Vía: El Nuevo Herald | Escrito por: Daniel Fernández

El director de la Miami Symphony (MISO), Eduardo Marturet, ostenta una rutilante personalidad musical que imprime a todo lo que interpreta un toque palpitante y, por momentos, innovador, aunque se trate de obras a veces archiconocidas, como las que sirvieron para el cierre de temporada en el Arsht Center el viernes.

Eduardo Marturet ©Foto: Gabaldon

Eduardo Marturet ©Foto: Gabaldon

El Concierto no. 1, en re menor, op. 15, y la Sinfonía no. 4, en mi menor, op. 98, de Brahms, llevan más de un siglo en cartelera, sin embargo, Marturet supo resaltar en estas obras aspectos y matices que otros maestros han obviado. Se insiste mucho en las influencias que recibiera Brahms de grandes como Schubert o favoritos del público como Johann Strauss II, sin embargo, pocos señalan cómo su inventiva, sus juegos estructurales y hasta su secreto afán de no parecerse a Wagner, abrieron una opción para la música cuya repercusión habría de sentirse en compositores posteriores, incluso en el siglo XX. La interpretación de Marturet supo destacar con gracia esos “antecedentes” de los que bebieron desde Chaicovski hasta Dvorak, por solo citar los más evidentes.

Fue un concierto de gran final de temporada que contó con una luminaria del piano y el podio, Philippe Entremont. A sus casi 79 años, el pianista conserva el entusiasmo y la energía de cualquier joven, y no solo sus manos se mueven con la destreza de siempre, sino que es capaz de tocar esta obra tan compleja y tan larga de memoria. Su acople con la MISO fue impecable y brilló tanto en las intrincadas cadencias como en los pasajes de integración a la orquesta. Los últimos dramáticos acordes pusieron al público de pie en ovación.

La segunda parte, que estuvo dedicada por completo a la sinfonía, permitió a Marturet desarrollarse con mayor soltura. Esta es una obra que tiene casi de todo, y si bien Brahms no compuso óperas, eso no es índice de falta de dramatismo. Marturet acentuó los juegos en las texturas y en las dinámicas que permiten destacar lo que tiene Brahms de más atractivo para el gusto contemporáneo, huyendo de las “densidades” con que suelen describirlo en los pasillos de las salas de concierto. Aquí hubo pasajes con un sabor rítmico inusitado y se destacó la percusión que realizó una labor brillante y casi protagónica. Esta obra también se ganó una entusiasta ovación.

Al final, Marturet ofreció como de costumbre una Mystery Melody, los que la adivinen obtienen distintos premios. Sin duda un estupendo cierre de temporada.•