A principios de mayo, Gustavo Dudamel, el brillante director musical de la Filarmónica de Los Ángeles, fue abucheado en la apertura de Turandot en la Ópera Estatal de Viena, supuestamente por sonar demasiado alto.

Vía: www.broadwayworld.com  |  Por Richard Sasanow | Traducido por Luis Contreras | Licenciado en Idiomas Modernos | Profesor de la ULA | Agradecidos con Carlos Luengo

Fuese cierto o no, sucedió. Los vieneses tienen la reputación de comportarse de esta manera durante las primeras noches. Sin embargo, Dudamel no tuvo el mismo problema al regresar a su casa en la sala de conciertos de Disney en Los Ángeles, el 20 de mayo, con una grandiosa y finamente matizada presentación que equilibró el austero pero maravilloso Miserere del compositor estonio Arvo Part, junto con el Requiem de Mozart. Part es conocido por venerar a Mozart – y la unión de ambos maestros, nacidos con 180 años de diferencia – lucía inspirada.

El texto de Miserere es el Salmo 51, la angustiosa súplica del Rey David por perdón luego de ser confrontado por su adulterio con Betsabé (habiendo planificado la muerte de su esposo).  Los valores musicales son la simplicidad y lo sublime. El estilo minimalista del este compositor, perteneciente al siglo XXI, claramente comienza con un gran silencio y añade notas sólo cuando considera necesario hacer escuchar su voz.

El inicio, similar a un canto gregoriano, ejecutado por un tenor solista y clarinetes fue cautivante. A medida que la pieza continuaba con la participación esencial del Coro de Cámara Filarmónico de Estonia, resultaba excitante escuchar esta interpretación en la vibrante acústica de la sala de conciertos de Disney, junto con Kaspars Putnins y el Latvian Radio Choir bajo la conducción de Sigvards Klava, enfatizando la energía modernista y el poder meditativo. El poder del órgano me hizo enloquecer.

Fue increíble cómo Dudamel fue capaz de unir a un cuarteto de cantantes para que fácilmente pasaran de Part a Mozart. La soprano Lucy Crow (quien destacó en la interpretación de Part); la mezzo soprano Roxana Constantinescu; el tenor Paul Appleby y el bajo-barítono Luca Pisaroni – todos bien conocidos mozaristas – estuvieron magníficos en ambas interpretaciones, donde además en tenor Frederick Bellentine dio un emocionante valor agregado en Part. La ubicación de todos ellos en medio de la orquesta resaltó sus roles como miembros de una agrupación aún más grande.  

La interpretación de Mozart es, por supuesto, una pieza complicada que cuenta con sólo las dos primeras partes concluidas – Introitus: Requiem y Kyrie – ya que el compositor trató de huir de su muerte sin éxito alguno, quedando el resto sólo en borradores. Sin embargo, eso no la aleja de ser increíblemente hermosa, especialmente con la apertura de Introitus y su gemela, la pieza final Communio: Lux aeterna, además de la maravillosa fuga en Kyria. Yo estaba deslumbrado por la manera en que Dudamel sacó a relucir la intensidad del coro y la orquesta en el Dies irae.

A pesar de no haber sido concluida – de hecho, estuvo lejos de serlo – se puede sentir la esencia del maestro en la obra, siendo ésta terminada por otras personas, incluyendo sus estudiantes Sussmayr y Eybler (y, en menor medida, Freystadtler). Particularmente, la música para los cuatro solistas en la sección Tuba mirum fue excepcional, comenzando con el animado dueto entre Pisaroni y el trombón, seguido por los ecos de Don Giovanni, escritos apenas algunos años antes, cantados por Paul Appleby, seguido por el solo de viola de Constantinescu para finalizar con el grandioso registro soprano de Crowe.

Sin duda no fue un programa fácil para la audiencia, sin embargo tuvo perfecto sentido bajo la firme batuta y la modesta conducción de Dudamel, recibiendo las reverencias como siendo uno más de la agrupación.