Vía: m.estampas.com/ Por EFRAÍN CASTILLO

Está comprobado que la enseñanza musical desde temprana edad tiene efectos en el desarrollo cerebral y mejora el desempeño académico. Desde hace más de 60 años, el colegio Emil Friedman de Caracas pone en práctica un sistema pionero en el país que integra los estudios de música con los de las materias formales. Varias generaciones de egresados confirman los beneficios de este sonoro modelo educativo.

Mucho antes de que existiera El Sistema de orquestas infantiles y juveniles creado por José Antonio Abreu en 1975, el violinista checo Emil Friedman -llegado a Vene zuela a mediados de los cuarenta- entendió que la educación musical desde las escuelas podía hacer la diferencia positiva en la formación de los niños y adolescentes, por lo que comenzó a aplicar esta idea, primero, en una agrupación infantil de Maracaibo y, luego, en el colegio que fundó en 1949 en Caracas.

Desde entonces y durante más de seis décadas, la institución educativa con su nombre, ubicada en la capital, ha formado a miles de alumnos desde preescolar a bachillerato con un concepto que funciona como mandato o decreto para los profesores y estudiantes que hacen vida en este plantel y que fue establecido por el propio Friedman, quien lo repitió hasta su muerte y lo dejó como legado: “No hay cultura sin cultura musical”.

Salones de clase llenos de instrumentos, pizarrones con pentagramas por doquier, además de nueve orquestas y agrupaciones corales activas y conformadas por los propios estudiantes, son las pruebas de que esa frase está vivita y sonando y que la música se transpira a toda hora en los pasillos de este colegio.

“La formación musical de los niños en el Emil Friedman comienza a los cuatro años; es decir, cuando ingresan al primer nivel de preescolar -dice Carmen Garnica, coordinadora del Conservatorio de música del colegio. Allí empiezan a conocer los instrumentos. Todas las semanas tienen contacto con maestros que van mostrándoles los sonidos, además de que participan en clases diarias obligatorias de coro para que puedan sensibilizarse con la música e ir descubriendo qué instrumento puede gustarles, todo a través del juego. Ya cuando tienen cinco o seis años empiezan a integrar una agrupación ‘preparatoria de cuerdas y vientos’ o de iniciación orquestal, lo que los involucra por primera vez en un trabajo organizado y grupal y va dándoles las nociones de disciplina, pues los ensayos son diarios”.

Durante la primaria, las cátedras musicales tienen tanto peso como el resto del programa oficial del Ministerio de Educación y los alumnos son evaluados con notas que inciden en el promedio académico igual que el desempeño en matemáticas, geografía, historia, castellano, inglés o biología.

“Entre primero y sexto grado los muchachos reciben varias horas semanales de teoría y solfeo, coro y flauta dulce, lecciones de cuatro y música folclórica, además de que pueden integrarse, si así lo desean, a las orquestas que funcionan en el conservatorio o recibir clases particulares de algún instrumento, para lo que tienen que preparar dos miniconciertos individuales en el año”, agrega la profesora Garnica.

Aunque en bachillerato la música se vuelve opcional para los alumnos, el sistema es tan efectivo que de los 1.700 estudiantes que hacen vida en la institución, más de 900 forman parte del conservatorio y reciben rigurosa formación en violín, fagot, piano, clarinete, tuba, trombón, corno, fagot, contrabajo, violoncello, percusión orquestal, trompeta, guitarra, oboe o flauta transversa.

“El programa está concebido -sostiene Garnica- para que los niños y jóvenes que estudian regularmente algún instrumento sean preparados de tal forma que puedan tener una base suficiente para seguir sus estudios en conservatorios superiores, algo que muchos han conseguido dentro y fuera del país”.

De hecho, por las aulas del Friedman han pasado hombres y mujeres que se han convertido en músicos académicos destacados como el director de orquesta Carlos Riazuelo, el concertino de la Sinfónica de Venezuela Alfonso López, el violinista Frank Di Polo (fundador del Sistema de orquestas), el director de orquestas Manuel Hernández-Silva o la violinista Melissa Niño (docente en el Conservatorio de música de Texas, en Estados Unidos) por solo nombrar algunos.

