Vía: www.filomusica.com/  Por Angel Riego Cue

Una constante que se puede observar en el cine de Roman Polanski es lo que podríamos denominar la exploración del lado oscuro de la naturaleza humana, el gusto por mostrar situaciones límite de crueldad o sadismo: nos vienen a la memoria, desde las vejaciones que se infligen los protagonistas de Lunas de hiel, las torturas que relata que padeció la protagonista de La muerte y la doncella (y que repite a su torturador, hasta que este confiese), la orgía de sangre de su Macbeth, o la transtornada mente de Catherine Deneuve en Repulsión. También, en otro orden de cosas, la inquietante imagen de los cultos satánicos que se presenta en La semilla del diablo.

Aunque es indudable que en estas fijaciones habrá influido el asesinato de su mujer, Sharon Tate, en 1969, por la banda de Charles Manson, sus orígenes podrían rastrearse más atrás, llegando hasta la época de la Segunda Guerra Mundial. Polanski, aunque nacido en París en 1933, se trasladó junto a sus padres, judíos polacos, al país natal de estos en 1936. Al ser invadida Polonia por los alemanes, la familia es obligada a llevar la estrella de David y confinada en el “ghetto” de Cracovia. Sus padres serán finalmente deportados a un campo de concentración, su padre regresará vivo al fin de la guerra, pero a su madre nunca la volverá a ver. Roman se salvará al ser confiado a una familia polaca “aria” que le hará pasar por hijo suyo, y será testigo de escenas que debieron dejar un impacto enorme en un niño de 8 a 11 años: desde ver asesinar a una anciana en el “ghetto” porque no podía caminar con la suficiente rapidez hasta, al término de la guerra, el apaleamiento de los alemanes capturados o incluso la defecación sobre sus cadáveres.

Parecía, por tanto, que Polanski era el director indicado para realizar una película sobre el exterminio de seis millones de judíos a manos de los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial, lo que se ha dado en llamar habitualmente el Holocausto; una película que además de tener abundante materia prima para mostrar las situaciones límite habituales en su filmografía, sería en cierto modo autobiográfica. Sin embargo, no es hasta finales de los años 90 cuando Polanski encuentra una novela adecuada como punto de partida: los recuerdos de guerra del pianista judío polaco Wladyslaw Szpilman, publicados en alemán en 1998 y en inglés al año siguiente (en 2000 se publicó en Ediciones Turpial-Amaranto la traducción española, con el título de El pianista del gueto de Varsovia).

No era, ni mucho menos, la primera edición de ese libro, pues ya en 1946 Szpilman lo publicó en polaco, siendo entonces mal acogido por el nuevo régimen comunista de Polonia, debido al cuadro que pintaba de colaboración con los alemanes de ucranianos o lituanos, enrolados en su ejército, aparte del papel de los propios polacos y de los judíos colaboracionistas que intentaban así salvarse. Tampoco debió gustar mucho que contase que la ayuda decisiva para sobrevivir le llegara, inesperadamente, de un militar alemán. Algo que llama la atención en el libro es la objetividad tan “neutra” de que era capaz el autor a tan poca distancia de los hechos: no hay rencor en sus páginas, no hay grandes juicios morales, simplemente un relato de lo que vio.

En 1999, sin embargo, la situación había cambiado, y el libro de Szpilman (que en realidad no reeditó él, que seguía vivo, sino su hijo) fue elogiado por la prensa norteamericana como uno de los mejores del año. Tan pronto como lo comenzó a leer Polanski, según declaró, “supe que sería el tema de mi próxima película”. Para ello se puso en contacto con Szpilman, que seguía vivo y se declaró muy orgulloso de que su libro fuera llevado a la pantalla por su famoso compatriota, aunque no viviría para ver el resultado, pues falleció el año 2000, mientras la película estaba aún en fase de preparativos. El guión fue escrito por el prestigioso dramaturgo británico Ronald Harwood, quien ya había tratado en período nazi en su obra Taking Sides sobre la relación del director de orquesta Wilhelm Furtwängler con el Tercer Reich, la cual ha dado origen a su vez a una película, dirigida por Istvan Szabo.

