Pablo Heras-Casado pertenece al selecto club de los grandes, se lo rifan en los teatros de ópera de medio mundo, vive de ciudad en ciudad y sigue sintiéndose granadino hasta la médula. Este mes de agosto, no mentimos, se lo ha tomado libre. Treinta días sin relojes


Vía: www.larazon.es | Por Gema Pajares | Fotografía Alberto R. Roldán

Camina por la azotea del Teatro Real como si portara un capote con un paisaje de montaña, el que ha elegido para posar, con cumbres nevadas que se le antoja que podrían ser de Suiza, por ejemplo. «A esas cumbres no se les puede decir que no», comenta. Está en lo más alto. No en sentido figurado. Él ya lo está, muy arriba, por eso le invitamos a que la fotografía que le hace Alberto R. Roldán sea en la azotea del Teatro Real. Accede a ella, como a todo, sin rechistar. Abre los ojos, sonríe, los cierra, mira a la derecha, ahora a la izquierda, se pone las gafas de sol, se las quita. En el trayecto a las alturas, desde donde se tiene una vista de Madrid única, le saludan cinco o seis personas. Quizá más. «¿Qué tal, maestro?», tres palabras que se repiten con cada apretón de manos. Pablo Heras-Casado tiene 38 años y nació en Granada. Él, para quien aún no lo sepa, es el principal director invitado en el coliseo madrileño y está al frente de la Orquesta St. Luke de Nueva York. Dirige en medio mundo y va de continente en continente sin perder la sonrisa y con lo oídos bien desplegados. En un año se ha casado con Anne Igartiburu y ha tenido un hijo, Nicolás, que tiene ya dos meses largos y que crece por días. Está lleno el director. Y se le nota.

–¿Cuándo le empezaron a llamar maestro? ¿Lo recuerda?

–Al principio me parecía raro porque yo ya llevaba mucho tiempo dirigiendo con mis amigos, con el grupo que formé en Granada. Cuando comencé a ponerme al frente de las orquestas fue cuando lo empecé a escuchar y si te digo la verdad, me sonaba como un tanto anticuado, aunque no te voy a negar que por otro lado me gusta. Las orquestas con las hoy trabajo me llaman Pablo, que es como debe de ser.

–Pablo, ¿cómo digiere este imparable ascenso que es su carrera?

–Para mí no ha cambiado tanto, de verdad. No siento un cambio fundamental y no es un ejercicio de modestia, para nada. Es verdad que me han pasado muchas cosas en los últimos cinco o seis años, pero por más que me esfuerce no puedo pensar que soy otra persona. Simplemente he aprendido, he crecido. Lo que sé es que para mí lo fundamental es inamovible.

–Y ahí están la familia, los amigos del Albaicín, una buena cerveza fría, ¿me equivoco?

–Ahí están los míos, que me hacen tener los pies bien fijados a la tierra. Mis amigos, a los que sigo viendo cada vez que voy a Granada. Mi tierra, mi Carmen.

–¿Y una buena cerveza o una copa de vino?

–Me gustan ambas. Todo tiene su momento. Tengo buena boca. Eso de estar en la cocina y tomarte algo y poder compartirlo con una conversación… Me gusta comer y comer bien, pero lo de la cerveza, en fin…

–¿Es de tabernas?

–Me gusta mucho ir de tapeo. Y en Granada estamos muy bien acostumbrados porque la tapa va por derecho con la bebida y si te tomas varias, ya has comido. Además, en mi tierra se come muy bien.

Pablo es un hombre pegado a un teléfono («estoy resolviendo ciertos asuntos de intendencia», se excusa). Al sonreír parece que le brillaran más los ojos azules. Viste unos jeans y camisa vaquera. Cuando una corriente de aire del desierto tira uno de los fondos fotográficos, comenta que parece que se deja sentir el aire fresquito de la montaña. No sabe nada.

–¿Cómo se ve cuando se mira desde fuera?

–No me veo solo sino rodeado de personas, relacionándome con ellas. Los demás son quienes me conectan.

–¿Es de los que escucha más que habla, verdad?

–Mucho. Bastante comunico ya en mi trabajo, que es algo que me apasiona. Y al principio no resultaba nada fácil porque yo llegué muy joven a esta profesión. He sido incluso tímido, pero siempre me ha gustado escuchar lo que decían los demás. Soy más de callar, me siento más cómodo en ese terreno.

–Dígame cuál es para usted un momento ideal.

–Estar en Granada, disfrutar del jardín, del sol, del aire, de mis rincones, de mis amigos. Comer en casa, por ejemplo. Mi momento ideal es ése en que puedan pasar muchas cosas y buenas. Y poder hablar con mi madre en la cocina, echarnos una buena charla. Dentro de esta vorágine de vida hay cosas, como ésta, que están a salvo.

