Pocas personas pueden decir que trabajan una media de 17 horas diarias, sin ser un ‘workaholic’. Peter Gelb, director de la Metropolitan Opera House de Nueva York desde hace 11 años, es el revolucionario que llevó a los cines la ópera en directo. De joven fue acomodador.


Vía: www.expansion.com | Por Benjamín G.Rosado

No hay hombre más poderoso en el mundo de la ópera que Peter Gelb (Nueva York, 30 de noviembre de 1953). De su gestión al frente de la Metropolitan Opera House de Nueva York dependen 3.200 trabajadores y más de 200 funciones al año. Cada temporada pasan por este inmenso edificio, diseñado por Wallace K. Harrison como parte del complejo arquitectónico del Lincoln Center de Manhattan, más 700.000 personas. Su aforo (que ronda las 4.000 butacas) supera de largo la capacidad de otros colosos operísticos, como el Teatro Colón de Buenos Aires, el Mariinsky de San Petersburgo o La Scala de Milán. Lo que requiere de una perfecta maquinaria para poner en marcha una treintena de producciones operísticas cada temporada.

Peter Gelb acaba de cumplir una década al frente de la institución, que está también de aniversario (50 años en el nuevo edificio), y lo ha celebrado a su manera, esto es, trabajando a destajo en su despacho. “Mi agenda es incompatible con ese tipo de festejos”, cuenta el superintendente a Fuera de Serie. “En mi contrato hay una cláusula que exige mi disponibilidad las 24 horas del día, los siete días de la semana. No tengo tiempo para celebraciones. Trabajo una media de 17 horas al día para garantizar que cada función esté a la altura de las exigencias de nuestro público”. Que se cuenta por millones, si tenemos en cuenta las retransmisiones en directo de las funciones del Met en los cines de todo el mundo.

Fue Gelb el creador e impulsor del programa Live in HD que se emite en más de 2.000 salas de 70 países con una audiencia de dos millones y medio de personas cada temporada. Y así, mientras los gerentes de los grandes teatros de ópera del mundo lamentan ingentes pérdidas en taquilla, Gelb se jacta de haber vendido más de 22 millones de entradas, sólo de cine, desde 2006. “El programa ha sido un éxito rotundo, pero es algo que ya estaba en el ADN del Met”, sostiene el director general. “Me refiero a que fuimos nosotros los primeros en retransmitir en directo una función de ópera en 1931 con el programa de radio de los sábados que puso en marcha Giulio Gatti-Casazza [intendente de La Scala y el Met]”.

Tras su experiencia como productor y cazatalentos en la industria discográfica (Sony Classical Records), Gelb tenía claro que la audiencia potencial de un teatro no podía constreñirse a una sola ciudad. “No todos los aficionados a la ópera tienen la suerte y el privilegio de contar con un teatro o un auditorio a la vuelta de la esquina”. Y así como el cedé ayudó a democratizar el repertorio clásico a la mayor gloria de Karajan, Live in HD ha encontrado un ‘gallinero’ al calor de las palomitas. No le han faltado detractores a Gelb ni puristas que lo acusan de haber desvirtuado el ritual sagrado del estreno. Pero la fórmula funciona: 350.000 personas presenciaron el reciente Nabucco de Plácido Domingo en la penumbra de las salas. Ya lo decía Groucho Marx en ‘Una noche en la ópera’: “¿Y no sería más fácil que, en lugar de intentar meter mi baúl en el camarote, metiera mi camarote dentro del baúl?”

Mucho antes de acompañar a la Sinfónica de Boston en su gira por China en el ocaso de la Revolución Cultural o de convertirse en el manager personal de Vladimir Horowitz, Gelb trabajó como acomodador en el Met en sus días de instituto. Su primera experiencia como público fue anterior. “Tenía 13 años y habían invitado a mi padre, que por entonces era redactor jefe del New York Times, al palco de Rudolf Bing, importante empresario y gerente del teatro”. Se trataba del estreno de una producción de la mítica Carmen de Grace Bumbry. “De pronto, en uno de los palcos inferiores empezaron a abuchear a los cantantes y vi con mis propios ojos cómo Bing se lanzó del palco para reprender a los boicoteadores”, recuerda. “Entonces entendí la naturaleza provocativa de un teatro de ópera. Más allá del silencio y respeto que todo artista merece, lo importante es que el público experimente emociones intensas”.

