El clarinetista y saxofonista cubano estuvo hace unos días en el país, para participar del festival internacional de jazz de Santa Fe


Vía: www.lanacion.com.ar | Humphrey Inzillo | LA NACION

Paquito D’Rivera está colorado. Es la noche del domingo y falta una hora para que el clarinetista y saxofonista cubano suba al escenario del Centro Cultural Paco Urondo junto a la Santa Fe Jazz Ensamble, para cerrar la vigésima edición del festival internacional de jazz de Santa Fe, cuando baja de su habitación. Acaba de dormir una siesta reparadora, indispensable para combatir la insolación y poder brindar un concierto que será inolvidable. También está elegante. Luce un chaleco negro con un prendedor con forma de saxo sobre una llamativa camisa de fantasía, pantalones de vestir negros y mocasines bicolores.

El maestro está colorado porque esa mañana aceptó una invitación para ir a pescar con algunos de sus amigos del Ensamble. La pesca fue buena y luego frieron los moncholos. Y estaba cansado porque la noche anterior había participado de una jam session en la estancia El Carmen organizada por el empresario Carlos Rodríguez Sañudo, factótum de su visita al festival. Y antes, haciendo gala de su fanatismo por los autos antiguos, había visitado una fábrica de réplicas de Bugatti y otros modelos clásicos en la ciudad vecina de Paraná. Y había estado ensayando, conversando con estudiantes y aficionados, y disfrutando una sucesión de asados desde que llegó a la ciudad, a mediados de esa semana.

A sus 68 años, Paquito confiesa que ese ritmo vertiginoso es una especie de motor creativo. Vive en Nueva York desde que, a principios de los 80, huyó de Cuba, y se transformó en una de las voces más críticas contra el gobierno de Fidel Castro. Desde entonces, montó una fructífera carrera colaborando con artistas de distintas partes del planeta y, siempre, diversificó sus proyectos. “Me aburro de hacer lo mismo todo el tiempo -explica-. A mi edad, y después de tantos años en la ruta, sería mucho más práctico hacer una sola cosa. Hay artistas que tienen su propio grupo y se dedican a viajar por el mundo. Pero a mí me gusta tener proyectos diversos, conocer gente. Esa es mi forma de vida, y a esta edad no creo que pueda cambiar. Claro que a veces me gusta rodearme de mi propio grupo, porque llevamos mucho tiempo trabajando juntos y el resultado es extraordinario. Pero hacer nuevos proyectos con otra gente me atrae, es como una montaña rusa.”

A modo de ayuda memoria, Paquito trae un papel manuscrito con más de 50 nombres anotados. Son los músicos argentinos con los que colaboró a lo largo de su extensa y notable trayectoria. La lista incluye a Astor Piazzolla, Lalo Schifrin, Carlos Franzetti, Andrés Boiarsky y Diego Urcola. Pero el primero es Jorge Dalto, fallecido en Nueva York en 1987. “Era extremadamente creativo -recuerda-. Fue mi primer pianista en Nueva York. Él y el puertorriqueño Hilton Ruiz. Cuando no podía uno, podía llamar al otro. Pero al primero que tenía en mente era a Jorge Dalto, porque era un músico extraordinario. Tocaba jazz y funk muy bien, pero tenía la virtud de entender fácilmente otros estilos musicales. Tocó con George Benson muchos años e incluso grabó el solo de «This Masquerade».”

Muy poco antes de la muerte del pianista tocaron una versión memorable de “El día que me quieras”, de Gardel y Lepera. “Yo sabía que Jorge estaba enfermo y lo llamé para darle ánimos. Le dije que tocábamos esa noche con Michel Camilo en el Town Hall y le propuse que viniera a tocar «El día que me quieras». Adela, su mujer, agarró el teléfono y me dijo que él no podía moverse. Sin embargo, a las siete y media, apareció por la entrada de los músicos. Y tocamos una versión maravillosa del tema de Gardel, y un carnavalito, que a él le gustaba mucho. Fue inolvidable.”

-Hacía 17 años que anhelaba visitar Santa Fe. ¿En qué nivel musical está la ciudad?

-Hubo un sabio que dijo que el éxito es un 1% de talento y un 99% de dedicación. Y esta gente tiene un 93% de dedicación. Tienen un deseo tremendo de que las cosas salgan bien, y la verdad es que da gusto trabajar con ellos. De paso, son excelentes músicos. He esperado mucho por estar aquí. Y la experiencia está siendo maravillosa.