Al comienzo de El pianista, vemos unas imágenes de época de Varsovia, en blanco y negro, que nos introducen en la acción. Wladyslaw Szpilman está en un estudio de la radio polaca tocando un Nocturno de Chopin que es transmitido en directo por la emisora. Acaba de comenzar la que será llamada Segunda Guerra Mundial, pues Alemania ha atacado a Polonia. Comienzan a caer bombas en las proximidades del estudio, y los técnicos de la radio le indican a Szpilman que huya, pero él intenta terminar el Nocturno, hasta que es derribado por una explosión. En la huida, conoce a una atractiva mujer, Dorota, que se ha presentando en el estudio tratando de conocerle, pues es una admiradora de su arte.

De vuelta a casa, donde Szpilman vive con sus padres, su hermano Henryk y sus hermanas Halina y Regina, todos (incluyendo a la criada) escuchan por la radio que Francia e Inglaterra han declarado la guerra a Alemania. Es el 3 de septiembre de 1939. La familia brinda ante esta buena noticia (“Polonia ya no está sola”) pero todo es inútil, porque tres semanas después el ejército alemán ha entrado en Varsovia.

Al poco tiempo de tomar los alemanes el gobierno de Polonia, comienzan los decretos contra los judíos, entre los que se encuentra la familia Szpilman. En el primero de ellos, se les prohíbe tener dinero por una cantidad superior a los 2.000 zlotys, debiendo ingresar el resto en un banco controlado por los alemanes. Lógicamente, nadie hace eso y todos piensan en el mejor escondite para el dinero. Más tarde, a los judíos se les prohíbe entrar en las cafeterías en incluso sentarse en el parque; al volver a ver Wladyslaw a Dorota, deben charlar de pie en plena calle. Ella le cuenta que es cellista, y él manifiesta su esperanza de poder tocar juntos alguna vez la Sonata para cello y piano de Chopin. La radio polaca, donde trabajaba Szpilman, ya no emite, pero él piensa encontrar trabajo como pianista en algún otro sitio.

Las medidas antijudías han sido sólo el principio: en diciembre de 1939 se anuncia que todos los judíos de Varsovia han de llevar un brazalete identificativo con el símbolo de la Estrella de David. Al año siguiente, en octubre de 1940, se restablece la institución medieval del “ghetto”, abolida tras la Revolución Francesa: un barrio exclusivamente para judíos, aislado del resto de la ciudad por un muro. Durante el traslado forzoso de los judíos al “ghetto”, el 31 de octubre, Wladyslaw se despide de Dorota y a ella se le escapa una lágrima.

Dentro del “ghetto” es duro ganarse la vida, cada cual se las arregla como puede, y hay quien se hace rico con el contrabando de alimentos. No como Henryk, poco apto para los negocios, a quien solamente se le ocurre vender sus libros. Rechaza, en cambio, el formar parte de la Policía Judía, el grupo de judíos que aceptan colaborar con los alemanes a cambio de ganar algún dinero e intentar así salvarse ellos. Wladyslaw, que poco antes de emigrar al “ghetto” ha tenido que vender su piano por mucho menos de su valor, se gana la vida como pianista de café, tocando en un local relativamente lujoso (a donde van los judíos enriquecidos con el contrabando, muchas veces gracias a sobornar a los guardianes). En el “ghetto” se relaciona con gente como el seimpre optimista Yehuda, que imprime panfletos clandestinos y siempere habla a favor del socialismo.

Otro día que está tocando en el café viene su hermana Halina a traerle la noticia de que Henryk ha sido detenido en una redada. Wladyslaw corre a suplicar a Itzak Heller, un colaboracionista de la Policía Judía que fue precisamente quien ofreció a Heryk que ingresara en ella; gracias a Heller, Henryk es liberado. Poco después, Henryk llega con la noticia de que quien no tenga un certificado de empleo, será deportado. Wladyslaw los consigue para toda su familia, a través de Majorek, que trabaja en la clandestinidad para la Resistencia polaca. Pero ni con los certificados es bastante, pues las redadas siguen y el 15 de marzo de 1942 los alemanes mandan formar en el patio a los ocupantes del edificio que habita la familia Szpilman, y seleccionan al azar a parte de ellos para la deportación. Wladyslaw y su familia se libran, de momento.

