Se cumplen 60 años del disco que cambió el curso del jazz. Cómo el genio de Miles Davis gestó un álbum que no ha perdido vigencia


Enrique Alberto Fraga  | www.lanacion.com.ar

Dos de marzo de 2019. Desde un barrio en Nueva York, pasadas las 20, el hombre interrumpe su descanso, su programa televisivo y contesta un llamado telefónico a 8500 kilómetros de distancia. «Es el mismo que llamó hace un rato», le dicen. Toma el celular; saluda cordialmente, al tiempo que el chirriante sonido del televisor se disipa. «60 años… Es mucho tiempo», dice Jimmy Cobb, el único miembro vivo del sexteto de Miles Davis que grabó Kind of Blue, el disco más famoso de la historia del jazz. «¿Que si todavía escucho el álbum? Sí, todo el tiempo. y, ¿sabés? Siento exactamente lo mismo que la primera vez: escucho esas melodías, todos esos temas y siempre termino con la misma sensación, la de querer oír más».

El lunes dos de marzo de 1959, en los estudios de Columbia, ubicados en la calle 30 de Nueva York, comenzó la grabación de una de las mayores obras de arte de la música. Fue la primera de dos sesiones; la segunda se realizó en abril siguiente, en la que bajo la dirección del joven pero ya icónico trompetista Miles Davis se reunieron los saxofonistas John Coltrane y Cannonball Adderley, los pianistas Bill Evans y Wynton Kelly, junto con el contrabajista Paul Chambers y el baterista Jimmy Cobb en la base rítmica, para dejar plasmado un trabajo que apostó, quizás involuntariamente, a contradecir los estilos de aquella música practicados hasta la fecha y renovar así su lenguaje. Jimmy Cobb, que en diálogo telefónico con LA NACION revista recuerda el desafío que significó grabar aquella placa, no se imaginó que esa formación del trompetista estaba registrando un disco legendario. «Realmente no me di cuenta de que iba a ser tan bueno. Luego fue ganando premios todos los años… Entonces fue cuando tomé conciencia de que era algo especial».

 

¿Por qué Kind of Blue, 60 años después de su grabación, sigue siendo un disco paradigmático en el mundo del jazz? ¿Qué hacen de sus tan solo cinco composiciones de poco más de 36 minutos un modelo de referencia para músicos profesionales o aspirantes del género jazzístico? ¿Puede explicarse el magnetismo que genera en los miles de melómanos que lo adoran? Aquella expresión de genialidad no fue casual. Algo estaba sucediendo con el jazz a fines de la década del 50. La prematura muerte de ídolos como Charlie Parker o Billie Holiday no permitía presagiar la primavera que estaba por vivir el género: solo en 1959 fueron también grabados Sketches of Spain, de Miles Davis; Time Out, de Dave Brubeck, con su eterno «Take Five»; y Mingus Ah Um, de Charles Mingus, por mencionar algunas placas inolvidables. Pero Kind of Blue ha trascendido por su entonces explosión de ventas y su constante vigencia a través de las generaciones de músicos y del público en general. En tiempos de streaming, solo en Spotify sus temas acumulan más de 150 millones de reproducciones.

«¿Con qué frecuencia un grupo de jóvenes músicos, a punto de convertirse en íconos de su tiempo, se unen a la banda de un líder y visionario audaz?, reflexiona en diálogo con LA NACION revista, el saxofonista Chad Eby, que integra el Programa de Estudios de Jazz dedicado al análisis de la obra de Miles Davis en la Universidad de Greensboro, Estados Unidos. «No se puede planificar eso. No podés decir: ‘Voy a contratar a esta persona, a esta otra y aquella y, dentro de cinco años, todos serán vistos como los mejores en su campo’. Realmente no se puede predecir eso».

Kind of Blue, la obra cumbre

«Es el álbum de jazz más vendido de todos los tiempos por grandes razones. En primer lugar, es una hermosa combinación de legendarios músicos del jazz. Todos ellos tocan a un nivel muy alto», explica Steve Nixon, director del sitio freejazzlessons.com. «El disco tiene solos, ritmos y acompañamientos icónicos. En segundo lugar, las composiciones son todas fantásticas: hay grandes melodías y notables cambios de acordes», agrega.

«Es un punto de entrada para entender el jazz moderno. Es un disco muy influyente, no solamente para el jazz, sino para la música popular en general», considera Juan Cruz de Urquiza, trompetista clave de la escena jazzística porteña. «Hay en Kind of Blue elementos, como secciones con un solo acorde, que en la música popular hoy se escuchan un montón, incluso en el rock. Creo que su aceptación tan amplia en la historia del jazz se debe en gran medida por las bellas composiciones, las grandes performances, por lo espontáneo que resulta y por la sonoridad especial y los climas que logra», completa.

