Entrevista a Javier Perianes pianista, ha inaugurado la temporada de ibermusica con la filarmónica de Viena

Vía: www.ahorasemanal.es | Por BENJAMÍN G. ROSADO

Lleva Javier Perianes (Huelva, 1978) más de una década acaparando titulares de prensa, pero ha sido en los últimos meses cuando ha terminado de consagrarse como uno de los grandes pianistas del momento. No lo han decidido los críticos, sino los músicos de las orquestas que lo han invitado a tocar esta temporada: intervendrá en varios conciertos con las sinfónicas de Boston y Chicago, se estrenará este verano con la Filarmónica de Nueva York y la Orquesta de Cleveland y prepara nuevas grabaciones de Bartók —junto a la Filarmónica de Múnich y Pablo Heras-Casado— y Ravel —con la Orquesta de París y Josep Pons—.

El cierre de los colegios electorales y los primeros sondeos de la tarde no impidieron que el domingo 26 una multitud acudiera a la inauguración de la temporada de la Fundación Ibermúsica en el Auditorio Nacional de Madrid para presenciar el debut de Perianes junto a la Filarmónica de Viena y al maestro Andrés Orozco-Estrada. Sobre los atriles, las Danzas de Galanta de Kodály, las Danzas sinfónicas de Rajmáninov y unConcierto para piano y orquesta n°4 de Beethoven como prueba irrefutable de la sensibilidad y madurez interpretativa del pianista onubense.

¿Cómo fue la experiencia con la Filarmónica de Viena?
Al principio puede resultar intimidante, pero mentiría si dijera que no me sentí realmente cómodo y tranquilo. Es una orquesta con muchísima tradición y personalidad, de las pocas que todavía se pueden reconocer cuando se escuchan por la radio. Debutar con la Filarmónica de Viena con un concierto como elCuarto de Beethoven supuso un doble privilegio. Por la indiscutible calidad de los músicos y por su vínculo histórico con el legado beethoveniano.

Más que en un auditorio lleno, parecía estar tocando en el salón de su casa. ¿Quiso reivindicar el espíritu camerístico de la partitura? 
Para mí el Cuarto es el más íntimo y poético de la serie de conciertos de Beethoven, poco que ver en su expresión con el Tercero o el Emperador. Llevo más de 15 años tocándolo y en cada acometida descubro nuevas cotas de inspiración y profundidad en la partitura, como si ese sublime techo con que Beethoven se refería al cielo estuviera un poco más cerca.

Se lo rifan las orquestas, se codea con los grandes maestros y algún crítico ha llegado a compararlo con el mismísimo Arthur Rubinstein. ¿Cómo se ve usted?
Cuando echo la vista atrás y me veo a mí mismo sustituyendo a Alicia de Larrocha con 17 años, recibiendo los primeros aplausos en el Carnegie Hall de Nueva York, debutando en Lucerna de la mano de Zubin Mehta o recogiendo el premio Nacional de Música me sigo reconociendo en todas y cada una de las fotografías. Quiero decir que he aprendido mucho, pero que en realidad no he cambiado tanto. Sigo siendo el mismo currante de siempre.

Tengo entendido que antes de la música le tentó el periodismo.
Dicen que soy buen comunicador. Y me gusta mucho el periodismo, sobre todo el deportivo. Pero la vida me ha llevado por otros derroteros.

¿Imaginaban sus padres que llegaría tan lejos cuando accedieron a comprarle un piano de pared?
Sospecho que no… (risas). No fui lo que se dice un niño prodigio, sino más bien un chaval travieso y algo hiperactivo. A los 8 años me apuntaron a la banda de mi pueblo para ver si me cansaba un poco. Empecé por el requinto con la intención de tocar el clarinete. Pero en un momento dado mi tía medió para que me compraran un piano. Por eso siempre digo que en mi carrera ha habido más casualidad que causalidad.

Como cuando Alfonso Aijón, presidente y fundador de Ibermúsica, le invitó a su primer concierto en Madrid y, una vez comprobado su talento, le puso en contacto con Daniel Barenboim y Zubin Mehta para proyectar su carrera.
Aijón ha obrado el gran milagro musical español que es Ibermúsica. No  solo ha permitido que el público madrileño se haya familiarizado con el sonido de las grandes orquestas, directores y solistas, sino que también ha financiado de su propio bolsillo la carrera de músicos españoles que hoy están triunfando en todo el mundo.

El propio Aijón ha llegado a insinuar que el formato tradicional de concierto toca a su fin. ¿Está de acuerdo con él?
Supongo que los tiempos van cambiando y que ciertas fórmulas que ahora consideramos tradicionales irán dando paso a otras nuevas cuyo resultado se podrá valorar con el paso de los años. Todo se andará. Lo importante es que la gente siga llenando las salas.

El pasado febrero demostró unos nervios de acero cuando el gerente de la Royal Concertgebouw de Ámsterdam lo convocó en el auditorio madrileño para sustituir a un convaleciente Jean-Yves Thibaudet. ¿Sabía en lo que se metía cuando aceptó el reto?
En realidad no. Me llamaron por teléfono para que tocara el concierto Emperador de Beethoven esa misma tarde, con apenas media hora de ensayo antes del concierto. Afortunadamente todo salió bien y el público quedó muy satisfecho con el trabajo que realizamos, pero recuerdo que cuando volví al camerino me temblaba todo el cuerpo. Solo entonces fui consciente del riesgo que había asumido.

Mientras unos le insisten para que grabe de una vez la ‘Iberia’ de Albéniz, otros le previenen sobre los peligros de ciertas partituras, incluida la del ‘Cuarto’ de Beethoven. ¿Cree que existe un repertorio para cada edad?
No considero que haya una evolución musical en grados de madurez. La respuesta, en cualquier caso, está en el trabajo diario. Cada nuevo proyecto ha sido el resultado de una búsqueda tranquila con criterios absolutamente artísticos. No hay que dejarse distraer por los elogios porque la música es una carrera de fondo, un aprendizaje constante y un pulso con uno mismo a través de los años y las experiencias. En ese sentido, siempre he tenido claro que no hay mejor receta musical que la humildad.