No en vano el Berkley College Of Music (una de las universidades de música más prestigiosas de Estados Unidos y de donde han salido intérpretes como Juan Luis Guerra o Frank Quintero) prepara para los próximos meses un convenio de intercambio con el Friedman.

“De los 30 estudiantes venezolanos que actualmente cursan estudios en Berkley, seis provienen de este colegio, sin contar los que ya han estudiado allí -afirma Pablo Argüello, director del plantel. A los representantes de esa universidad les pareció que esto no era casualidad y se comunicaron con nosotros para conocer nuestro sistema de trabajo. Ahora tendremos una alianza con actividades que supondrán pasantías de nuestros profesores allá o la visita de docentes del Berkley para dictar cátedra en nuestras instalaciones”.

Pero los hacedores y practicantes del modelo Friedman insisten en que el sistema de este instituto educativo desarrolla las aptitudes académicas y ofrece herramientas para la vida, aunque los alumnos no se dediquen profesionalmente a la música cuando sean adultos.

“Estudiar música exige disciplina, hábitos y desarrolla el pensamiento abstracto, lo que trae beneficios importantes para enfrentarse a otras cátedras -comenta la profesora Elizabeth Guerrero, coordinadora de la cátedra de piano del Emil Friedman y egresada como alumna de la propia institución. La ejecución de algún instrumento es una actividad física que demanda coordinación motora, es una de las pocas disciplinas que te ayuda a desarrollar los dos hemisferios cerebrales, además de que la música exige expresión y abre el espíritu a un mundo de sentimientos. Eso te hace un ser más completo”.

Las propias estadísticas del colegio dan cuenta de cómo el efecto musical se irradia a los promedios de notas. “Por lo general, los músicos más disciplinados son los que tienen las mejores calificaciones en el resto de las materias -asegura Pedro Fajre, subdirector del plantel. Todos los años entregamos medallas para los alumnos con 19 y 20, 17 y 18 y 16 puntos. De las medallas de más alto desempeño, 80 por ciento se la llevan los alumnos que pertenecen a las orquestas o ejecutan instrumentos. Esto no es casualidad”.

Varios estudios ayudan a explicar resultados como estos. La Corporación Andina de Fomento editó en 2012 un documento titulado Música para crecer en el que se recopilan investigaciones internacionales que certifican los beneficios del aprendizaje de la música y la práctica orquestal para fortalecer las capacidades numéricas así como las habilidades lingüísticas, de lectura y atención de los niños y adolescentes.

“Los efectos positivos de la educación musical no se limitan al desarrollo cognitivo sino también a las llamadas habilidades no cognitivas, claves para el desarrollo social y personal. La educación musical ha demostrado incrementar los niveles de empatía y capacidad de relaciones con otros, la tolerancia a las diferencias y la mejora de habilidades necesarias para el trabajo en equipo. Además, desarrolla valores como la disciplina y la constancia, necesarias para el desempeño personal exitoso”, se lee en un extracto del documento disponible en www.caf.com, en el que se agrega que esta educación ofrece al niño un grupo de referencia positivo y distinto, “que estimula y promueve la educación formal, la lectura y los valores positivos”.

Precisamente así lo resume Pablo Argüello: “Está comprobado que la formación musical en la escuela hace al muchacho más sensible, organizado, disciplinado y con un verdadero significado del trabajo en equipo. En una orquesta o un coro los logros o tropiezos del grupo siempre dependerán de lo que hagan sus integrantes, por lo que cada uno debe pensar no solo en su propio desarrollo sino también en el del grupo, porque si uno desafina o se desconcentra afecta a los demás. Cuando un muchacho se forma con la música como parte de su vida interioriza estos valores y hace las cosas con compromiso, responsabilidad y solidaridad. Así se construye la ciudadanía, algo que tanta falta le hace al país”.

Tres testimonios de triunfo
Un médico, un violinista,  y un físico dan cuenta de cómo la educación integral con énfasis musical recibida en el Colegio Emil Friedman en sus años de infancia contribuyó a hacerlos ciudadanos exitosos en su madurez.