UN TRABAJO ESPONTÁNEO Y MODAL

Los jóvenes músicos de jazz deberían aprender de esta lección de simplicidad y espontaneidad

«Es importante recordar que la música de Kind of Blue casi no fue ensayada. En el siglo XXI muchos jóvenes compositores de jazz hacen cosas extremadamente complejas que requieren horas y horas de ensayo», reflexiona Eby, y va más allá: «Los jóvenes músicos de jazz deberían aprender de esta lección de simplicidad y espontaneidad«. Es que la espontaneidad fue un objetivo de Miles Davis en la confección del disco; si bien es cierto que el arte de crear sonidos al azar y de forma improvisada ha sido siempre la esencia del jazz, en esta oportunidad tomó características inéditas. «No escribí la música de Kind of Blue, sino que aporté esquemas de lo que cada cual se suponía que tocaría, porque quería mucha espontaneidad en la interpretación. Todo se hizo a la primera toma (…)», contó Miles Davis en su autobiografía.

Esa misma versión es la que ofreció Bill Evans en Improvisación en el Jazz, el breve ensayo incluido en la contratapa del disco, en el que compara el trabajo realizado con la suibokuga, técnica de pintura japonesa en la que el artista es obligado a ser espontáneo: «Los dibujos así obtenidos carecen de la complejidad compositiva y las texturas de la pintura tradicional, pero se dice que aquellos que los ven descubren algo que escapa a toda explicación», afirma el autor de Waltz for Debby, mientras brinda un resumen del espíritu que rodeó al equipo de Miles Davis y su involucramiento intelectual durante aquellas dos jornadas de grabación.

Kind of Blue, la obra cumbre

El 2 de marzo de 1959, en los estudios de Columbia, en la calle 30 de Nueva York, comenzó la grabación. La segunda sesión se realizó el 22 de abril. El productor fue Irving Townsend Miles Davis, que por influencia de Bill Evans venía explorando la música del compositor soviético Aram Khachaturian, luego confesó que su objetivo fue emular la mística de la interacción entre bailarines, tambores y el sonido de la kalimba del Ballet Africain de Guinea. Fue así que muchos consideran que con Kind of Blue el trompetista inauguró una etapa nueva en la historia de la música: el jazz modal.

Aunque ya había trabajado en esa dirección en temas como «Milestones» o en los arreglos que Gil Evans le preparó para el disco Porgy and Bess, fue aquí que encolumnó su línea compositiva a esta tradición musical que se basaba en el libre juego de aquellas escalas nombradas antiguamente por los griegos (jónica, dórica, frigia, etc.) en lugar de utilizar estructuras armónicas más convencionales para la época.

Es que el lenguaje musical de Kind of Blue fue muy diferente de lo que se venía planteando. «Si el bebop tenía un carácter muy explosivo, con mucha actividad y virtuosismo, esto es lo opuesto. Son mesetas sonoras en las que los solistas van construyendo melodías, en donde hay una atmósfera específica, más espaciosa y en donde los silencios tienen un rol más preponderante», explica Juan Cruz de Urquiza.

El bebop, aquel estilo en el que brillaron Charlie Parker y Dizzy Gillespie, y en el que se inició Miles Davis, se caracterizaba por la sucesión vertiginosa de múltiples acordes que reposaban en un mismo eje tonal. Por ejemplo, «Anthropology», el clásico de Parker, en sus primeros seis compases el músico debe improvisar en doce acordes distintos. «En cambio, en «So what», [ el tema que abre Kind of Blue] tenés 16 compases solo de Re menor y después ocho de Mi bemol menor. Eso es muy diferente de lo que venía pasando», detalla Urquiza.

Kind of Blue, la obra cumbre

«No escribí la música de Kind of Blue, sino que aporté esquemas de lo que cada cual se suponía que tocaría, porque quería mucha espontaneidad en la interpretación. Todo se hizo a la primera toma», contó Miles Davis en su autobiografía

UN SANTUARIO EN PALERMO

Si existe un espacio que venera a Miles Davis y a Kind of Blue en Buenos Aires, ese lugar es el departamento en Palermo de Néstor Astarita, mítico baterista de jazz argentino y fundador del recordado pub Jazz & Pop, que, con 50 años de profesión en el universo del swing, no duda en afirmar que el trompetista y aquella placa fueron sus máximas influencias musicales.

«Fue en los 60. Veníamos de tocar del club Jamaica. A eso de las cuatro de la mañana nos fuimos a tomar mate lo de Gato Barbieri, a su departamento de Constitución. Ahí nos hizo escuchar Kind of Blue. Yo tocaba estilo «dixieland» con The Georgians Jazz Band, así que la primera vez que escuché «So What» me sacó la cabeza», contó Astarita en su estudio, en donde cuelga un vinilo enmarcado en un monumental cuadro junto a imágenes de Davis, Evans, Gato Barbieri y una dedicatoria de Jimmy Cobb, baterista consagrado por esa pieza maestra.

