Vía: www.culturamas.es/ Por Silvia Pato
Agradecidos con Maria Elisa Flushing por enviar tan interesante artículo
No es frecuente que al filósofo y filólogo alemán Friedrich Wilhelm Nietzsche (1844-1900) se le relacione con la música, al menos que se haga referencia al trato que le unía con Richard Wagner, a quien conoció en 1868. El autor y profesor de filosofía frecuentaba el hogar de los Wagner, donde también mantenía una grata amistad con la esposa de su amigo, Cósima, hija ilegítima de Franz Liszt. Tal era así que en 1870 le regaló a esta el manuscrito de la primera versión de El origen de la tragedia.

El amor por la música del filósofo siempre había sido una constante. De hecho, en una de sus citas más famosas afirmaba: «Sin la música, la vida sería un error». Además, por su parte, también componía obras como el «Himno a la Amistad» y el «Himno a la soledad».

Sin embargo, la amistad de Wagner y Nietzsche se vería truncada en 1878. La brecha entre ambos se evidenciaba con la composición de Parsifal, creada como una obra para el Viernes Santo más que como una ópera, hecho que ofendía sobremanera al filósofo. Además, el chovinismo y antisemitismo del músico excedían lo que Niezsche podía tolerar.

Desde entonces, su producción literaria se incrementaría, al tiempo que continuaba componiendo numerosos lied, como «Oración a la vida» (1882).

Tras la muerte de Wagner, el filósofo aglutinó sus críticas en dos obras: El caso Wagner y Nietzsche contra Wagner, fechados ambos en 1888. Como contraposición, ya había encontrado un nuevo estilo y un nuevo autor: Bizet, considerando Carmen la obra cuya luz, sensualidad e inmediatez nos salva.

En 1889, el filósofo sufrió un colapso mental del que se desconocen las circunstancias. Por aquellas fechas, escribió cartas donde se apreciaba la demencia que ya padecía. Se cuenta que, ya demente, se sentaba al piano para tocar las sonatas de Beethoven, y en 1900, último año de su vida, entre la locura y la parálisis, la música era el único signo externo que le hacía reaccionar.