Pero el 16 de agosto, Wladyslaw, sus padres y su hermana Halina se encuentran ya esperando la deportación. Ha llegado el momento de que el “ghetto” sea vaciado. Su padre conversa con otro anciano sobre qué suerte les espera: sospechan que les quieren exterminar, pero no pueden creerlo, sería ilógico que los alemanes desperdiciaran tanta mano de obra. Henryk ha encontrado un consuelo en la lectura deEl mercader de Venecia de Shakespeare, cuando el judío Shylock dice lo de “Si nos pincháis, ¿no sangramos?…”. Los últimos momentos antes de embarcar en el tren que les llevará a su destino los pasan tomando su última comida juntos (un caramelo partido en seis pedazos) y cuando ya están camino de los vagones, Wladyslaw le dirá a su hermana Halina que le hubiera gustado conocerla mejor. Es esto, Wladyslaw es reconocido por el colaboracionista Heller, que le aparta bruscamente a un lado; él se niega a que le separen de su familia, pero no consigue que le dejen volver con ellos. Afortunadamente para él, pues así ha salvado su vida. Nunca volverá a ver a ninguno de sus familiares.

Wladyslaw vaga, llorando, por las calles del “ghetto”, sembradas de cadáveres y se enfrentea al problema de cómo sobrevivir. Consigue un trabajo entre los obreros de la construcción que trabajan fuera del “ghetto”, con lo que es su primera oportunidad de salir desde que se levantó el muro. En las calles de Varsovia reconoce a Janina, una cantante a la que conocía de su época de la radio, pero no puede hablar con ella: si la vieran ayudando a un judío, podrían matarla. En el trabajo, se entera en una conversación de cuál es el destino que les espera a los deportados, como su familia (aunque ya lo intuía): hay testigos que dicen que al campo de concentración de Treblinka llegan vagones repletos de gente y salen vacíos. No entra comida allá. La conclusión es clara: a los deportados los están exterminando. A los judíos que aún quedan en el “ghetto” (porque fueran útiles para el trabajo, y por eso no los han deportado aún) sólo les queda sublevarse y morir matando. En una ocasión, a Wladyslaw se le caen los ladrillos que transportaba al distraerse mirando a la aviación aliada, y cuando piensa que el guardia alemán va a matarle por ello (mataban por mucho menos), este se conforma “sólo” con azotarle.

Ante los rumores que se extienden en el “ghetto” de que los alemanes van a terminar con los judíos que quedan, un oficial de las SS se dirige a los judíos para desmentir nuevas deportaciones, y como “demostración de sus buenas intenciones” anuncia que un judío estará autorizado a traer un carro diario de comida desde fuera del “ghetto”. El elegido es Majorek, que aprovecha para introducir, además de los alimentos, armas para la próxima sublevación, sobre todo pistolas. Otro medio para introducir armas es a través de paquetes que se lanzan por encima del muro (este método se ha usado desde que se construyó el “ghetto”, fundamentalmente para lanzar comida). Szpilman ayuda a Majorek en el almacenamiento de la comida y en la ocultación de las armas. En una ocasión, un alemán le pregunta qué contiene un saco que está almacenando, Szpilman responde que patatas (como la mayoría de los sacos que trae Majorek) y el alemán lo abre y encuentra alubias y harina. Decide no matar a Szpilman por haberle mentido, pero le anuncia que la próxima vez que le mienta lo hará. Afortunadamente, no encontró las armas que venían en el mismo saco.

Llega el Año Nuevo de 1943 y corren rumores de una nueva deportación que eliminará a los judíos que aún quedan en el “ghetto” (apenas 60.000 de los 500.000 iniciales). También se habla de que la sublevación está próxima, al no quedarles a los judíos ya nada que perder. Szpilman decide desaparecer de la circulación y, gracias a Majorek, logra entrar en contacto con Janina y su marido, y estos acceden a buscarle un escondite. A través de varios contactos, le encuentran un piso vacío cuya ventana da precisamente al muro del “ghetto” (pero desde el lado “no judío”, claro). Le dan también una dirección donde acudir sólo en un caso límite.

