Y luego de trece millones de clics, recibía entonces una ovación en el Carnegie Hall… un momento bastante especial, por supuesto, pero no sólo por las razones obvias


Vía: www.huffingtonpost.com | Por Paul Desenne, escritor colaborador de ZEALnyc. 11 de noviembre, 2016
Traducido por Luis Contreras | Licenciado en Idiomas Modernos | Profesor de la ULA | Fotografía de Alfredo Padrón


Había algo más esa noche que el sólo honor de estar como compositor invitado en el segmento venezolano del programa dirigido por Dudamel, en su segunda noche, abriendo la temporada 2016-17. Los millones de clics realizados fueron sólo una fracción de lo requerido para la creación de distintos trabajos para El Sistema a lo largo de varias décadas: didácticos, serios, de cámara, orquestales… cantatas, sinfonías de niños, sinfonías juveniles, grandes sinfonías adultas tropicales y mahlerianas, oberturas caribeñas, bagatelas de ranas y mosquitos,  anacondas, pizzicatos afros, sonatas sudamericanas de alta densidad, una suite de violonchelo de un jaguar saltando… Una larga historia.

Esa noche, la pieza fue Hipnosis mariposa, la petición más grande en la historia de la música, supongo. Al salir de un concierto en Caracas a finales de julio de 2014, uno de los directores de El Sistema me gritó desde la distancia: “Ey, Gustavo quiere que escribas algo – no sé – de alguna canción de Simón Díaz para noviembre o diciembre. No estoy seguro.” Petición aceptada. El fallecido Simón Díaz es tal vez el cantautor de canciones bucólicas venezolanas más reconocido, basado en géneros tradicionales. Entrañablemente recordado por audiencias de todas las edades, famoso anfitrión de programas en televisión para niños y un cautivador cuentista.

En septiembre esbocé, en octubre terminé la pieza. En noviembre el estreno resultó ser todo un éxito; trece minutos de música orquestal, un recepción bastante cálida (los minutos cuentan en la composición). A la audiencia en Caracas gusta cuando las obras sinfónicas hablan su idioma. Sabía que sería fácil cuando comencé a trabajar en la canción que había elegido, familiar para muchos, con una hipnótica marca de tiempo de 5/8. Había cantado sus líneas un centenar de veces, así que pude darle mi toque a ese lienzo sin pensar mucho en ello, pero siendo honestos, no ha sido sencillo adquirir tal facilidad. Me ha tomado 40 años de exploración. Transponer íntima música venezolana, diseñada para guitarra pequeña de cuatro cuerdas – el cuatro – a un medio sinfónico, manteniendo la frescura del rocío mañanero sobre las hojas, la ligereza de una simple canción sin ser arrastrada por las pomposas proporciones de una orquesta sólo requiere de grandeza y destreza. No sólo estás haciendo arreglos y vertiendo acordes y melodías en un molde más grande- se requiere de habilidades que llevarán a la orquesta, y eventualmente a la audiencia, en un viaje musical bastante especial, y creo que es por ello que Hipnosis mariposa fue la elección de la Orquesta Simón Bolívar como parte de su gira mundial con la cual a principios de octubre llenó el Carnegie Hall. Yo mismo habría elegido otra pieza de mi catálogo para la gira, una “más seria”, más compleja y rica en rasgos latinoamericanos. Sin embargo, la orquesta escogió la pieza basada en la canción venezolana de niños. Una elección significativa.

Cuando decimos América Latina pensamos en juventud. Países con las virtudes y los problemas de las poblaciones jóvenes; esperanza, pero también infinitas necesidades. Es la vida en el borde de la escasez, comida, planificación, educación… artes. Alguien en Nueva York, reseñando sobre la gira de la orquesta venezolana, escribió que los músicos ya no eran los mismos niños y adolescentes de trece años que deslumbraron en su debut en los BBC Proms hace ya una década, para rápidamente continuar haciendo comentarios frívolos sobre la política desastrosa y la caída de los precios del petróleo. A pesar de ser un hecho innegable, estos músicos, cercanos a sus treinta, deberían ser juzgados como tal. Es inquietante y asombroso ver, más allá de la clasificación por edades, la formidable trayectoria de una organización luego de 42 años de constante crecimiento, en el continente más inestable y poco consistente en cuanto a tema de educación y planificación a largo plazo. La lista de enemigos es familiar: corrupción masiva, tráfico, violencia, analfabetismo, entre otras. El funambulismo político, el gran compromiso que debe adoptar una institución de este tipo en Suramérica para progresar y mantenerse a través de los inestables gobiernos y regímenes, manteniendo la llama viva hasta lograr alcanzar los más grandes estándares mundiales, y más allá de esa meta, hasta que logre transformar la manera en la que gran parte del mundo ve, toca, escucha algo tan profundamente malentendido como lo es la música como forma de educación. No puede ser juzgada con certeza a la distancia. En el interior, es la cuerda floja política en un podio, esquivando la destrucción inminente de una institución que ha servido a cientos de miles de niños a diario, en un país donde la escuela pública literalmente ha implosionado.

