Para adultos mayores. Favorece la conexión con el entorno, el ejercicio de la memoria y la activación de recuerdos, deseos, problemáticas, duelos y sentimientos

Vía: www.lavoz.com.ar/ Por Romina Martoglio

La vejez constituye una etapa de la vida que suscita una gran cantidad de cambios fisiológicos, anatómicos, psicológicos y sociales, y conlleva una reducción sustancial de la capacidad funcional de la persona. En los últimos años, la música ha demostrado ser una poderosa alternativa terapéutica, no sólo para afrontar las vicisitudes de este estadio sino también para combatir problemas de salud frecuentes –como el dolor, la ansiedad y el estrés– y, sobre todo, para mejorar la calidad de vida del adulto mayor.

En la mayoría de los casos, esta etapa coincide con una transición muy importante para la persona: la jubilación y el cambio de roles dentro de la sociedad. Se sabe que los adultos mayores viven estos cambios con un aumento de la interioridad, es decir, que tienden a encerrarse en sí mismos, pierden interés por lo que les rodea y, en consecuencia, se produce una importante disminución de la autoestima.

Juan Martín Giménez Moresco, musicoterapeuta egresado de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y radicado en Villa Rumipal (provincia de Córdoba), con vasta experiencia con adultos mayores y pacientes institucionalizados en geriatría y gerontología, subraya la importancia de diferenciar los términos vejez y enfermedad, y explica de qué manera influyen los prejuicios en el campo de acción de una persona mayor.

“El envejecimiento es un proceso evolutivo natural, gradual e irreversible que produce cambios y transformaciones a nivel biológico, psicológico y social. La enfermedad, por el contrario, es un proceso que sólo afecta a algunas personas, de formas variadas y que puede comenzar en cualquier momento”, señala Giménez Moresco. Si bien el envejecimiento conlleva un aumento de probabilidades de que aparezcan enfermedades, es muy importante que esta etapa sea vista de forma positiva para que el adulto mayor pueda conocer qué le está sucediendo y cómo prevenir o decidir su futuro ante un posible deterioro a cualquier nivel”, añade.

Lo último que se pierde

Entre las principales preocupaciones que afectan a los adultos mayores se encuentran la pérdida de la memoria y, en consecuencia, también su autonomía. La memoria musical es la primera en desarrollarse y la última que se pierde. Se ha probado también que una experiencia musical despierta y activa áreas y funciones del cerebro.

“La memoria musical se desarrolla durante la vida fetal, es decir que el lenguaje musical es anterior al verbal, y lo utilizamos como forma de comunicación durante los primeros años de vida. Antes de nacer comenzamos a guardar sonidos, las voces de nuestros padres, incluso también melodías que escuchaba nuestra madre durante el embarazo y que luego podemos asociar con esa sensación placentera intrauterina”, afirma Karina Daniela Ferrari, jefa del Área de Musicoterapia del Sanatorio San José, musicoterapeuta del Hospital Teodoro Álvarez y profesora titular de la UBA. Y agrega: “La música es una función bihemisférica. Esto significa que para poder cantar o tocar un instrumento, debemos activar, de forma simultánea, áreas cerebrales que se encuentran tanto en el hemisferio derecho como en el izquierdo. Por lo tanto, cuando hacemos música muchas áreas del cerebro se encienden y activan funciones cognitivas, como la atención y la memoria, pero también motoras y visuales, asociadas a la coordinación motriz que necesitamos para cantar o tocar un instrumento”.

Esta activación simultánea en tantas áreas de nuestro cerebro favorece el desarrollo del cuerpo calloso, es decir el haz de fibras nerviosas más extenso del cerebro humano que comunica ambos hemisferios cerebrales con el fin de que ambos lados trabajen de forma conjunta y complementaria.

Los especialistas aseguran que diversas investigaciones han demostrado que aquellas personas que ejercitan música de forma diaria poseen un cuerpo de callos de mayor tamaño que aquellas que no lo hacen, y que está comprobado que la práctica musical constante genera mayor neuroplasticidad.

Musicoterapia 
para abuelos

“Tener una experiencia musical no significa cursar una experiencia musicoterapéutica”, subrayan los especialistas. “Una persona mayor o abuelo que forma parte de una agrupación coral o se reúne con otros a cantar o hacer música no está haciendo un proceso terapéutico”, destaca Cora Alicia Leivinson, licenciada en Musicoterapia y autora del libro Musicoterapia en el ámbito geriátrico , en el que da a conocer su experiencia de trabajo durante los ocho años que ejerció la profesión en Madrid.

“El proceso terapéutico debe ser coordinado por un musicoterapeuta que escuche, contenga, acompañe y resuene; y a su vez se implique subjetivamente y entable un vínculo con el usuario, paciente o grupo, dentro de un encuadre establecido, en el que se desarrollen objetivos orientados hacia la salud”, explica Giménez Moresco.