El 19 de abril de 1943, Szpilman contempla desde la ventana de su reclusión cómo el “ghetto” se subleva. A pesar de su absoluta inferioridad de medios, los judíos combaten con la fuerza de la desesperación y resisten casi un mes. El 16 de mayo, los últimos supervivientes serán capturados y fusilados. Janina va a ver a Szpilman a su escondite y le dice que pronto serán los propios polacos los que se subleven. Szpilman pasa los días en el piso temiendo ser detenido, incluso un día oye a los alemanes registrar otros pisos de ese bloque y se prepara a tirarse por la ventana, como le han aconsejado, pues caer vivo en manos alemanas sería mucho peor. Afortunadamente, los alemanes pasan de largo ante su puerta. Pero otro día, Szpilman comete un error fatal: buscando comida en la cocina, tira al suelo unos platos que se rompen con gran estrépito. Esto atrae la atención de una vecina, que golpea la puerta amenazando con llamar a la policía. Cuando por fin sale él, con las escasas pertenencias que ha podido reunir, ella intenta impedirle la huida al tiempo que grita “¡Un judío!”.

En esa situación límite, vagando por las calles sin tener a dónde ir, Szpilman recurre a lo último que le queda, la dirección que le pasaron los amigos de Janina y su marido. Ante su sopresa, en la vivienda encuentra a su antigua amiga Dorota, ahora casada y esperando un bebé. El matrimonio consigue para Szpilman un segundo escondite, esta vez justamente al lado del cuartel de la policía alemana, la zona donde menos se les ocurrirá mirar a los alemanes aunque en teoría esté “en la boca del lobo”. Allí verá Szpilman la llegada del Año Nuevo de 1944; en el piso hay un piano donde sueña con volver a practicar, “tecleando” en el aire. Para su propia seguridad, la puerta está cerrada por fuera y él no tiene la llave. Se encarga a un tal Szalas que le lleve comida periódicamente, pero este no parece que se esmere mucho, pues Szpilman aparece cada vez más famélico y su piel empieza a volverse amarilla debido a la ictericia. En una visita al piso, Dorota y su marido descubren su estado y llaman a un médico.

El 1 de agosto de 1944, con el ejército soviético ante Varsovia, es el momento de la sublevación de los polacos, de la que Szpilman puede contemplar el inicio desde su ventana, con el ataque al cuartel alemán al lado de su piso. Así, cuando lleguen los rusos encontrarán ya constituido a un Gobierno polaco y tendrán que tratar con él; no se atreverán a atacarlo porque no lo permitirían los aliados occidentales. Pero el Ejército Rojo, después de 6 meses ininterrumpidos de avances, se detiene justamente a las puertas de Varsovia, donde el frente quedará estancado otros 6 meses. Aún se discute hasta qué punto la ofensiva soviética ya había agotado su impulso, o hasta qué punto fue un acto deliberado, por conveniencia política. El caso es que los alemanes tuvieron tiempo para rehacerse, aplastar la rebelión y arrasar Varsovia casa por casa.

El edificio donde se refugiaba Szpilman se encuentra en la zona de los combates y es destruido por el fuego de la artillería, lo que al menos le permite escapar por un boquete, al seguir la puerta cerrada. Es descubierto en un tejado por soldados alemanes que le disparan, pero sin alcanzarle. El pianista busca desesperadamente un nuevo refugio, y finalmente encuentra un hospital abandonado. Desde ahí presencia los últimos combates de la Resistencia polaca hasta su aniquilación. Los alemanes incendian cada casa con lanzallamas, e incendian también el hospital donde está Szpilman, que debe huir una vez más. Buscando comida acude a otra casa abandonada (una de las poquísimas que no está totalmente destruida en toda la ciudad), escucha la llegada de un coche alemán y se refugia en el ático con la lata de conservas que ha encontrado, pero que no ha podido abrir. Cuando cree que ha pasado el peligro, baja para seguir intentando abrir la lata, pero es descubierto por un militar alemán.

El alemán le pregunta quién es y qué hace ahí. Szpilman, que apenas puede hablar, sólo acierta a decir que estaba intentando abrir la lata. Al preguntarle el alemán a qué se dedica, Szpilman contesta que es pianista. Entonces el alemán le invita a tocar algo en el piano de la casa, donde él mismo ha estado tocando antes. En el estado en que se halla Szpilman, parecería más lógico que antes pidiera comer algo pero, intuyendo que se está jugando la vida, se dirige al teclado y, tras un comienzo algo vacilante, realiza una magnífica interpretación; de hecho, se la puede llamar “La interpretación de su vida”. Tras acabar, el alemán le pregunta si está escondido y si es judío, a lo que Szpilman asiente.

