Vía: www.abc.es | Por JULIO BRAVO

A primera vista, es difícil que nadie logre adivinar la profesión de Pablo Heras-Casado. Este granadino de 37 años se aleja por completo de la imagen tópica de un director de orquesta. Sin embargo, está considerado como uno de las grandes batutas de la actualidad: ya ha debutado con las más importantes orquestas del mundo, de la Royal Concertgebouw de Ámsterdam a la Filarmónica de Nueva York (es uno de los candidatos a ocupar su dirección artística) y se ha presentado en teatros como el Metropolitan Opera House neoyorquino o la Deutsche Oper de Berlín. Estos días dirige la ópera «El público» en el Teatro Real, donde es el principal director musical invitado. Y ha obtenido también notoriedad fuera de los ámbitos musicales por su relación con la presentadora vasca Anne Igartiburu. El hecho de que sea una persona famosa y sus posibles consecuencias no le influyen. «Ni siquiera es un elemento que tenga en cuenta. Yo tengo mi vida, sé lo que quiero en lo personal y en lo profesional, y llevo toda la vida sin pensar en hacer las cosas porque sean adecuadas o no. Hago lo que creo que tengo que hacer y porque ahí me lleva mi pasión. En lo profesional y en lo personal, exactamente igual. Y no me preocupa nada más».

Pablo Heras-Casado nació en Granada, el 21 de noviembre de 1977. Es hijo de un oficial de policía y de un ama de casa, y su contacto con la música comenzó allí. «En mi casa siempre había música; antes que como arte, fue para mí una manera de comunicarme y de disfrutar. Recuerdo a mi madre cantando, con la radio siempre puesta. En preescolar siempre participaba en las actividades musicales y los profesores decían que yo tenía ciertas dotes. Ya en el colegio formé parte de un corito que ensayaba y cantaba durante los recreos en la capilla del colegio».

Pasó su infancia entre Madrid, Barcelona y Granada. Y aunque asegura que la música «venía en mis genes», se ilumina su cara al hablar del sonido de su ciudad natal: «Suena y resuena… Cada estación del año tiene un color y un sonido diferente. Siendo una ciudad bastante discreta -es callada, nada escandalosa ni de fanfarrias-, suena a susurros, a ecos, a reverberación».

Aunque pasa «aproximadamente diez meses al año» fuera de España, mantiene casa en Granada, en el Albaicín, desde la que se contempla la Alhambra. «Es un privilegio poder seguir llamando a Granada ‘‘mi hogar’’, y no tengo ninguna intención de que eso cambie. Aunque para mí, mi hogar está donde me sienta a gusto y donde esté con mis seres queridos. Pero en Granada están mis raíces, y en el Albaicín me reencuentro con el silencio. Allí no se oyen más que las campanas de los conventos de alrededor. El resto es silencio».

Para un músico, el silencio es un preciado tesoro, que el ser humano no valora como debiera. «Ni siquiera lo consideramos -lamenta Pablo Heras-Casado-; y es absolutamente necesario. E igual que hay ahora conciencia sobre, por ejemplo, los espacios libres de humo o sobre la contaminación lumínica, deberíamos tener conciencia sobre la salubridad acústica, al menos en España. Hablar respetando al otro, su silencio, es algo que aquí no existe. Entras en un bar, en un tren, en cualquier lugar, y no ves ese respeto. Y a mí me gusta cómo suena España; una campana aquí no suena como en Alemania, tiene algo brillante, extrovertido. Y me gustan el jolgorio y el barullo; vengo del sur, pero cada cosa en su sitio. La comunicación, como la música, necesita del silencio».

Además de Granada y Madrid, Pablo Heras-Casado se encuentra en casa cuando está en Nueva York, donde pasa un par de meses al año. «Allí tengo una familia musical, amigos, mis sitios donde voy a comprar el pan y a tomar café… Es mi ciudad también, y mi familia viene a pasar temporadas conmigo allí». Estar fuera, sin embargo, no le cansa todavía. «Cuando lo hago es porque estoy en un proyecto importante para mí, en un proyecto que deseo hacer; no hago nada por dinero o porque haya que hacerlo, sino porque me gusta. Y el esfuerzo, enorme desde un punto de vista físico, psicológico y emocional, merece la pena».

Levantamiento de batuta
Aunque el «levantamiento de batuta» es un fenomenal ejercicio -«desde el punto de vista cardiovascular, es completísimo; los directores de orquesta suelen ser longevos», Pablo Heras-Casado procura cuidarse. Le gusta navegar y la bicicleta. «Intento cuidarme, porque ya tengo una edad; no puedo tener una rutina para ir al gimnasio o para montar en bicicleta, pero suelo salir a correr. Llevo ya un año siguiendo una rutina y me gusta mucho. Además, practico yoga siempre que puedo».

También sube todos los años al Mulhacén. «El año pasado no pude, porque tuve que anular mis vacaciones para sustituir a Boulez, pero salvo ese paréntesis sí llevo mucho haciéndolo. Las Alpujarras y el Mulhacén son, para mí, los lugares más mágicos y maravillosos de la tierra. Allí, a casi 3.500 metros, no hay ni insectos, no hay ríos ni árboles moviéndose. Allí no hay más que aire puro y silencio».