«Da la sensación de que todos los músicos nacieron para tocar en ese disco; de que Coltrane tocó aquí como no tocó nunca; Cannonball, Bill Evans, Wynton Kelly. Por eso fue tan representativo y marcó a varias generaciones», reflexiona el baterista, y confiesa haber empezado a estudiar trompeta con sordina por inspiración de Miles Davis. «Me gusta escucharlo más cuando voy a tocar, me pone en un clima muy particular. Me conecta con esa música que al margen del jazz es muy especial. ¿Qué me gusta más del disco? Los silencios que produce. Miles es el sonido del silencio».

SIMPLEZA Y PROFUNDIDAD

Varios músicos consultados coinciden en definir a Kind of Blue como un disco en el que la combinación de simpleza y profundidad estética de las composiciones lograron acercar al jazz a públicos no especializados.

«Para el oyente promedio, la música es accesible y fácil de escuchar -afirma Steve Nixon-. ‘So What’ es una melodía que solo presenta dos acordes, simple y pegadiza; ‘Freddie Freeloader’ es un blues, o sea una música con la que todos pueden relacionarse. Además, los solos aquí son realmente cantables».

«Me gustan mucho todos los temas. Si tengo que elegir, me gusta mucho ‘Blue in Green’, que se sabe su autor fue Bill Evans. Pero ‘All Blues’ es muy especial, ya que está construido sobre un ostinato de bajo. Como propuesta de orquestación crea un clima muy especial -explica Urquiza-. ‘Flamenco Sketches’ tiene toda su melodía improvisada. Es increíble lo que sucede ahí».

Para Astarita, hay discos que forjan una época. «Este, de la suya, fue de los más importantes. Miles logró una atmósfera magistral», opina el baterista, que considera que todos los temas son preponderantes. «Es muy difícil que un músico pueda lograr que en todo el disco haya el mismo clima. Por más que tienen distintos ritmos, es como que todo el disco tiene un idioma».

Esta sencillez, no exenta de delicadeza, hace del disco una referencia para iniciarse en el mundo del jazz, como músico y como aficionado. «En las jams es común que toquen algún tema del disco, pero para mí no los hacen bien. Es un disco difícil de encarar», advierte Fermín Carpena, joven guitarrista y estudiante de la carrera de jazz del conservatorio Manuel de Falla.

«Siempre les digo a mis alumnos que Kind of Blue es un disco fácil desde lo técnico, ya que tiene pocos acordes, pero a la vez esconde unos desafíos estéticos y estilísticos enormes», dice Juan Cruz de Urquiza, que en 2009, junto con el recordado Quinteto Urbano, realizó un ciclo dedicado a interpretar completamente esta obra. «Fue un desafío. Éramos todos músicos súper experimentados en el lenguaje del jazz, pero cuando empezamos a tocarlo no sonaba bien. Hubo que encontrarle la vuelta».

UNA CLASE DE TRISTEZA

El nombre del álbum, Kind of Blue, cuya traducción bien podría ser Un tipo de tristeza, era una frase típica de Miles Davis, según escribió el periodista Ashley Kahn, autor del libro Kind of Blue, la creación de una obra maestra. También escondía un doble sentido. Jugaba con las reminiscencias al blues en temas como «Freddie Freeloader» y «All Blues», así como con la melancolía y tristeza general que transmite la obra. Su biógrafo, Quincy Troupe, lo vincula con una memoria de la infancia referida a las cantantes de gospel de Arkansas y a la tristeza que le inspiraba la sufrida vida de la población afroamericana.

¿Quedó satisfecho Miles Davis con el resultado final de Kind of Blue? Pese a haber sido un éxito y una influencia para varias generaciones, Davis confesó años después no haber logrado su propósito de imitar la atmósfera y sonido del aquel ballet africaine. «Cuando digo a la gente que no conseguí lo que me proponía con Kind of Blue, que fallé en mi intento de incorporar el sonido exacto de la kalimba africana, todos me miran como si estuviera loco», afirmó el trompetista en su autobiografía. «Me replican que aquel disco fue una obra maestra (a mí también me gustó), y piensan simplemente que trato de tomarles el pelo». Kind of Blue finaliza con «Flamenco Sketches», sin duda un puente al posterior disco Sketches of Spain, que le valió la crítica por forzar los límites de su música.

Lo cierto es que esta constante exploración en nuevos rumbos marcó en Miles Davis su trayectoria: bebop, cool jazz, jazz modal, música española, rock, pop y hasta un disco póstumo con pistas y loops ligados al rap y al hip hop, pueden confirmar aquella disconformidad y exigencia del artista, que lo retratan como un empedernido buscador de atmósferas y sonidos a lo largo del siglo XX.