Jesús Coll
Médico

Es cirujano, internista y endocrinólogo egresado de la Universidad Central de Venezuela. Actualmente es médico adjunto del servicio de endocrinología y tiroides del Centro Médico Docente La Trinidad en Caracas.

Toda su vida escolar la pasó en el Colegio Emil Friedman y desde cuarto grado hasta que egresó del bachillerato estudió formalmente el violín y formó parte de una de las orquestas del plantel, trabajo que realizó en paralelo con sus actividades académicas de la mano de maestros como Frank Di Polo (fundador de El Sistema de orquestas) o el propio Emil Friedman. Además, ya de adulto estudió saxofón por dos años, instrumento que toca por afición. Aunque no ve relación causal directa entre su desempeño académico y sus estudios musicales, cree que la dinámica generada por este aprendizaje tiene efectos enriquecedores de los que puede dar fe.

“Más que mejorar el desempeño académico, el estudio de música desde temprana edad influye en la formación del ser humano como un todo, desarrollando una sensibilidad muy especial hacia las artes y contribuyendo a forjar mejores relaciones con sus semejantes. Es difícil saber de forma objetiva si la formación musical interviene en el rendimiento académico en otras disciplinas, pero podemos inferir que sí lo hace, ya que te da entrenamiento en la disciplina del estudio, en el enfoque, en la persistencia y la perseverancia. De hecho, en general, los estudiantes universitarios que han estudiado música tienen mejor rendimiento que el promedio de los estudiantes. No podría saber si hubo un efecto en mi persona en particular, pero se han hecho estudios sobre las capacidades cognitivas y de análisis que tienen los músicos y se ha evidenciado un aumento en sus capacidades de razonamiento matemático y en el desarrollo del pensamiento abstracto”.

Tan convencido está de las bondades de la educación musical integrada al pénsum de las escuelas que ha replicado su experiencia en sus dos hijos, quienes, como él, también ingresaron al Emil Friedman. “Mi hijo mayor (Gabriel) decidió estudiar música profesionalmente y está haciendo una licenciatura en música en Los Ángeles. Por otro lado, mi hijo menor (Eduardo) está aún en el Colegio Emil Friedman, donde estudia saxofón y pertenece al Ensamble de Metales y Percusión Lido Guarniere de la institución. Por eso me puedo dar cuenta, sin ninguna duda, de que la formación musical desde edad temprana es un elemento fundamental para desarrollar individuos más sanos, más completos y mejores personas”.

Alfonso López Chollett
Violinista profesional
Es el concertino de la Orquesta Sinfónica Venezuela y ha sido director invitado de esta agrupación en más de 30 conciertos. Compositor y arreglista, se graduó con honores como licenciado en Música en la Universidad de Michigan en Estados Unidos y ha realizado estudios adicionales en su instrumento en instituciones educativas de Austria e Inglaterra.

Pero Alfonso López Chollett asegura que su amor a la música y las bases fundamentales de su conocimiento como ejecutante los consiguió con los estudios que dedicó al violín en el Colegio Emil Friedman desde que tenía 10 años y hasta que se graduó de bachiller. Cinco ensayos de una hora más dos ensayos generales de orquesta eran parte de su rutina de trabajo semanal, aunados a las dos clases semanales que recibía del instrumento hasta sexto grado y la clase semanal que le daban en los años de bachillerato, junto a las dos horas diarias que dedicaba en promedio a practicar en casa. Todo en combinación con la preparación de las materias regulares del programa académico del colegio.

“En términos generales era buen estudiante, pero me destacaba en lo que me atraía más, como la literatura, la historia del arte o la geografía. Se puede decir que me defendía en las matemáticas, la física y la química porque tenía la disciplina de afrontar esas materias aunque no me fascinaran. La música está llena de abstracciones matemáticas (ritmo, subdivisiones, tempo, intervalos, etcétera) y eso deber haber tenido alguna repercusión en el entendimiento de las materias científicas”.

