa música de cine que, en la mayor parte de los casos, es contemporánea de la juventud de Boulez. Por cierto, el músico reconoció que de joven tuvo que grabar música para el cine y sabe de qué habla.

¿Honra sin barcos o barcos sin honra?

¿Y, cuál podría haber sido la reflexión más fecunda a extraer de la visita del histórico músico? (después de todo, tampoco las hubo tras los premios y consiguientes visitas de Lachenmann y Sciarrino).

Bueno, Boulez ha sido un constructor de imperios. Primero fue una estética (o una escritura, no seamos puntillosos); luego fue un modelo de acción institucional; más tarde le llegó el momento a su modo de ejercer la dirección de orquesta y, consiguientemente, de afrontar un repertorio, de crear un canon que definiera al siglo XX; y finalmente le llegó el turno a la construcción de edificios musicales, algunos literalmente, como la Cité de la musique, y otros en modo institucional, el IRCAM como modelo de laboratorio tecnológico musical, el Ensemble Intercontemporain, como arquetipo de grupo instrumental; y podríamos añadir (dejándonos muchas cosas en el tintero) una estructura de pedagogía integral desarrollada en la ciudad suiza de Lucerna, conciertos, cursos, talleres, etc. En el camino quedarían hitos como el ya olvidado Domaine Musical, que fecundó temporadas musicales por todas partes a partir de los años cincuenta, las clases de Darmstadt y, por supuesto, la música, sus composiciones.

Y si cito todo esto no es para hacer la biografía de alguien tan célebre como para ser encontrado en cualquier librito histórico o página web. Lo menciono porque esa hercúlea labor, base de su reconocimiento y sus premios, se confronta a una destrucción de todos sus ideales y sus logros que parece obligar a una reconsideración radical de cualquier anhelo que le hubiera motivado al joven Pierre a cambiar el mundo musical al alba del final de la guerra. Es una destrucción asimétrica, pero hablemos de España, país que le ha premiado.

Pierre Boulez ha visitado un país y ha recibido un premio de altísima significación y dotación económica a la par que yacen derrumbados los restos de la edificación institucional dedicada a la música que él promovió y sigue defendiendo. El sector que podía apoyar una forma de practicar la música actual desde la exigencia que Boulez predica se ha volatilizado. No ha sido difícil el exterminio, no fue robusto ni en la loca época de la burbuja. La teoría del “shock” (esa que hace que la gente trague con todo si está convenientemente asustada), no tuvo que llegar a elevados extremos para que se barriera con lo poco que había sido construido sin que nadie rechistara. De momento, queda la gente, los músicos, los creadores, algún gestor, unas cuantas propinas en el Ministerio de Cultura y demás, y ciertos atavismos que aún parecen tener la forma de una cierta “política cultural”.

Para la mayoría, esa música rara que nunca “gustó a nadie” ya llevaba mucho tiempo sobrando. Tenemos músicas de cine, músicas del mundo, músicas populares, músicas consonantes, músicas del arrepentimiento, músicas que piden perdón, músicas algo difíciles hechas por gente que se sabe mover bien entre el poco poder que aún queda en torno a los restos del naufragio…, en fin, música para todo y todos menos para aquellos empecinados en decir que no sabíamos oír nuestro tiempo.

Y este paisaje de derrumbe amontona despojos que llevaban décadas en precaria construcción. Hay, por los suelos, entre escombros, ladrillos que pusieron gente como Falla, Conrado del Campo, los infortunados músicos de la Generación de la República, luego gente como Enrique Franco, Sopeña, Antonio Iglesias, Esplá (quizá refunfuñando), luego los jóvenes alborotadores (los hermanos españoles de Boulez), Luis de Pablo, Halffter, Barce, Guinjoan; algo después Tomás Marco, García del Busto, José Ramón Encinar, el más gallardo de los “jóvenes” y el más empecinado en que España tenga una política musical y el que caerá de pie como Alatriste. Y, en suma, muchos más en una larga cadena (de la que fui modesto gozne) que tiene más de cincuenta años de actividad directa y que es ahora irreconocible.

Es duro, pero imprescindible, admitir que se ha perdido en esta crisis casi tanto como lo que se perdió con la Guerra Civil. Hablo, claro, de instituciones no de personas; pero también de ideales, anhelos y ambiciones. Nos han borrado de un plumazo (y hablo ahora como compositor) y cualquier atisbo de barricada que nos proteja está por montar. Algunos no lo quieren creer, a otros les da fatiga, pero los jóvenes que nos sucedan van a ser poco clementes con nuestras perezas y nuestra ausencia de ánimo.

En resumidas cuentas, nunca la victoria de los reaccionarios (musicales) fue tan sencilla, tanto que ni se dan cuenta que han ganado. Y en ese paisaje, en ese país, Pierre Boulez, la personalidad clave de la revolución musical moderna, recibe (moribundo, eso sí), un abultado premio, 400.000 euros, que le reconoce su extraordinaria aportación, su valor, su entereza en la defensa de un radicalismo precioso en su mención pero intolerable en su concreción. O sea, premio a aquello que es pisoteado sin más reflexión que la que pueda proporcionar el polvo que deja en los zapatos. Afortunadamente para él, Boulez no lo ha podido ver.