El alemán se retira a su cuartel, donde vemos por una fotografía sobre su mesa que tiene mujer e hijos. Es capitán del ejército. Al poco tiempo vuelve a la casa donde está Szpilman a traerle un paquete de comida. Incluye también un abrelatas. Como no sabía su nombre, le ha llamado con la palabra “Judío”. El capitán le dice a Szpilman que los rusos pronto entrarán en Varsovia, que sólo tiene que resistir unas pocas semanas. En otra ocasión, cuando los alemanes ya se retiran, el capitán le lleva a Szpilman un último paquete de comida y le regala un abrigo militar para que no pase frío. Szpilman dice que no sabe cómo agradecérselo y el capitán le dice que debe agradecérselo a Dios, que quiso que sobrevivieran. Cuando el alemán le pregunta qué hará después de la guerra, Szpilman contesta que volverá a tocar el piano para la radio polaca; el alemán le pregunta su nombre, para poder escucharle, y él le dice que es “Szpilman”, a lo que el alemán replica que ese es un buen nombre para un pianista (“Spielmann” en alemán es “músico”).

Enero de 1945: llega por fin la liberación de Varsovia, y Szpilman sale de su escondrijo a recibir a sus libertadores; sin embargo, no se da cuenta que lleva puesto el abrigo militar alemán, con lo que lo toman por alemán y están a punto de matarle. Por suerte, puede identificarse como polaco; a la pregunta de por qué llevaba puesto ese abrigo, contesta simplemente “Tenía frío”.

Poco después, un violinista superviviente de los campos de concentración pasa junto a un grupo de soldados alemanes prisioneros, custodiados por los rusos. Al increparles, diciendo que los alemanes le robaron su violín (que es tanto como su alma), uno de los alemanes se vuelve y le pregunta si es músico y conoce a un pianista llamado “Spielman” de la radio polaca. Al contestar afirmativamente el violinista, el alemán se identifica como el que le ayudó a sobrevivir y pide que le busque y se lo cuente. Pero cuando el violinista le pide al alemán que diga su nombre, intervienen los guardianes rusos para separarlos, y se queda sin saber cómo se llama. Al regresar, junto con Szpilman, al lugar donde estaba el campo de prisioneros, este ya ha sido evacuado.

Szpilman vuelve a los estudios de la radio polaca a interpretar el Nocturno de Chopin que quedó interrumpido en septiembre de 1939 por el bombardeo de la emisora. En los créditos finales de la película le vemos actuando con una orquesta, y se nos dice que Szpilman siguió viviendo en Varsovia hasta su muerte a los 88 años, en el año 2000, y que el oficial alemán que le salvó se llamaba capitán Wilm Hosenfeld y murió en 1952 en un campo de prisioneros de la URSS.

Siguendo fielmente el libro original, la película nos muestra hasta qué extremos se puede degradar la condición humana, tanto por la bajeza moral de los verdugos como por los padecimientos que deben sufrir las víctimas. En cuanto a lo que vemos de la actuación de los alemanes, prácticamente todo está reproducido del libro, el guión de la película sólo añade algunos episodios como el puñetazo que lleva el padre de Szpilman por no saludar a un alemán, el disparo en la cabeza que recibe una chica que va a ser deportada por preguntar “¿A dónde nos llevan?” o el “macabro detalle” de que cuando un SS ordena tenderse en el suelo a varios trabajadores de la construcción para pegarles un tiro en la cabeza, se le acabe el cargador justo antes de dispararle al último (el resto de este episodio sí está recogido en las memorias de Szpilman).

Todo lo demás está fielmente trasladado de libro a película: la redada en la cual los SS entran en un piso, ordenan ponerse en pie a todos los miembros de una familia, y como un anciano inválido no puede, lo tiran por la ventana, antes de fusilar al resto; la noticia (que corrió de boca en boca) de una incursión en un hospital donde mataron a un enfermo anestesiado y al médico que le iba a operar; el niño que intentaba introducirse por uno de los agujeros en el muro del “ghetto” para pasar comida, y que es apaleado hasta matarlo (al otro lado está Szpilman tirando de él, pero sólo puede sacar su cadáver); las palizas sin ningún motivo (por ejemplo “Para celebrar la llegada del Año Nuevo de 1943″)… Casi parece lo menos vejatorio el parar a la gente en medio de la calle y obligarles que bailen unos con otros. Todo ello terminado en la deportación con un destino final, Treblinka.