_¿Qué le gusta de su ciudad?

–Todo, la calle y estar en casa. hacer vida de barrio, ir a Casa Pasteles, que está en la plaza larga, recorrer el Albaicín, que es como si fuera un pueblo. Ahí está mi paraíso, mi casa.

–Usted, que es una persona muy celosa de su intimidad, ahora despierta un interés en la Prensa que no es especializada por su matrimonio y su paternidad. ¿Lo llevan bien?

–El interés viene fijado por tu persona, por quién eres y lo que haces. Yo tengo mi historia, que no viene de ahora, la asumo y forma parte de mí. No creo que a la masa de gente le interese qué es lo que hago cuando me levanto por las mañanas. Lo que está claro es que no se puede separar la vida de lo que uno hace. Pero siempre hay límites.

–¿Le ha cambiado ser padre?

–Te cambia, pero no siento que sea completamente otra persona después del nacimiento. He vivido la paternidad como hijo que soy y como padre quiero continuar con él ese regalo que me han hecho a mi los míos, que es tener una familia.

Cuando llegamos al Real pide un café doble solo con hielo. No es que haya descansado mal o que Nicolás decidiera darle una mala noche. Le apetece y se lo toma mientras charlamos de la vida y ríe como un crío. Y lo paga de su bolsillo.

–¿Para alguna vez la cabeza?

–Sí, claro que para.

–No me diga que en el Albaicín.

–Ahí, y en Madrid, cuando desconecto, lo hago y mis prioridades, entonces, son otras, se dan la vuelta. Soy metódico y disciplinado.

–¿Echa de menos esas larguísimas vacaciones de verano de dos meses y pico de cuando era niño?

–Cómo era aquello. Tener la sensación de que el tiempo se detenía de verdad. Fue una época y la viví a tope, como debía. A veces lo echo de menos. Teníamos tiempo para gastarlo. Ahora no paro de generar proyectos, ideas para festivales, grabaciones, colaboraciones, lo que no quiere decir que no me vea en situación de parar cuando lo necesite. Soy afortunado por poderlo hacer y no pensar qué va a pasar si se olvidan de ti.

–No me diga que ha cogido vacaciones porque no me lo creo.

–Pues sí, este mes de agosto y algunos días de septiembre. Un mes entero. Me lo propuse hace un tiempo y lo voy a cumplir. Treinta días de vacaciones. Y desconectado.

–Por tanto es uno quien pone los límites.

–Claro. A casi todo puedes decir que no. Yo ahora tengo esa suerte de poder decirlo.

–¿Y cuando le dicen que es uno de los directores de orquesta más importantes del mundo?

–El privilegio para mí es estar dirigiendo a los mejores. Ser el más, ser el mejor, ¿cómo se mide eso? Te acostumbras a vivir con ello pero no vives para ello. Yo no. Es un cartel que pesa. Me siento muy agradecido, aunque hay tanto por hacer y aprender… Mejor que digan eso de mí que lo contrario.

Tiene carnet de albaicinero, granadino y español. «Soy absolutamente consciente de mis orígenes», declara. Y confiesa que «casi por contrato», después de dirigir, cuando el sudor le empapa hasta calarle los huesos, le espera una cerveza bien fría en el camerino. Si es Alhambra, mejor. Mucho mejor. Frecuenta La Tana si está en Granada y si dirige en Nueva York, su segunda casa ya, el Cafe Luxembourg se convierte en su destino.

–Ha sido un año demasiado lleno de política, ¿no le parece?

–Lo ha contaminado todo. Estamos paralizados. Ningún país se lo puede permitir. Lo que siento es hastío y decepción. La clase política no ha sido ejemplar y estamos ante un sinsentido que está rozando el ridículo. Además, el circo de la televisión ha fagocitado a los políticos. No saben a qué programa ir o qué hacer cuando les invitan a una televisión. Tengo la sensación de que se ha hecho un show mediático de la carrera hacia la presidencia. No creo que representen a la mejor esencia de la cultura española, en el más amplio sentido del ser. Nuestra cultura es mucho más que lo que nos intentan vender, más profunda. Me siento embajador de lo que somos.

Disfrutar del tiempo para Heras-Casado pasa por dejar el reloj bien guardado dentro de un cajón. No le interesa nada la fiebre de Pokémon Go!. Es feliz con sus libros. Cuando vuelva, pero eso ya será cuando vuelva, le espera el regreso a su normalidad, a esa bendita vorágine que le ha llevado hasta la azotea de la dirección de orquesta.