Vía: elpais.com/

Sentada en un sillón de su casa Montserrat Caballé asegura que no quiere oír hablar de retirada. Tras pasar por quirófano dos veces en dos años, la soprano, de 81 años, afirma que piensa morirse en los escenarios

De sus problemas con hacienda no quiere hablar, pero sí recuerda sus inicios, y a quien le dijo a los 21 años que no tenía carácter para la ópera

Montserrat Caballé ha vivido con ilusión, agradecimiento y emoción el homenaje que el Teatro Real de Madrid le dedicó el martes, pero también con cierto agobio. “El público fue muy general y al final, todos quieren saludarte y contarte su relación conmigo y a mí, cuando vienen así, en procesión, me agobia mucho no poder dedicarles el tiempo que merecen”, dice con la mejor de sus sonrisas. En el salón de su casa de Barcelona, descansada y tranquila, transmite un contagioso optimismo vital. Tiene tanta pasión por la música que no quiere ni oír hablar del adiós. “No pienso retirarme nunca”, dice con una convicción que no deja ni un resquicio a la duda. En la entrevista que Gemma Nierga le hizo en el programa Hoy por hoy de la Cadena Ser al día siguiente del homenaje, quedó flotando en el ambiente la sensación de que, quizás, planeaba una retirada inminente. “Cuando uno está en el ocaso de su vida, como yo que tengo 81 años, camino de 82, esta es la edad en la que más o menos todos emprendemos el largo viaje, y supongo que un día u otro me tocará. […] Tal vez sí ha llegado el momento de poder descansar”, unas palabras que decía en el programa e impresionaron a los oyentes. Nada más lejos de la realidad.

“Es que sus preguntas, que eran muy bonitas, eran muy pesimistas, como de un adiós y yo dije, pues, bueno, tengo 81 años, como no sea una de esas personas que llegan a los 100, cuando me toque me tocará. No puedes pensar que estás en la flor de la vida con 81 años. Pero una retirada, de forma premeditada… ni hablar, no entra ni en mis planes ni en mi forma de vivir. Hablar de retirada es como hablar de cerrar una vida. Y yo pienso morirme en los escenarios”, afirma con desbordante optimismo.

Asegura que ni quiere ni puede vivir sin la música, sin la energía del escenario, sin el contacto con el público. “De verdad, es que no me imagino aquí sentada en un sillón dedicándome a ver la televisión o a hacer calceta”, dice entre risas. Cuenta que ve muy poca televisión: “Hay mucha crítica, mucha información, pero busco programas que me expliquen cosas, bien sea de historia, de la naturaleza, del universo, de la vida de los animales, pero la verdad es que no hay muchos. Eso sí, procuro no perderme un buen partido de fútbol, en especial si juegan los tres buenos, el Barça, el Real Madrid y el Atlético”. Y sobre la posibilidad de acudir a algún programa del corazón —ha recibido alguna que otra invitación— responde con mucha diplomacia: “Es que no tengo tiempo”.

La diva catalana está de muy buen humor —“es que el miércoles, durante la entrevista por radio, tenía tos, hacía frío y no me encontraba muy bien”— y sus ojos se iluminan cuando habla de música, su pasión y su vida. De hecho, está planificando los detalles de su inminente gira europea, un recital lírico en el que compartirá escenario con su hija, la soprano Montserrat Martí, y el tenor Jordi Galán, acompañados al piano por Ricardo Estrada. La nueva aventura se iniciará el 13 de enero en el Teatro Arriaga de Bilbao y a lo largo del 2015 incluirá citas en muchas ciudades europeas. “Me hace mucha ilusión cantar en el Teatro Arriaga, porque mis problemas de salud me obligaron a cancelar mi actuación dos veces en los dos últimos años”, comenta. “Me encuentro mejor, pero la movilidad [sufrió dos operaciones muy delicadas en los dos últimos años] va muy lenta, debo esforzarme un poco más para poder ser autónoma”. En los últimos meses también ha sido imputada por haber defraudado al erario público más de medio millón de euros. La artista dijo que vivía en Andorra en 2010 para eludir el pago de impuestos. “De eso no quiero hablar. El proceso sigue su curso”, es lo único que apunta sobre el asunto.