-Una característica suya fue incorporar a su grupo a músicos jóvenes y muy talentosos, como Michel Camilo, Danilo Pérez e Ignacio Berroa. ¿Todavía sigue a la caza de nuevos talentos?

-Sí, hay un montón de monstruos en esa ciudad. Yo tocaba con Alon Yavnai, un pianista hijo de madre argentina, que se fue a vivir a Israel. Entonces me encontré con mi pianista actual, Alex Brown. Un músico extraordinario. Cuando empezó a tocar en mi grupo tenía 18 años. Y su hermano Zach, contrabajista, también toca conmigo.

-Uno de sus últimos trabajos es Paquito & Manzanero. ¿Cómo surgió la idea de revisitar el repertorio del autor de “Esta tarde vi llover”?

-Fue idea de un productor argentino radicado en México, Eugenio Elías, que me propuso hacer un proyecto jazzístico sobre la música de Armando Manzanero. Pero estrictamente jazzístico, al punto tal de que no querían usar instrumento de percusión ni nada similar. Me gustó la idea. Los arreglos los hizo mi pianista, Alex Brown, porque yo no tenía tiempo de escribir esa música. Y Armando cantó un par de canciones con nosotros.

-¿Cómo definiría su relación con los boleros?

-Me gustan mucho los boleros. Por ejemplo, yo quería mucho a Rolando Lasserie, era un tipo muy simpático. Era un comediante y cantaba muy bien, aunque originalmente era baterista, timbalero de Benny Moré. Era muy amigo de Bebo Valdés. Yo grabé un par de cosas con él, con Andy García y con Cachao.

-Lo menciona a Bebo. Y su llamado para grabar Bebo Rides Again, en 1995, disparó el renacimiento de su carrera. ¿Se imaginaba que eso podía ocurrir?

-El tipo que le disparó su carrera, en verdad, fue el cineasta Fernando Trueba, cuando lo pone en la pantalla grande. Pero haber sacado a Bebo del ostracismo fue uno de los eventos más felices de mi carrera. Ojo, que él no estaba muriéndose de hambre. Para nada. El hacía “piano bar” en una cadena de hoteles de lujo. Tenía un trabajo muy bueno. Pero no valía la pena que un enorme pianista como él estuviera tocando en ese contexto. Ese disco le dio 15 años más de vida profesional.

-¿Cómo repercutió en la música cubana el éxito de Buena Vista Social Club?

-Le hizo un poco de daño a la música cubana, porque es algo que se hizo hace 80 años. Me encanta eso. Además eran músicos viejitos que estuvieron olvidados, relegados durante muchos años. Ignorados. Y que los hayan sacado fue una cosa feliz para mí. Pero esa no es la música cubana de ahora. Es como ponerse a grabar tangos del mismo modo en que los grababa Gardel. Pero bueno, creo que en esa época se había puesto de moda los viejos, porque también grabé a las Hermanas Márquez. Yo las llevé a España y les dieron Grammy a la trayectoria.

-Hace unos años se reeditaron las grabaciones de 1967 de la Orquesta Cubana de Música Moderna. ¿Cuáles son sus recuerdos musicales de ese momento?

-¡Juventud, divino tesoro! Estábamos felices de tener una orquesta llena de músicos buenos. Yo era alumno de Armando Romeu, el director. Y él me estimulaba para escribir música y hacer arreglos. Después vino Irakere y fue otra época bonita.

-¿Cuál es el encanto de tocar standards en el siglo XXI?

-Cuando no hay tiempo de ensayar, los standards nos salvan la vida. Y también son parte de la magia del jazz. Es como volver a tocar Beethoven o Hadyn. Pero también hay que hacer músicas nuevas.

-¿Qué opina de las políticas migratorias de Donald Trump?

-Trump no sabe decir las cosas. No entiende nada de diplomacia. Uno de los presidentes más populares en la historia de los Estados Unidos es Barack Obama. Y fue el que más mexicanos botó. Pero no lo hizo de una forma ofensiva. Ningún país quiere tener ilegales en su territorio. Porque tú tienes que saber quién está en tu casa. Pero no por eso puedes hablar de esa forma. Es un tipo muy poco diplomático, y eso da miedo.