¿Incluso cuando le da por abuchear indiscriminadamente, como en La Scala?
Yo no soy como Bing. Quiero decir que entiendo y respeto todas las opiniones. Todo está bien mientras el público no permanezca indiferente ante lo que acaba de presenciar. Cuando acepté este cargo sabía a lo que me enfrentaba. No existen escondites ni zonas de confort para el director general de un teatro como el Met. Estoy expuesto a las críticas y las acepto con deportividad. Está en mi sueldo.
¿Cómo vivió las amenazas tras el estreno, hace tres años, de “La muerte de Klinghoffer” de John Adams? Hubo manifestaciones en la calle y protestas por antisemitismo contra el teatro.
Fue muy duro. Nunca imaginé, ni en mis peores pesadillas, que pudiera llegar a necesitar protección policial. Creo que hubo gente que no entendió el mensaje de la ópera, pero en cualquier caso todo aquello nos hizo reflexionar, a unos y a otros. Yo me quedo con lo mejor: que la ópera tiene efecto real en nuestras vidas, que no es un espectáculo anodino y ajeno a las personas. Cuando llegué al Met, hace ya 11 años, me di cuenta de que la institución estaba desconectada del mundo. Y sabía que para volver a enchufarla había que asumir ciertos riesgos.
Diez temporadas después, ¿cuál es el reto?
Por primera vez en la Historia existe una corriente anti-intelectual de descrédito a los valores culturales. No es que la gente no tenga formación o no pueda pagarse una entrada de ópera, sino que teniendo acceso a la información y la posibilidad de acudir a un estreno a un precio razonable no quiere hacerlo. Porque considera la ópera irrelevante. Por eso hoy la ópera es una especie en peligro de extinción. Mi objetivo es que no desaparezca. Y para ello tengo que seguir apostando por espectáculos que agiten las conciencias y que descoloquen al público.
Se dice en el gremio que la diferencia entre un terrorista y una “prima donna” es que con el primero se puede negociar. ¿Cómo se sobrevive a tanto ego?
[Risas] Quizá no me crea si le digo que lo más fácil de mi trabajo es, precisamente, el vínculo estrecho con los artistas. En la ópera, y sólo en la ópera, el fin justifica los medios. Cuando un artista tiene el coraje y el talento de plantarse frente a 4.000 personas para dar lo mejor de sí el ego viene de serie. Mi trabajo con los artistas consiste en hacerles la vida más fácil.
Hubo una época en que los “reyes” de la ópera eran los divos. Luego fueron los maestros y, más tarde, los directores de escena. ¿Quién manda ahora?
El público, como siempre ha sido y será. Más allá de jerarquías, la ópera es un arte de alianzas, una suma casi infinita de talentos y voluntades. Depende de tantos factores al mismo tiempo que cada función es poderosa, sublime y asombrosamente frágil.
¿Le asusta Trump?
[Risas] Como responsable del Met no puedo posicionarme políticamente, pues cualquier manifestación al respecto podría tener efectos en nuestra financiación. Para bien o para mal, nuestros mecenas y donantes abarcan todo el espectro político.
¿Cree, al menos, que merece una ópera?
No sé si la merece o no, pero desde luego es un personaje muy operístico.

La compañía del Met acaba de superar una crisis que casi acaba en huelga. La dureza implacable del superintendente durante las negociaciones evitó que se produjeran cancelaciones en el calendario, como es ya tradición en varias orquestas de Estados Unidos. “Todo el mundo estaba de acuerdo en que la reducción del gasto era necesaria para salir adelante”, argumenta. “De mí dependen 3.200 trabajadores, por lo que es imposible complacer a todo el mundo. Si me mantuve firme en mis decisiones fue porque consideré que era la única forma que teníamos de salir adelante. A veces hay que ser flexible y otras, no tanto”.

Asegura Peter Gelb que la ópera no es un negocio, ni mucho menos rentable. “El único beneficio es la satisfacción del trabajo bien hecho”. De los 284 millones de euros del presupuesto anual del Met, aproximadamente la mitad proceden de ingresos de taquilla y recursos propios (alquileres, restaurante, tiendas…). El resto depende de la generosidad de los mecenas gracias a un régimen fiscal que estimula las donaciones privadas. “No hay nada seguro en los presupuestos y cada año nos enfrentamos a situaciones desconocidas. Ahora nos encontramos en pleno relevo generacional: hay un público que desaparece y otro que tenemos que conquistar. Lo importante es no quedarse quieto ante los nuevos retos, ni confiarse”. A sus 63, Gelb no concibe la idea de una retirada, ni siquiera fantasea con una jubilación que le permita acudir, en calidad de público, a sus teatros favoritos de Europa. “Más allá de mi contrato, tengo un compromiso personal con este teatro. Y no me iré hasta que haya cumplido mi palabra”.