Por otra parte están los extremos a los que se llegan las víctimas en su afán por sobrevivir. Desde alistarse en la Policía Judía para reprimir a sus propios compatriotas (lo que no libró a ninguno de ser también exterminado), hasta comer y beber cualquier cosa que se encuentre: así, un forcejeo por una lata de sopa entre un hombre y una mujer (él se la quiere robar a ella) termina con la sopa derramada por el suelo y el hombre sorbiéndola sobre el pavimento; o el propio protagonista bebiendo agua sucia de los cubos de fregar cuando se refugia en el hospital abandonado. También hay que mencionar a quienes no pudieron resistirlo y sufrieron trastornos mentales, como la mujer que pregunta a los transeúntes ¿”Han visto a mi marido, Izaak Szerman?” cuando (según el libro) ella misma lo había visto ejecutar, o la joven madre que ahogó a su bebé para que no delatara su escondite en medio de una redada, y que al estar esperando la deportación no dejaba de repetirse “¿Por qué lo hice?”

Frente a tanta degradación, surge como único signo de humanidad por parte alemana la conducta del capitán Hosenfeld; como dato anecdótico, cuando se publicó en 1946 la primera edición el libro, Szpilman hubo de cambiarle la nacionalidad por “austríaco” (Austria pasaba por ser un país también invadido por los nazis), pues para la censura era inconcebible un alemán que hiciera buenas obras. El verdadero capitán Hosenfeld era algo mayor que como se le representa en la película: tenía casi 50 años y había combatido ya en la Primera Guerra Mundial. En el período entre guerras había sido maestro de escuela, y en su diario se encuentran muchas anotaciones de remordimiento por el papel genocida que estaba realizando Alemania. Szpilman no era el primer judío al que salvaba, antes había hecho lo mismo con otro llamado Leon Warm, y con tres polacos no judíos que también estaban perseguidos, los dos hermanos Cieciora y el cuñado de uno de ellos. Precisamente fue en una visita de Warm a Alemania Occidental en 1950, cuando conoció a la mujer e hijos de Hosenfeld, donde ella le enseñó una carta enviada por su marido desde el campo de prisioneros sovético: pedía que intercedieran por él las personas que había salvado y entre ellas citada a “Wladislaus Spielman, pianista de Radio Varsovia”. Gracias a ese mensaje y a que Warm se puso en contacto con él, se enteró Szpilman de cómo se llamaba su salvador, e inició gestiones cerca del jefe de la policía polaca para intentar liberarle, que no tuvieron éxito. En una gira de conciertos en 1957, ya después de la muerte de Hosenfeld, el propio Szpilman conocería en Alemania a su viuda y sus hijos.

Todos los elementos de El pianista están cuidados al máximo nivel: el guión de Harwood mantiene siempre el interés, y respecto al libro la diferencia más importante es el personaje de Dorota, inexistente en el relato de Szpilman (algunas de las cosas que hace, como cuidarle cuando está enfermo, lo realizan en el libro otras mujeres), pero ya se sabe que no puede haber una película sin “la chica del protagonista”. La fotografía de Pawel Edelman es soberbia y consigue dar en todo momento una impresión de realidad; también es magnífica la ambientación de época, incluso parece que los protagonistas estuvieran elegidos con la intención de parecerse a los rostros que vemos en las imágenes de aquel tiempo. Una mención especial en el reparto (formado por actores desconocidos para el gran público) merecen los intérpretes de Szpilman y del capitán Hosenfeld, respectivamente Adrien Brody y Thomas Kretschmann; a ambos los hemos visto en los años 90 en películas ambientadas en la Segunda Guerra Mundial (respectivamente, La delgada línea roja yStalingrado).

