En On My New Piano (DG/Universal), su primer disco grabado con el nuevo piano que lleva su nombre y sus impresiones mentales y digitales, Daniel Barenboim demostró, una vez más, que es esencialmente insumiso.


Jorge Aráoz Badí | PARA LA NACION

No es que lleve demasiado lejos las iniciativas innovadoras, pero su atrevimiento lo diferencia de sus colegas, que tal vez, temen perder puntos en las encuestas de popularidad, si se arriesgan demasiado. De todos modos, cada vez es más difícil competir con Barenboim, porque su popularidad ya está en niveles muy altos. Y además, irónicamente, su propio éxito es una prueba del poder vigente del piano tradicional, al que en ningún momento el músico habla de reemplazar con el nuevo.

Para tener una información completa del flamante instrumento, el lector puede remitirse a la nota escrita por Pablo Gianera, en la nacion del miércoles 27 de mayo de 2015, un día después de que el nuevo instrumento hiciera su presentación pública en Londres. Pero ahora, que se acaba de publicar el disco con la grabación por Barenboim de algunas obras pianísticas de audición reiterada, la novedad empezó a circular de manera más substanciosa.

El programa se inicia con tres sonatas de Scarlatti que hacen pensar en un viaje del clave al fortepiano y de este al piano que de cuerdas cruzadas y ahora paralelas como las teclas. Las sonatas quedan expuestas como interpretaciones limpias, sin ningún artificio. La poderosa sonoridad del nuevo piano no disfraza la espontaneidad. No hay sonido de huesos secos en el despliegue interpretativo. Barenboim canta el estilo y logra intimidad. Scarlatti no pierde fulgores ni refinamiento. No es un Scarlatti blando, pero tampoco es sónicamente atropellador. Todo lo contrario.

Las 32 Variaciones sobre un tema propio, de Beethoven, pueden llegar a entretener al oyente tanto como le sucedía a Charles Rosen, quien afirmaba que, por su estilo, podían considerarse una obra anticipatoria de ese movimiento rítmico y armónico que daría origen al romanticismo. Al escuchar esta versión con su control sónico, uno se pregunta cómo manejará su tolerancia, cuando escuche a un pianista que no sea capaz de transmitir sus mensajes con la claridad aquí lograda por Barenboim.

Sin duda, este disco también es la foto de un gran pianista. Todo se le entiende. En la notable versión de la primera Balada, Chopin merece el sonido de este nuevo piano.

El piano es el protagonista exclusivo en Chopin. En cambio, los que han escrito para el piano (y él mismo) son los protagonistas de Liszt, de quien el pianista grabó los Funerales y el Vals Mephisto. Como ya se sabe, cuando se comentan despliegues de obras de audición tan frecuente, hay que tratar de no ser excesivo con los elogios y la adjetivación. Pero no es fácil lograrlo frente al homenaje que aquí les hace Barenboim.

Wagner cierra el programa con la transcripción que hizo Liszt, de la “Marcha solemne del Santo Grial” del Parsifal.

En este track, que exhibe a un Barenboim en la plenitud de su reflexión interpretativa, se comprueba, una vez más, que un medio expresivo como el piano, nunca es algo neutro. Depende que qué manos lo operen puede, entre otras cosas, aumentar la conciencia sensorial de los pianistas. Porque el sonido instrumental, como la voz humana, tiene un componente que estimula las percepciones y las hace más visibles.

Por su dinámica, parece ya bastante lógico que Barenboim y este piano, con todo su desarrollo tecnológico, estuvieran hermanados.