Gracias a la música, López Chollett asegura haber conseguido habilidades cognitivas, personales y sociales que le han hecho más capaz intelectual y personalmente. “Estoy absolutamente convencido de que el estudio de la música le dio estructura y disciplina a mi vida. La forma de estudiar el instrumento, la habilidad para enfocarme y concentrarme para memorizar y aprender me han ayudado en muchos aspectos de mi formación en la universidad y a la hora de enfrentar todas las responsabilidades que tengo hoy día como docente, ejecutante y director de orquesta. He desarrollado una capacidad especial para memorizar detalles de todo lo que leo y aprendo nuevo en la vida porque al final el cerebro funciona de manera especial cuando lo ejercitas como un músculo. Y eso es lo que siento que he hecho a través de la música”.

El violinista también trabaja como docente de música en el propio colegio Emil Friedman, donde dirige una de las orquestas estudiantiles y replica las bondades que él mismo consiguió en sus tiempos de infancia. “El trabajo orquestal fortalece el sentido de comunidad y equipo. Entenderlo es entender que una familia, la sociedad y el país pueden funcionar mejor cuando todos los integrantes tienen una meta común y trabajan por ella en conjunto y con más disciplina. Por eso creo que el estudio de la música debería ser un derecho universal”.

Con una esposa y dos niñas, también espera legar a su familia la cosecha de lo que ha sembrado entre notas, pentagramas y sonidos. “Yo quiero pensar que todo lo positivo que puedo enseñar a mis alumnos puedo traerlo a mi casa para que consigamos equilibrio y armonía familiar, como lo hacemos cuando tocamos una sinfonía o cualquier obra orquestal”.

Marcio Meléndez
Científico
Es físico egresado de la Universidad Simón Bolívar, con maestría y doctorado obtenidos en el Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas IVIC y la Universidad Católica de América en Estados Unidos.

Ha desarrollado investigaciones para proyectos de la Administración Estadounidense de Aeronáutica y el Espacio (NASA) y actualmente es investigador asociado del departamento de Astronomía de la Universidad de Maryland, también en el país norteamericano.

Meléndez es, además, violinista aficionado, aunque estudió el instrumento desde los seis años, primero, en El Sistema de Orquestas fundado por José Antonio Abreu y, luego, como parte del Colegio Emil Friedman, donde recibía clases semanales e integraba el Coro de Voces Juveniles de Caracas, una de las agrupaciones de esta institución. Para él, esa formación durante los años escolares de infancia y adolescencia tuvo impacto en su crecimiento profesional y humano.

“La unión de una educación de calidad con formación musical de calidad siempre va a tener un impacto en el desarrollo no solo académico sino también personal de los estudiantes. Quiero pensar que en mi caso fue así. En mi salón éramos todos músicos y, en general, muy unidos, ya que compartíamos las mismas actividades. Ese ambiente influyó positivamente en mi formación académica. Además, los músicos son casi por definición más sociables que los científicos. De alguna forma, el ser miembro de orquestas y corales y haber participado en giras y conciertos fue de gran ayuda para desinhibirme en las constantes presentaciones de divulgación científica que he tenido que realizar durante mi carrera”.

Aunque ya no ejecuta el violín como en sus años de adolescencia, todavía recurre a él para evocar recuerdos. “En ocasiones lo uso para enseñarle a mi hija la magia de la música y entusiasmarla”, dice, a la vez que insiste en lo importante que ha sido apreciar el trabajo sonoro de los grandes maestros para “estimular la mente” en momentos de agobio o cuando está investigando los misterios del universo.

“Apreciar la música clásica es de las cosas más importantes que me dejó mi paso por el colegio. Todavía utilizo a Bach, Mozart y Beethoven para concentrarme durante un día de trabajo mientras hago cálculos complicados o simplemente para relajarme. Además creo que la música es energía, al igual que el universo. Por eso creo que ambos abarcan sentidos y sentimientos que pueden ser disfrutados por todos. No necesitamos ser virtuosos del violín o astrofísicos para disfrutar la belleza y complejidad de un concierto de Tchaikovsky o de la colisión de galaxias a miles de millones de años luz de la tierra y observadas por el telescopio espacial Hubble”.