El director ya peina canas pero a sus 35 años ha logrado mucho más en la música clásica de lo que se podía esperar de un chaval crecido en los suburbios venezolanos de Barquisimeto


Vía: cultura.elpais.com | JESÚS RUIZ MANTILLA

Para ser Gustavo Dudamel necesitas pasar una serie de pruebas dignas de un iron man. Si no en súper poderes físicos, sí mentales. Desde el anfiteatro del Auditorio Nacional, se le atisbaba ya este jueves cuando se presentó en Madrid con la Orquesta Simón Bolívar, una mata de canas que dan idea de lo que el director lleva a sus espaldas. Con 35 años, el chaval nacido en Barquisimeto (Venezuela), criado a pachas entre su madre y su abuela, ha logrado ya mucho más que diversas leyendas del pasado a su edad. La clave ha estado en que pese a todo lo que porta y soporta, se ha centrado, eminentemente, en la música.

Desde que su mentor, José Antonio Abreu, le encargara el día en que decidió convertirse en director una tarea, no ha dejado de estudiar a fondo. Le puso deberes para casa: estudiar la Primera Sinfonía de Mahler. Cumplió. Luego llegarían otros de los compositores fetiche del maestro: Chaikovski, Beethoven… Buena prueba de esto último ha sido el maratón de las nueve sinfonías del alemán que se ha marcado esta semana en el Palau de la Música de Barcelona, con el colofón de la Novena en Madrid.

La naturalidad afrontada en el sentido más complejo del término es lo que quedó impregnado en el ambiente. Una naturalidad que viene de haber interpretado juntos en la orquesta al compositor desde que tenían 11 o 12 años, hasta la madurez con que lo abordan hoy. El de la Simón Bolívar es un Beethoven plagado de matices, contrastes, colores, sumergido en el drama para despegar hacia la alegría de una esperanza que todos, por más que conservemos, no sabemos si se llegará jamás a alcanzar. Perfectamente ensamblados, logran la asombrosa fusión de un virtuoso unívoco: un instrumento sin límite integrado por más de 100 intérpretes hábilmente compenetrados.

La música y sólo la música es lo que vence y prevalece en su caso. Colectivamente. Aunque, para ser Gustavo Dudamel, a nivel individual, haya que abordar otra serie de pesadas pruebas. Y eso le redobla el mérito, porque hablamos de un ser humano que sin haber entrado en los cuarenta se muestra en el podio como un experimentado director ya casi legendario.

No hace mucho tiempo, apenas 10 años, comenzó la explosión global del fenómeno que suponía el sistema de orquestas venezolano. Más de cuatro décadas atrás, hacia 1975, Abreu lo había montado con 11 músicos en un primer ensayo que tuvo lugar en un garaje de Caracas. Su sueño fue poblar de orquestas un país en que este economista, ingeniero, político y, sobre todo, director de orquesta, vio que mediante la música y la educación se podía salvar a un puñado de niños y jóvenes abocados a la delincuencia y la explotación en barrios miserables.

Hoy, no sólo en todas las ciudades de Venezuela existe su propia orquesta. En varias de ellas ha surgido más de una y de dos y de tres… Pero no sólo eso: más de 600.000 alumnos integran el método educativo del sistema en multitud de agujeros conflictivos.

Ese vendaval de talento ganado a pulso a la pobreza se ha ido mostrando en giras alrededor del mundo. La energía refrescante de los intérpretes contagiaba a un público de ceja alta y lo ponía a bailar el mambo en teatros y auditorios. Hoy, lo festivo, ha sido sustituido por el rigor. Ya no esperamos final con salsa y merengue en un concierto de la Simón Bolívar, aunque aquello sentara de maravilla. A cambio, logran introducirte a base de emociones y seducciones fuertes en el corazón de cada partitura.

Tampoco te topas en sus apariciones con una rancia manifestación de orgullo identitario: las banderas y los chándales han sido sustituidos por la vestimenta más consistente del discurso musical. Alejado de politizaciones, pero sin renunciar a presencias de personajes destacados, comprometidos con un futuro de diálogo en Venezuela como fue el caso en Madrid del presidente Zapatero y su mujer, cantante, Sonsoles Espinosa.

Todo se debe a un milagro de décadas obrado desde el sistema. Ese complejo entramado que no deja en la actualidad de ser controvertido por haberse dejado engullir por las garras del lado oscuro del chavismo. Pero que conserva su huella luminosa y efectiva por medio de unos resultados que han transformado la pedagogía musical en todo el mundo. Y que, además, han demostrado cómo, a través de la música, se puede desarrollar un revolucionario metabolismo de acción social.

Fue el sueño cumplido de José Antonio Abreu. Hoy, el maestro, reposa en los cuarteles, frágil, pero atento. Mientras, su pupilo Dudamel y otros discípulos, extienden todo un poderoso mensaje de transformación por ahí. Y lo lleva a cabo con enorme mérito, porque la responsabilidad de mantenerlo vivo recayó sobre sus hombros cuando apenas contaba 25 años. Una década después, ha demostrado que su carisma, fortaleza y liderazgo sobran para sobreponerse a situaciones personales tensas sin que le decaiga el ánimo.

Porque para ser Gustavo Dudamel hay que saber lidiar en varios frentes. Primero ser lo suficientemente hábil como para empujar proyectos bandera en dos polos opuestos como la Venezuela del cafre Maduro –la orquesta Simón Bolívar- y ahora los Estados Unidos del ogro Trump, donde es titular de la Filarmónica de Los Ángeles.

Hay que mostrarse audaz y visionario como para intentar probar nuevas fórmulas discográficas –por medio de alianzas en plataformas de comunicación digitales como EL PAÍS- en mitad de la ruina de la industria. Permanecer comprometido con la renovación de públicos a escala global. Insuflar suficiente frescura y rasgos inequívocos de novedad, sin perder el respeto de los más viejos del lugar y ante la desconfianza de los recalcitrantes.

Soportar en las espaldas la ilusión de un país en ruina, sin dejar de lado, ante cada pulla, una sonrisa cuando te preguntan por la medida del desastre. Conseguir que no te afecten las constantes campañas mediante las redes cuando recalas en cualquier país o cuando se activan los mecanismos de la envidia al ser el maestro más joven en dirigir el concierto de Año Nuevo con la Filarmónica de Viena.

Estar en todas las quinielas cada vez que se produce cualquier vacante en la élite y no perder los nervios. Mantener el rumbo y lograr que nada de esto te afecte porque sólo hay alguna cosa que realmente importa, aparte de Martín, su hijo de seis años, su familia y una nueva radiante esposa como la actriz española, María Valverde: la música y todo lo que ella conlleva.

Así que con razón, el maestro Simon Rattle le dijo un día a su abuela doña Engracia cuando ella, interesadísima, quiso saber si el niño valía para director: “Señora, casos como el de su nieto Gustavo se dan una vez cada 100 años”.