Caballé es una de las pocas divas en activo que ha entrado en la historia de la ópera, y eso lo reconocen hasta sus más furibundos detractores, que llevan años vaticinando su final como cantante. Tendrán que seguir esperando unos años más, porque la soprano, que debutó profesionalmente en 1956, piensa seguir en la brecha. “Los recuerdos son bonitos, pero prefiero mirar al futuro con optimismo, lo que importa es el hoy y el mañana. Si no puedo cantar una obra, busco otra, porque llevo muchos años sacando del olvido partituras maravillosas que después se han quedado en el repertorio de muchos cantantes”.

No le faltan ganas ni tesón, porque desde muy joven el espíritu de lucha y el amor por el trabajo bien hecho forman parte de su actitud personal ante la vida. Recuerda bien su primera actuación en el Liceo, el 7 de enero de 1962, cuando protagonizó el estreno en España de Arabella, de Richard Strauss. No era una novata, ya llevaba seis años de dura carrera profesional en Basilea (Suiza) y Bremen (Alemania). Han pasado 52 años desde ese debut en el teatro de su ciudad y en casi seis décadas de carrera ha ofrecido alrededor de 4.000 actuaciones.

Se la ve como una leyenda viva de la historia de la ópera, pero ella lo ve desde otra perspectiva. “No me considero una leyenda de la ópera, ni tampoco la última diva, como a veces escriben los periodistas.Cada época tiene sus divos y en mi caso lo único que he hecho es hacer bien mi trabajo, lo mejor posible, al más alto nivel”.

Mucho ha cambiado el mundo de la ópera en las últimas décadas, y cada vez aparecen más divos prefabricados por la industria del disco que apenas duran dos o tres temporadas, son divos de usar y tirar. “A nosotros, los de la vieja guardia, nos sorprende mucho que hoy en día no se ame al compositor y a la creación que ha hecho, porque gracias a él estás en un escenario. Hay quien prefiere el lucimiento personal, o solo piensa en el éxito propio. Mucha gente va al teatro no a ver La bohème de Puccini, sino a ver determinado cantante haciendo esa ópera, y te hablan de la voz, de la puesta en escena, pero no de Puccini, que es el verdadero genio, el que hace posible que tú cantes una música maravillosa. Y lo que no tienes que hacer es traicionarlo y transmitir lo mejor posible el mensaje escrito en la partitura”.

Caballé sabe por propia experiencia lo traumática que puede ser una descalificación total sobre las posibilidades de una voz. Recuerda como si fuera ayer mismo el día en que un célebre agente artístico le dijo tras una audición en Roma que no servía para cantar ópera y que lo mejor que podía hacer era volver a España, casarse y tener hijos. “Me lo dijo así mismo. Yo era muy joven, tenía 21 años, era muy tímida y tras la audición en Roma me dijo: ‘Mire tiene usted un sonido muy hermoso y seguramente canta muy bien, pero no tiene carácter para estar en el mundo de la ópera’. Me lo dijo así mismo. Es más, me dijo: ‘Tiene que irse a España, casarse y tener hijos, usted puede ser una mamá perfecta’. Vamos, que el hombre no me dio malos consejos, reconozco que eran buenos consejos por la impresión que le di a ese señor. Por suerte, yo continué y años más tarde nos volvimos a ver y me pidió que nunca dijese su nombre”. Desde luego, no pasará a la historia ese agente artístico por sus dotes visionarias, Caballé es uno de esos fenómenos que se producen en la historia de la ópera muy de tarde en tarde.

Ha compartido escenario con grandes artistas, y reconoce que hay tres tenores con los que se ha producido una química especial: Pavarotti, Plácido Domingo y Carreras. “Cuando cantaba Manon Lescaut con Plácido Domingo, que estaba maravilloso, él me decía que descubría un nuevo mundo cantando conmigo y a mí me sucedía lo mismo. Con José Carreras he tenido una relación muy especial, nos quedábamos embelesados escuchándonos mutuamente. Y con Luciano Pavarotti, es que era como un padre”.