Por Mauro Apicella | LA NACION

Óperas, orquestas sinfónicas y conjuntos decámara suenan en escenarios no convencionales

Si un fanático de los autos tiene la oportunidad de subirse y manejar (y en el mejor de los casos comprar) un coche de más de 300 caballos de potencia, difícilmente quiera volver a sentarse luego en otro vehículo. El ejemplo es comparable a otras situaciones y placeres: los buenos vinos, la música.

La Argentina cuenta con una sala para conciertos, música de cámara y ópera que rankea entre las tres que tienen mejor acústica del mundo: el Teatro Colón. Eso es muy bueno. Pero cuando escuche un concierto allí, el oyente no querrá ir a otro lugar. O, al menos (para que nadie se sienta ofendido), a ningún otro lugar que no cuente con las condiciones acústicas mínimas para este tipo de propuesta. Porque, -es justo decirlo- en ciudades como Misiones, Corrientes, La Plata o San Juan también existen muy buenos teatros para disfrutar espectáculos líricos y conciertos.

Hace unos meses, el director de la Filarmónica de Buenos Aires, Enrique Arturo Diemecke, decía a LA NACION que eran buenas las experiencias de las orquestas en lugares no habituales para estos organismos, como las fábricas recuperadas, porque sirven para acercarlas a nuevos públicos. Sin embargo, explicaba el músico mexicano, lo ideal es que el público vaya al teatro para escucharlas. Porque ése es “su lugar natural”.

Si uno piensa que la música es en su contexto, el lugar de la orquesta es el teatro, pero la generación de nuevas experiencias en lugares no convencionales es una tendencia necesaria porque se adapta a estos tiempos.

No es casual que el incremento moderado (o no tanto) de música escénica encuentre un correlato en experiencias que combinan puestas visuales y conciertos realizados en los espacio menos esperados para las orquestas o los conjuntos de cámara.

Si una orquesta de fines del período clásico podía tener 40 o 50 instrumentos, ¿por qué las formaciones de hoy pueden tener más de cien integrantes? Por la sencilla razón de que hay más de 200 años entre una y otra y los públicos son diferentes (más allá del hecho de que una orquesta numerosa hoy existe en la medida en que los sponsors puedan pagarla).

Buen ejemplo es del Berliner Waldbühne que, como su nombre en alemán lo indica, es un escenario ubicado en el medio de un bosque. Tiene forma de anfiteatro y capacidad para 22.000 personas. Los conciertos más convocantes de la Berliner Philharmoniker son los que se realizan allí.

En su libro Present! rethinking Live Classical Music, Johan Idema recopila ejemplos de nuevas formas para llegar al público con música clásica. “Estos casos ofrecen una gran diversidad de ideas y enfoques. Nos demuestran que podemos elegir nuevos entornos y, a su vez, crear conciertos específicos que se conecten con la singularidad de cada lugar”, dice este asesor cultural en su propio sitio web. Por otro lado, hay que tener en cuenta que un hecho artístico no sólo tiene que ver con la calidad sonora de un instrumento. En algunos casos, esa calidad se resigna en favor de encontrar otro tipo de propuesta. Yellow Lounge es una experiencia que se hace en varios países desde 2006 y que a principios de noviembre pasado se realizó por segunda vez en Buenos Aires. Se trata de recontextualizar la música clásica en espacios y circunstancias que no son las más frecuentes, para acceder a nuevos públicos. Al mismo tiempo, es una actividad performática en sí misma.

La sociedad estratégica entre la Deutsche Grammophon y la Universidad de San Martín (Unsam) tuvo a un artista ideal para esta clase de proyectos. La compañía discográfica trajo a una de sus figuras de la actualidad, el mandolinista Avi Avital, y la Unsam puso para este fin las instalaciones de su auditorio experimental, una subestación eléctrica construida en 1912, que ahora está parcialmente reciclada. Avital es un músico israelí que incursiona en los repertorios académicos e interpreta esas obras fronterizas entre lo clásico y popular (Bartók, Falla, Villa-Lobos). Sobre ese concepto gira su disco Between Worlds.

En su presentación porteña estuvo acompañado por el Cuarteto Petrus al que se le agregó un contrabajista para convertirlo en quinteto de cuerdas. Juntos pasearon por músicas judías, danzas rumanas y españolas, un concierto para violín de Bach (en transcripción para mandolina) e, incluso, la “Fuga y misterio” de Piazzolla. Una verdadera experiencia de world music entendida desde el mundo de la música académica. Y una manera muy amigable (por lo accesible del repertorio) para acercarse a esos “otros públicos”. ¿Cumplió con esta premisa? Sí, con la participación de un músico que demuestra por qué es una de las estrellas de la mandolina y con un muy buen conjunto de cuerdas para acompañarlo. ¿Era el mejor lugar para escucharlo? Sin duda no. Las condiciones acústicas estaban muy lejos de ser óptimas, incluso la amplificación daba un resultado más cercano a una orquesta de cuerdas con sonoridad de película hollywoodense que a un quinteto con un solista. Pero esto no era un concierto de cámara. Era una experiencia con muchos otros condimentos. Un VJ que ofreció dos sets a modo de preludio e intermezzo y un diseñador de luces que acompaño el trabajo de Avital y los arcos; un espacio no convencional con público sentado en el piso, frente al escenario; mesas y sillas para sentarse a saborear empanadas y gaseosas, y un sector para público de pie (una especie de Proms al estilo criollo). Fue, al mismo tiempo, una “experiencia Cage” porque a pesar del silencio respetuoso del público (los prommers locales), el sonido de Avital y el quinteto se apoyaba sobre un ruido de fondo y de menor volumen generado por público que estaba afuera, autos que pasaban por la calle, zumbido de otros motores y reverberaciones varias por las dimensiones del galpón de la ex subestación eléctrica.

Lo ecléctico del público daba cuenta de que había gente dispuesta a acercarse a la música clásica y público de la clásica dispuesto para otro tipo de experiencias (sobre todo las visuales) interesantes y válidas.

Mientras tanto, los que prefieran lo convencional, tradicional y perpetuo pueden ver por TV el concierto de año nuevo que se realiza desde hace siete décadas cada 1° de enero en Viena, y que el próximo jueves tendrá como director invitado a Zubin Mehta. Hay ofertas para todos los gustos.

EN OTROS ESPACIOS

Tres tenores
La experiencia de Pavarotti, Carreras y Domingo corrió las fronteras físicas de los espacios líricos de una manera masiva.

Obelisco sinfónico
Desde el concierto que, en 1987, ante unas 100.000 personas, dio la Filarmónica de Nueva York con dirección de Zubin Mehta, fueron varios los conciertos que allí se ofrecieron, con dirección de Mehta y Daniel Barenboim.

Lírica para el cine
Una tendencia que crece y que requiere de diferentes locaciones. La versión que el director Adrián Marthaler hizo de El rapto en el Serrallo, de Mozart, se desarrolla con una estética muy haute couture en el Hangar 7 del aeropuerto de Salzburgo. Dispuso 20 cámaras en 14.000 metros cuadrados.

Ópera flashmob
En YouTube se pueden encontrar registros de intervenciones líricas en espacios públicos con el concepto flashmob (coreografías o puestas organizadas por un grupo) y otras hechas de manera sorpresiva.

Festivales
El encuentro mendocino de música clásica Los Caminos del Vino incluye, además de actividades en teatros, varios conciertos programados en bodegas. En Córdoba, cada año se realiza el festival de música barroca en estancias jesuíticas..