Vía: radio.uchile.cl/ Por Rodrigo Alarcón

El director ecuatoriano debuta este fin de semana en la conducción de la Orquesta Sinfónica de Chile, en un concierto que contempla obras de Brahms y Dvořák. En esta entrevista habla sobre su experiencia a cargo de las orquestas juveniles en su país: “Vi un aspecto de la música que nunca había visto”, dice.

“¡Y un, dos, tres! ¡Un, dos, tres!”, dice Patricio Aizaga. Aún no son las 10 de la mañana en Santiago y el director ecuatoriano clama bastante fuerte como para que se escuche hasta las últimas filas de la platea del ex Teatro Baquedano. Parado ante los músicos de la Orquesta Sinfónica de Chile, se mueve con energía: agita las manos, flecta las rodillas y vuelve a levantarse mientras los intérpretes repiten una y otra vez un fragmento que no termina por ajustarse.

Este viernes 8 y sábado 9, Patricio Aizaga debutará al frente de la Orquesta Sinfónica con un programa bautizado como “Noche de grandes románticos” y que contempla la Obertura trágica, Nänie y la Canción del destino de Brahms, junto al Coro Sinfónico de la Universidad de Chile en el caso de las dos últimas composiciones; y la Sinfonía N° 6 de  Dvořák.

Son dos compositores, dice el director, que en algún momento mantuvieron “una entrañable” amistad: “Justamente, unos pocos años antes de esta sinfonía de  Dvořák aparece la Sinfonía N° 2 de Brahms, también en Re Mayor, y no solo por la tonalidad, sino por la descripción lírica de los paisajes, de los colores, por las modulaciones, son dos sinfonías que son primas”, relata a Radio Universidad de Chile, instalado en el hall del Centro de Extensión Artística y Cultural de la Universidad de Chile (CEAC), en plena Plaza Baquedano.

De acuerdo al músico, la Sinfonía N° 6 “es un momento de transición para  Dvořák. Él no estuvo muy contento con la primera interpretación de la sinfonía o, en realidad, con la sinfonía misma. Luego, con la Sinfonía N° 7, se propuso escribir algo que no tuviera un solo error -para él- y dijo que era una de sus obras más grandes e importantes, pero es importante saber que este es un momento de evolución en su vida compositiva”.

Replegar el ego

Patricio Aizaga llega a dirigir a la Sinfónica precedido por un currículum que anota presentaciones en países como Nicaragua, Argentina, México, Italia, Portugal, Corea y Egipto. No obstante, su historia está marcada por su labor en el mismo Ecuador. No solo es fundador de la Orquesta Filarmónica de Ecuador, sino que además preside la Fundación Orquesta Sinfónica Juvenil en ese país.

Ese cargo tiene su origen dos décadas atrás. En 1994, el director conoció al maestro venezolano José Antonio Abreu, creador del reconocido sistema de orquestas juveniles e infantiles en ese país, y aquel encuentro torció su recorrido: “Tuvimos una conversación de dos horas que me cambió la vida. Hacia principios de 1995, luego de estar cuatro años como director titular de la Orquesta Sinfónica de Guayaquil, tenía que regresar a vivir a Estados Unidos, pero salí de su oficina con la bandera del Ecuador en mis manos. Vi un aspecto de la música que nunca había visto”, recuerda.

Aun cuando es hijo de un compositor y una profesora del Conservatorio Nacional, recién en ese instante se dio cuenta de que “la música cuenta con todos los elementos para convertirse en un instrumento de desarrollo social dirigido a niños, niñas y adolescentes, sobre todo de bajos recursos económicos”.

“Se concibe a las orquestas y coros como agrupaciones comunitarias, en donde el niño desarrolla valores, trabajo en equipo, disciplina, puntualidad, la búsqueda de una meta común, la recompensa al esfuerzo. Todas estas energías, indudablemente, traslucen y brillan en la música. Fue una visión totalmente nueva de la música en la que se repliega el ego, que es un punto muy importante. El ego se maneja mucho en la parte artística y creo que este sistema nos enseña a replegar el ego y hacer un trabajo en equipo, a entregarse por completo, sin reservas”, explica.

Según explica, la misma Filarmónica de Ecuador se ha nutrido fundamentalmente de músicos surgidos en la agrupación juvenil, que se ha presentado en Latinoamérica y en Europa. Justamente, esa orquesta tuvo alguna vez la idea de presentar música chilena. El 30 de septiembre de 2010, bajo la dirección de Rodolfo Fischer, iba a interpretar La caravana, la obra que Sebastián Errázuriz dedicó a Jorge Peña Hen, mentor de las orquestas juveniles locales. Sin embargo, la revuelta que ese día se produjo en Quito, y que el presidente Rafael Correa atribuyó a un intento de golpe de Estado, frustró los planes: “Todo ocurrió a tres cuadras de donde sería el concierto, así que no pudo ser”, recuerda el director. Por eso, quizás, para Patricio Aizaga los conciertos de este fin de semana tendrán un leve sabor a revancha.