La parte musical de la película, lógicamente, posee un interés especial al ser el protagonista un pianista, y pertenece en su mayor parte al compositor nacional polaco por excelencia, Fryderyk Chopin. El Nocturno de Chopin que quedará interrumpido en 1939 debido a la guerra, y terminará Szpilman en 1945 está indicado en su libro como Nocturno en do sostenido menor. Existen dos Nocturnos de Chopin en esa tonalidad, el nº 7, Op 27,1 y el nº 20, Op. Post. y el libro de Szpilman no indica a cuál de ellos se refiere. El más conocido de ambos es el nº 7, aunque el que suena en la película es el nº 20. También es ese mismo Nocturno en do sostenido menor lo que, según las memorias de Szpilman, tocó ante Hosenfeld en “la interpretación de su vida”.

Sin embargo, en la película, lo que interpreta Szpilman en aquella ocasión es otra obra de Chopin, la más virtuosística Balada nº 1 que, por cierto, suena en un piano perfectamente afinado cuando era de esperar que el abandono en que estaría el instrumento, debido a la guerra, lo haría sonar mucho peor; también el virtuosismo que despliega Szpilman es increíble para su estado físico. Ya se sabe, cosas que sólo pasan en las películas. Esa Balada nº 1 también se ha oído, nebulosamente, poco antes, cuando un Szpilman refugiado en el hospital sueña con volver a tocar el piano; de ahí que ese momento “anticipe” que esa será la obra elegida cuando Hosenfeld le pida que toque algo.

El Andante Spianato y Gran Polonesa, también de Chopin, es la obra que Szpilman “sueña” con interpretar, tocando “en el aire” cuando está encerrado en su segundo refugio, donde hay un piano que no puede hacer sonar para que no le descubran. Su “sueño” se cumplirá al término de la película, cuando interprete esta obra junto a una orquesta, actuación que acompaña a los títulos de crédito finales. La parte que se escucha en ambas ocasiones pertenece a la segunda mitad de la obra, la Gran Polonesa propiamente dicha (el título original de la obra es Gran Polonesa precedida de un Andante Spianato).

Otras músicas “clásicas” no pertenecientes a Chopin que se escuchan en la película son el primer movimiento de la Sonata nº 14 “Claro de luna” de Beethoven, que escucha Szpilman en la casa donde está escondido poco antes de encontrarse con el capitán Hosenfeld (se supone que es el propio alemán quien la toca) y el Preludio de la Suite para cello nº 1 de Bach que interpreta Dorota ya embarazada (parece haber una ley no escrita de que siempre que sale un violonchelista practicando en solitario en una película, debe ser con esta pieza).

Fuera del campo de la música clásica, existen tres piezas acreditadas en la película, pero que no han sido incluidas en el disco de la banda sonora. La que más veces aparece es Umowilem sie z nia na dziewiata (Tengo cita con ella para las 9) de Henryk Wars, que es la pieza que toca Szpilman en el café donde se gana la vida. Aparece interpretándola en dos ocasiones: en la primera, unos judíos que se lucran con el contrabando, le mandan detenerse para probar por el tintineo de una moneda si es realmente de oro (En esa misma ocasión, Szpilman ha añadido de su cosecha algunas figuraciones “clásicas” a la obra de Wars, entre las que reconocemos la parte solista del Concierto para piano nº 1 de Chopin, sin duda una obra demasiado “seria” para tal ambiente). En la segunda, está tocando esa canción cuando su hermana Halina viene a contarle que Henryk ha sido detenido, y Szpilman termina la obra acelerando todo lo que puede. La canción debía ser realmente popular en su época, como lo demuestra el que Szpilman la oiga tocar en dos ocasiones a sus vecinos mientras está recluido en su primer escondite: la primera vez será interrumpida por el estruendo de las explosiones originadas por la rebelión del “ghetto”; la segunda, la interrumpirá él mismo al hacer ruido rompiendo los platos, lo que hace que le descubran.

Henryk Wars (1902-1977), cuyo apellido original era Warszawski, fue un compositor de enorme éxito en Polonia antes de la guerra, y sus canciones, divulgadas en las películas de la época, le valieron el sobrenombre de “el Irving Berlin polaco”. Durante la guerra serviría en el ejército polaco en el exilio, y en la posguerra se estableció en Estados Unidos, donde adoptó el nombre de Henry Vars y ganó cierta fama como compositor de bandas sonoras; quizá su éxito más recordado es la sintonía de la serie de televisión Flipper.

