Vía: La Nación.com.ar |Por Pablo Gianera

El director letón se presentará en el Teatro Colón al frente de la Royal Concertgebouw Orchestra, la prestigiosa agrupación de Ámsterdam que, invitada por el Mozarteum Argentino, actuará por tercera vez en el país

Mariss Jansons PHOTO: MARCO BORGGREVE

Mariss Jansons PHOTO: MARCO BORGGREVE

Una de las anécdotas más espectaculares en la singular vida del director letón Mariss Jansons sucedió en 1996, mientras dirigía la Orquesta Filarmónica de Oslo. Hacia el final de La bohème cayó fulminado por un ataque cardíaco. Quienes lo vieron cuentan que nunca, ni siquiera en el umbral del desmayo, su mano derecha dejó de marcar el tempo con precisión. Pero no es una historia que a Jansons le guste demasiado recordar, tal vez porque su padre, también director y también cardiópata, murió en el podio. Además, lo esperaban tiempos mejores.

En 2004, Jansons tomó la dirección de la Royal Concertgebouw Orchestra, verosímilmente una de las tres o cuatro mejores orquestas del mundo, en reemplazo de Riccardo Chailly, y se inscribió así en una genealogía que incluye como nombre tutelar a Bernard Haitink, con quien la orquesta holandesa tocó por primera vez en Argentina, en 1971. En esta tercera visita, la agrupación, invitada una vez más por el Mozarteum Argentino, hará un programa doble: por un lado, la obertura de La fierecilla domada de Johan Wagenaar, Rapsodia sobre un tema de Paganini, op. 43 de Sergei Rachmaninov (con Denis Matsuev como solista) y la Sinfonía n° 5 de Tchaikovski; por el otro, la Sinfonía n° 1 de Gustav Mahler.

-¿Cuál diría que es la diferencia de la Royal Concertgebouw Orchestra si se la compara con otras orquestas? ¿Qué es lo que la hace tan particular?

-La música que hacemos. Nuestra orquesta tiene un sonido de una belleza muy específica, muy transparente, de alta calidad, y un arco de repertorio que va del barroco a la música contemporánea. Los instrumentistas de la orquesta tocan muy bien en todos los estilos. Por ejemplo, son muy buenos en la música francesa, que es particularmente difícil y que no todos logran dominar en esta época. Esto sin contar, claro, la maravillosa sala que es el lugar de residencia de la orquesta y la tradición interpretativa de las obras de Mahler, Bruckner y Strauss, aunque, como dije, la orquesta lleva en la sangre un repertorio amplísimo.

-¿Por qué resulta tan arduo el repertorio francés?

-No es sencillo explicarlo. En principio, porque la música francesa suele ser muy delicada, muy singular. Hay que aprender a tener una relación con ese sonido y esa atmósfera. Actualmente, la mayoría de las orquestas son virtuosas, brillantes, pero esa delicadeza no siempre logra abrirse pase en el poderío de las orquestas.

-En la actuación en el Teatro Colón dirigirá Mahler. Su contemporáneo Richard Strauss es una de sus especialidades. ¿Qué conexiones encuentra entre ambos?

-Son compositores completamente distintos. Por supuesto, Mahler, como Strauss, demandaba orquestas muy nutridas. Pero Mahler está más conectado con el mundo de la canción; de hecho, no escribió más que sinfonías y canciones. Strauss, en cambio, se dedicó sobre todo a la ópera y al poema sinfónico. Desde luego, ambos se inscriben en el romanticismo tardío, pero aun así usan de manera diferente la orquesta.

-Antes de hacerse cargo de la orquesta del Concertgebouw, usted transformó casi desde cero la Oslo Philarmonic. ¿Qué importancia tuvo esa tarea para su carrera como director?

-Fue extremadamente importante. Yo era joven y resultó una experiencia decisiva. Para los directores es fundamental estar en algún momento al frente de una orquesta propia. Cuando uno tiene una orquesta propia, puede preparar el repertorio que quiere. Ése fue mi caso. Hicimos mucho repertorio básico y varias giras y grabaciones. Fue como una especie de laboratorio. Y, por otro lado, el éxito de la orquesta me dio energía y satisfacciones.

-Su padre fue también director. ¿Ejerció alguna influencia sobre usted?

-Una influencia enorme. Cuando se crece en una familia de directores, las influencias se sienten en todo: en el pensamiento, en los conocimientos. Yo participaba de los ensayos, de los conciertos, de las masterclasses. Todos los días podía preguntarle a mi padre algo sobre el arte de la dirección o sobre el trabajo de tal o cual director. Desde muy chico, estuve al tanto de una cantidad de cosas que suceden entre bambalinas, detrás de escena; momentos psicológicos típicos de la dirección de una orquesta. Criarme en esa atmósfera fue una escuela irremplazable.

-Otra figura influyente en su vida fue Herbert von Karajan, con quien trabajó en Salzburgo. ¿Qué recuerdos tiene de él?

-Tenía una personalidad colosal, con una inusual amplitud de ideas y una invencible capacidad para llevarlas a la práctica. Y su repertorio. Me atrevería a decir que dirigió casi todo. Además ponía en escena óperas y apoyó a cantantes e intérpretes jóvenes. Tenía un pensamiento musical de alto vuelo. Es sin duda uno de mis directores preferidos.

-Igual que Karajan, usted amó la ópera toda la vida. Últimamente, el género parece haber revivido. ¿A qué atribuye esta resurrección?

-Sí, así como me crié al lado de un director también me crié en contacto con la ópera. Siempre encontré un particular placer en la ópera. Es un arte maravilloso y su supervivencia se explica por la especie de síntesis que hay en ella: música, texto, puesta en escena. Las posibilidades de producción son gigantescas y ningún otro arte permite combinar orquestas, solistas, escenografías, coros. De algo estoy seguro: la ópera nunca morirá.