Después de haberle sido otorgado un premio por su persistencia y su formidable expansión local al sistema educativo suramericano – el único en la historia que se admira y emula en todo el mundo – pero el reconocimiento más obvio que la música de concierto occidental le debe a El Sistema, es quizá uno por resucitar las extremidades de su envejecido y endurecido cuerpo; de alguna forma al igual que la revolución de la música medieval – barroca y renacentista – acabó con la era de las presentaciones sombrías durante la posguerra. Pero, ¿qué sucedió con la música de concierto occidental?

Recientemente escuchaba a un comentarista francés en la radio hablar acerca de una nueva exhibición en París: The Art of Peace. En esencia dijo que a través de la historia, los tratados de paz han sido como una forma de arte: el estilo, la elección de palabras, la forma en la que eran nombrados y unidos los elementos en el documento. El documento en sí, con sellos de cera, cintas y caligrafía admirable, era a menudo un objeto impresionante por sí solo. La lengua usada en estos tratados era, por supuesto, notable; ingeniosamente creados para lograr los pactos acordados. Sin embargo, desde 1945, en los tratados de y después de la Segunda Guerra Mundial, la humanidad fue absorbida por la tecnocracia; los actos humanos tenían que caber en carpetas y archivadores y ser expresados en términos metálicos, fríos y grises. Donde el lenguaje hermoso era requerido previamente, un memorándum mecanografiado aburrido era ahora la norma. La belleza fue excluida dando paso a la matemática y la cuantificación matemática.

Un cambio similar parece haber tenido lugar en la composición – luego de la guerra – en las universidades y conservatorios del mundo occidental. Los presupuestos culturales y, por supuesto, los contenidos que respaldaban, se vieron forzados a imitar aquellos científicos para sobrevivir. Las nociones de buen gusto y belleza, tan difíciles de justificar ante los tecnócratas que controlaban todo, fueron discretamente hechas a un lado y fueron reemplazadas por evaluaciones numerales y técnicas; música para el ojo y el reporte. Las audiencias, necesitadas de sentimentalismo o diversión con facilidad podían escuchar un vodevil, Broadway, Brahms, jazz (o Dios libre, rock ‘n roll) mientras los científicos de cohetes construían los prodigios matemáticos del mañana. Ministros de cultura y administraciones progresivamente se volvieron “alérgicos” a las artes. Estaban asustados por los valores insondables, necesitaban límites, justificativos. Con ese propósito, instalaron un impresionante sistema de doctorados en arte, como si estos títulos tuviesen otro propósito distinto al de liberarlos de la responsabilidad de ejercer el gusto personal por las artes, de tener inclinaciones por algo, o cualquier otra cosa. El arte finalmente fue clasificado, académicamente.

Un aumento formidable en competiciones de presentaciones clásicas fue plataforma para introducir medidas de estilo olímpico para imponer parámetros a medida que las aristocracias desaparecieron y fueron reemplazadas por burócratas culturales. Un proceso algo extraño de congelamiento y estandarización de los repertorios clásicos por un lado, y por el otro, un innovador avance tecnocrático de vanguardia y fragmentación del poder cultural, que terminó por destruir la vida orgánica de la música de concierto. Cuando la audiencia de los conciertos no estaba familiarizada con el repertorio, ellos se sentían intimidados y despojados de su derecho de admirar o disentir; sólo debían entender una importancia. La nueva música estaba ahora en manos de expertos quienes la explicarían; el placer estaba fuera de cuestión, ya que figuras como Boulez, insistían en su lealtad a Pascal, el filósofo austero y anti-sensual, enemigo del placer.

Esta mentalidad cultural terminó por hacerse cargo, pero la muerte de la música clásica, explicada por Norman Lebrecht de forma deprimente en su libro, resultó ser también un fenómeno económico: los baby boomers que llenaban el Shea Stadium para escuchar a Los Beatles mientras al mismo tiempo sus padres escuchaban  a Ormandy en sus Hi-Fi. Esta división tectónica creció, empeorando las cosas para la música de concierto, hasta que la tecnología digital y los CD trajeron catálogos enteros de artistas muertos, despojando a los vivos de ingresos de grabación y finalmente ahogando los contenedores de Tower Records hasta la muerte.

Mientras tanto en Venezuela, uno de los países musicales más asombrosos en el mundo, dónde las raíces hispanas y africanas se mezclan con voces amerindias, un hombre a quien muchos consideraban demente, entregaba a niños cientos de instrumentos sinfónicos, que obtenía del dinero resultado de las agencias gubernamentales encargadas del petróleo para así financiar la más increíble revolución educativa basada en la música sinfónica clásica. La persistencia del Doctor Abreu dio resultado.

