La bandera nacional acompañó música de Márquez, Beethoven y Tchaikovsky

ANA MARÍA HERNÁNDEZ G. | ENVIADA ESPECIAL/EL UNIVERSAL

Mascat.- Y las chaquetas volaron por encima del público y ante los ojos atónitos de los omaníes: probablemente la de anoche haya sido la primera experiencia sinfónica en la que los músicos se atreven a bailar lo que tocan, se desvisten y lanzan la ropa por los aires en la tradicionalista ciudad arábiga. Fue en el Royal Opera House de Mascat el escenario que volvió a recibir a la Sinfónica Simón Bolívar bajo la batuta de Gustavo Dudamel.

Gustavo Dudamel

Gustavo Dudamel

En esta oportunidad, se trató de un concierto familiar, como lo apunta la directora del teatro Christina Scheppelmann, que forma parte de la programación regular del recinto cultural para motivar el conocimiento y gusto por la música sinfónica occidental. Así, al principio del concierto, un presentador local explicó en lengua árabe el programa que iba a escucharse, a saber la Quinta Sinfonía de Beethoven, la suite del ballet Romeo y Julieta de Piotr Ilich Tchaikovsky y el Danzón No. 2 de Arturo Márquez.

Seguidamente, el director Dudamel se dirigió en inglés al público y comentó que él y su orquesta ofrecería “la más famosa obra sinfónica, la Sinfonía No. 5 de Beethoven, porque demuestra lo más poderoso de la música, porque crea la sensación de grandeza, de fortaleza y de fe”. De inmediato, pidió a la orquesta que tocaran las notas emblemáticas -el “parapapá” distintivo-, y agregó: “Solamente dos notas, y se crea esta especie de poder” y cuando se percató de que su discurso podría extenderse, dijo, “que sea la música la que hable, desde la primera a la última nota, disfruten estas joyas”.

Comenzó el concierto, con las notas robustas, seguras y enérgicas de Beethoven; a lo que le siguió el lirismo apasionado de la pieza de Tchaikovsky. Salió el director del escenario, aplaudido con entusiasmo, pero sin el regocijo que suele suscitar, acaso porque el público se esperaba el lomito latino que los muchachos del Sistema les reservan al final a los asistentes.

Y así fue. Primero sonó un estupendo Danzón No. 2 del mexicano Arturo Márquez, una obra fascinante, repleta de detalles y sonoridades tropicales, cadencias latinas y el uso de una percusión distintiva de su estética, amén de los colores que le aporta el piano, esta vez interpretado por la solista Vilma Sánchez, quien lució un traje dishdasha tradicional omaní de riguroso negro, sin el velo porque no profesa la religión musulmana y tampoco es el ámbito apropiado para el uso de esa prenda en una dama.

Los ritmos de Márquez le movieron las fibras al público, dentro del cual había venezolanos residentes en estas zonas, así como panameños y españoles, además de personas europeas y norteamericanas; aunque los locales también figuraron sin ser precisamente los que predominaban.

Al finalizar esta obra, y mientras el público continuaba de pie ofreciendo bravos y aplausos, súbitamente se apagaron las luces. Estupor. Nadie o pocos sabía realmente lo que ocurría. Luego de unos 20 segundos, al encenderse las luces, varios músicos fueron pillados mientras terminaban de ajustarse sus chaquetas tricolores.

Salió Dudamel también revestido con la enseña nacional, y los aplausos y vítores se incrementaron. Entonces comenzó a sonar el Mambo de Leonard Bernstein, luego el Malambo de Alberto Ginastera. Hubo coreografías que hicieron las delicias de muchos de los presentes, aunque había quien no terminaba de explicarse por qué los ejecutantes hacían aquello. Seguidamente Dudamel pidió a sus muchachos que hicieran la selección de la noche anterior, Pajarillo y Alma Llanera, para lo que se incorporó el maraquero Edgardo Jair Acosta.

Allí sí se enardecieron los ánimos, porque el director volvió a pedirle a la audiencia que cantara el segundo himno venezolano, y al culminar, fue el momento esperado en el cual las chaquetas volaron por el espacio del auditorio omaní.

Para mañana en la noche, la Sinfónica Simón Bolívar debutará en Abu Dhabi, capital de Emiratos Árabes Unidos, donde ofrecerá música de Tchaikovsky y Beethoven, en el marco del festival musical que organiza ese emirato en particular. En esa ciudad, el maestro José Antonio Abreu espera realizar contactos para expandir el proyecto orquestal juvenil por esas zonas, en las cuales si bien no existen niños en situación de riesgo delincuencial por drogas o pobreza crítica, es necesario el fomento del gusto por la música sinfónica, tanto desde el punto de vista de los ejecutantes como de los oyentes. Con ese concierto finalizará esta gira.