Otra pieza “no clásica” acreditada en la película pero no presente en el disco es Tantz, Tantz Yidelekh (Bailad, bailad, judíos), procedente del repertorio “klezmer” (música popular que puede decirse que es para los judíos como el jazz para los negros); es lo que tocan los músicos callejeros en la escena en que los alemanes obligan a bailar a un grupo de judíos que están esperando que una calle se abra al tránsito. Marsz Strzelcow (Marcha de los tiradores) es un himno patriótico polaco con letra y música de Wladyslaw Anczyc (1823-1883), que cantan en la película los polacos que van por la calle con Szpilman para celebrar el Año Nuevo de 1943, una vez que los alemanes les han azotado como “celebración” y les han exigido que canten algo. En lugar de la letra original en polaco, al estar la película rodada en inglés, el himno se oye cantando en esta lengua, con un texto adaptado por Michael Kunze.

Por último hay que mencionar la música escrita expresamente para la película por Wojciech Kilar, compositor polaco nacido en 1932 que conoció el éxito entre un público masivo cuando en 1992 compuso la música de la película Drácula de Coppola, aunque ya llevaba escribiendo música para el cine desde finales de los 50. Con Polanski ya había trabajado en La muerte y la doncella y La novena puerta. Para El pianista ha escrito una composición de una belleza desoladora, que aparece en la banda sonora con el título de Moving to the Ghetto, Oct. 31, 1940, y que como su nombre indica describe el éxodo de los judíos hacia dentro de los muros del “ghetto”; también volverá a aparecer en los momentos donde se ven deportaciones de judíos, como cuando toda la familia de Szpilman embarque en los trenes rumbo a Treblinka.

A pesar de que el disco dela banda sonora no incluya las piezas de Wars ni Anczyc, ni el Tantz, Tantz Yidelekh, no le falta espacio para añadir una buena cantidad de eso que se llama “Música inspirada en el film”, es decir, que no suena en la película, lo cual en un disco que lleve la etiqueta de “Banda Sonora Original” no se puede calificar más que de engaño. Con la excusa de estar “inspiradas” en la película podemos escuchar varias piezas más de Chopin, aparte de las ya citadas: los Nocturnos nºs 19 y 13, la Balada nº 2, el Vals nº 3y el Preludio nº 4. Como todas las piezas para piano que sí suenan en la película, están interpretadas por Janusz Olejniczak.

Otros intérpretes que han contribuido a grabar la música de esta película son: la Orquesta Filarmónica Nacional de Varsovia, dirigida por Tadeusz Strugala, en la Gran Polonesa de Chopin y en la composición de Kilar; el cellista Jerzy Wolochowicz para la obra de Bach; y el conjunto “The Burning Bush” (con arreglos de Roddy Skeaping) para la pieza “klezmer”.

Pero un detalle que nos reconcilia con las bandas sonoras que incluyen “Música inspirada en…” consiste en que la última pista del disco nos permite escuchar al Wladyslaw Szpilman auténtico interpretando la Mazurca nº 13 de Chopin. Tal vez esta película dé origen a un modesto éxito póstumo de las grabaciones de Szpilman, de hecho ya se ve anunciado un CD con el título de “Pianist: Original Recordings of Wladyslaw Szpilman”, del sello “Brentwood”, que comprende grabaciones de Szpilman entre 1948 y 1980 incluyendo dos tomas, precisamente, del Nocturno nº 20. El disco incluye también alguna composición propia de Szpilman, pues su música era también conocida en Polonia antes de la guerra, gracias a la radio.

Suele escucharse a veces que existen muchas películas sobre el Holocausto, incluso demasiadas, pero a la hora de citar qué obras maestras ha producido el género la mayoría de la gente no se acuerda más que de La lista de Schindler. He aquí otra que puede colocarse casi al mismo nivel, aunque parece difícil que repita la cosecha de Oscars de la película de Spielberg, dada la condición penal de Polanski en Estados Unidos, donde está desde 1977 en situación de busca y captura acusado de violar a una menor. Al menos los europeos le han dado la Palma de Oro del Festival de Cannes. Al margen de los premios, El pianista es una película imprescindible, cuya mayor virtud, al igual que la del libro en que se basa, es su valor didáctico, lo claramente que explica, fase por fase, cómo ocurrió un episodio de la historia europea reciente que hay que recordar para tener presente hasta qué abismos puede descender el ser humano.