Es aquí donde las tres historias se cruzan: el destino de la música de concierto occidental, el reconocimiento mundial de El Sistema, y mi trayectoria personal como compositor.

Con frecuencia describo las cuatro décadas de El Sistema como un largo proceso de adaptación; la conversión de toda la obra de teatro sinfónico occidental en términos venezolanos y latinoamericanos. Un traspaso de técnicas y conocimiento cultural por parte de las naciones occidentales industrializadas a una relativamente pequeña nación de personas en extremo musicales. A cambio, las orquestas de El Sistema reintrodujeron la savia vital de las tradiciones orales perdidas en la música occidental; la energía de la cultura rítmica afro-caribeña, la danza y la síncopa, y por supuesto, la energía espontánea de la juventud fluyó en un repertorio que se estaba agotando. Nuevas lecturas de viejas obras, desatadas por décadas de actuaciones rutinarias, despojadas de capas de barniz viejo, dando vida nueva a todo, desde Tchaikovsky a Bernstein. Escuchen a Richard Strauss en Caracas y comprenderán a lo que me refiero. Está siendo creada allí mismo, vibrante música en vivo. No una pieza de museo. Las audiencias europeas redescubrieron lo excitante de ver músicos que disfrutan interpretar en conciertos sinfónicos. Incluso aquello que podía considerarse como ingenuo, niños bailando en el escenario, estaba por completo cambiando la dinámica. Ellos no eran del tipo aburrido con trajes de gala interpretando en piloto automático. Algunos estarán en desacuerdo con las razones exactas, pero es innegable el efecto de calentamiento sinfónico global que dejó Dudamel y la orquesta luego de su gira por el mundo.

Aunque el contenido de esas giras no era del todo latinoamericano, pocas piezas se escogieron del modesto repertorio de trabajos sinfónicos que con orgullo puede ofrecer el continente hoy en día, por muchas razones, siendo la primera la rigidez de los conservatorios locales, justo aquellos que El Sistema evitó para progresar. El compositor americano John Adams me dijo en 2008, luego de ver una increíble presentación de El Sistema en Caracas, centradas en Rossini y Beethoven: “podrías intentar convertirte en el Bartok venezolano.” Palabras alentadoras, pero mi tarea ese día no estaba en exhibición, estaba escondida en mi cartera, y todavía había mucho que hacer para convertirme en una mínima parte de Bartok… un tema bastante amplio.

La lucha por tener obras sinfónicas venezolanas no sólo es una lucha para conseguir más tiempo de ensayo para cosas complejas de interpretar, sino encontrar la confianza para defender un idioma, una vez que hayas encontrado tu voz. La música occidental de conciertos ha establecido parámetros de progreso musical universal, y el resto, todo aquello fuera de su gloriosa historia – y fronteras – es solo “ruido.” La paleta local de colores, formas y texturas, aun cuando se las ingenia para escapar la simple trivialidad folclórica, no ha de recibir muchos créditos artísticos. Los suramericanos en sus ruidosas fiestas, suelen ser etiquetados como intelectuales de poco peso y, cuando siguen tendencias, simples imitadores. Pero si un compositor británico se excita entre ritmos, resulta brillante y divertido; si es uno suramericano, es irrelevante. Es necesario hacer a un lado los riesgos de crear música tropical sinfónica de salón para llegar a un punto de saturación caníbal abstracta o sumergirse en la complejidad del tejido amazónico. Raramente escuchado. La coexistencia de los más diversos estratos arqueológicos de las culturas latinoamericanas da mucho trabajo a los compositores; no sólo para figurar, pero sinceramente hay un antecedente muy rico donde la música académica está totalmente ausente, y es sorda. Sin embargo, Mendelsohn está en nuestros oídos junto a los cantos chamánicos, bandas de salsa y los descendientes afro-venezolanos de las arpas barrocas hispanas. Todo visto y percibido como música contemporánea. No hay un imperativo histórico, pues si se toca, es actual. El tiempo no es unidimensional ni viaja en línea recta; es circular. Cada lengua o híbrido musical tradicional en Venezuela y Latinoamérica posee una gramática especial, una presencia contemporánea, un set de instrumentos, una paleta de estilos vocales, un tempo, un estado de ánimo. Existe un increíble laboratorio de tradiciones orales que recombinan el ADN musical de todo, desde la música vienesa, hasta los tambores de la ancestral Costa de Oro británica. Guitarras renacentistas, maracas amerindias, bolero, flamenco. Algo de estas diversas culturas, servido directamente o en cócteles abstractos, pero que inevitablemente entrará en el cuerpo sinfónico, requiriendo una forma diferente de ser escuchados, percibidos y comprendidos.

La mera transposición a un medio sinfónico, una vez bien hecho, deja en evidencia sorprendentes recursos musicales. Imaginen cuando intervienen la transfiguración, la recombinación y el diseño a mano alzada. Las posibilidades son simplemente volcánicas.

La prueba está en el pudín, y ahora, en las empanadas.