Uno de los primeros pasos consiste en instaurar un espacio de trabajo donde cada uno de los integrantes del grupo pueda crear, jugar, expresarse, descubrir a los otros y reencontrarse consigo mismo. Y es allí donde aparecen los primeros desafíos. “Al principio tienen miedo o vergüenza de participar, pero lentamente lo van logrando, a veces sólo a través de la escucha activa, hasta que se animan a cantar o tocar un instrumento”, cuenta Giménez Moresco.

Por su parte, Leivinson explica que es “un encuadre que promueve la expresión y la exteriorización emocional, ya que la actividad musical pone en juego percepciones, sensaciones y vivencias corporales que posibilitan al adulto mayor explorar y reconocer sus fortalezas, nuevas posibilidades de ser y hacer a través de su cuerpo y sus sonidos más esenciales”.

La música se convierte así en un disparador de nuevos pensamientos e ideas creativas. Y es a partir de este trabajo creativo que la persona puede rehacer, recuperar y reconstruir su mundo pasado y presente, construyendo así su propia historia (sonora) en “el aquí y ahora”.

Por eso, es fundamental “plantear las actividades en función de las necesidades y posibilidades de cada una de las personas que integran el grupo”, aseguran.

En ese sentido, los beneficios que promueve esta disciplina son variados y siempre dependen de la situación o problemática de cada persona. Leivinson los agrupa así: “Respecto de la cognición, favorece y estimula la recuperación de la memoria de trabajo (o por reminiscencia), la atención focalizada y el pensamiento creativo. A nivel motor, permite la conservación de praxias (movimientos y hábitos motores adquiridos antiguamente) y de la motricidad fina. Y, con respecto al aspecto emocional, posibilita la recuperación de la memoria emotiva y permite a los adultos mayores expresar, modular y modificar sus emociones, así como expresar creativamente su vida emocional, modificar estados anímicos y, sobre todo, recuperar autoestima y autoconciencia”.

Otro aspecto que se promueve a través de la musicoterapia es el “socio afectivo”, ya que posibilita a los abuelos compartir un momento lúdico, expresivo y creativo con pares. “A lo largo de un proceso terapéutico con esas características observamos a los pacientes superar problemas como la soledad, el aburrimiento, la abulia, el temor a la muerte y el estancamiento personal. A través de la actividad musical y grupal, logran cambiar completamente su actitud frente a la vida”, cuenta Giménez Moresco.

Ferrari se refiere al impacto global que produce esta disciplina: “La musicoterapia logra un impacto en aspectos no musicales, y este es nuestro mayor cometido: utilizar la música como medio para mejorar la salud integral del paciente. Dado que en general la propuesta es bien recibida, su aplicación previene la aparición de síntomas o enfermedades asociadas al hospitalismo, porque mejora notablemente el funcionamiento físico y la respuesta inmune”.

La magia de las canciones

Una herramienta muy valiosa que se aplica con adultos mayores es la canción. Giménez Moresco cuenta su experiencia en una residencia geriátrica: “Tenía una paciente que siempre se negaba a participar. Hasta que un día se incorporó al encuentro, pero siempre manifestando su queja y deseo de morir. Yo la invitaba siempre y trataba de brindarle la mayor contención. Llegó una ocasión en la que dijo recordar una ‘partecita’ de un tango, Adiós muchachos, que cuenta la historia de un hombre que le dice adiós a su barra de amigos porque se está por morir. ‘Mi cuerpo enfermo no resiste más’, reza un párrafo. Comprendí que esta abuela me estaba diciendo que se quería morir”. “Durante muchos encuentros más sólo cantó ese tango. Sin embargo, de a poco empezó a recordar parte de su historia, tanto recuerdos alegres como tristes, y también que en su juventud bailaba con su hermano o que trabajaba en cierto lugar. Y llegó un día en el que dejó de decir que se quería morir y Adiós muchachos no volvió a surgir. Al contrario, empezó a decirme: ‘¿Hoy qué trajiste, qué vamos a hacer’’, es decir qué hay de nuevo para mí y qué me ofrece la vida”, agrega al relato.

Durante los encuentros, los pacientes realizan experiencias musicales y se relacionan a través de ellas: tocan instrumentos, exploran sonoridades, cantan, improvisan y crean canciones, bailan, seleccionan y escuchan música editada. La expresión a través del lenguaje musical favorece (aún en aquellos en etapas avanzadas de demencia o muy sedentarios) la conexión con el entorno, el ejercicio de la memoria en todas sus variantes y la activación de recuerdos, deseos, problemáticas, duelos, emociones y sentimientos, que luego son abordados de según la necesidad de cada paciente.

Así, la música constituye una herramienta al servicio de una necesidad y del logro de objetivos saludables para mejorar la calidad de vida de los abuelos.