Veinticinco años después de su muerte, el trompetista retiene intacto su lugar de privilegio entre los nombres esenciales de la historia de la música. Ahora llega a los cines su torturada vida en un ‘biopic’ que dirige y protagoniza Don Cheadle.

Vía:  www.elperiodico.com | Por NANDO SALVÀ

Dado que hoy en día gastamos con alegría expresiones como «artista camaleónico» para etiquetar a gente como Lady Gaga solo por su disposición a los cambios de vestuario y peinado, nos hemos quedado sin calificativos que hagan justicia a Miles Davis. ¿Cómo definir a alguien que a lo largo de seis décadas, amorrado a su trompeta, vehiculó la evolución misma del jazz mientras se movía de un sonido nuevo al siguiente sin atender a gustos populares o reacciones críticas?

En efecto, Davis podría haberse retirado a los 33 años tras grabar ‘Kind of blue’ (1959) -su disco insignia y una de las obras esenciales del jazz y de la música en general- e incluso así hoy sería considerado una leyenda. Pero en cambio, a pesar de que para la gran mayoría de músicos la capacidad de riesgo y experimentación se desvanecen junto a la juventud, miró adelante. Hasta el momento mismo de su muerte, de la que este año se cumplen 25 años, trató constantemente de redefinir lo que el jazz y en el proceso condicionó la evolución de la música.

FALTA DE MODESTIA

«Cambié el destino de la música cinco o seis veces», escribió una vez él mismo haciendo gala de su proverbial falta de modestia, y tenía razón. A mediados de los 40 asistió a Charlie Parker en la revolución del ‘bebop’, y a finales de la década impulsó el jazz de cámara junto al arreglista Gil Evans en las sesiones de grabación de ‘Birth of the cool’; en los 50 preconizó el ‘hard-bop’ e inventó el jazz modal de álbumes canónicos como ‘Kind of blue’ o ‘Sketches of Spain’; en los 60 amplificó el jazz libre al tiempo que descubría y catapultaba a jazzmen como John Coltrane, Bill Evans y Wayne Shorter; y a principios de los 70 fusionó el jazz con el rock en álbumes como ‘Bitches brew’ y lo maridó a géneros como el funk y la electrónica en ‘On the corner’ o ‘Get up with it’.

Tras tanta compulsión creativa, a finales de 1975 el músico estaba fundido. Como resultado pasó seis años recluido, lidiando con demonios personales y problemas de salud. Ese es el Miles Davis que retrata en ‘Miles ahead’, el ‘biopic’ dirigido y protagonizado por Don Cheadle que el próximo viernes se estrena aquí: un hombre mitad Drácula mitad coronel Kurtz, que pasa el día en pijama, abusando de la cocaína y el bourbon, y se pasea con una pistola cargada.

‘BIOPIC’ MARCIANO

Asegura Cheadle haber querido «externalizar el proceso interno que todo artista atraviesa cuando sufre un bloqueo creativo, y que en el caso de Miles fue mayor porque él fue más prolífico que casi todos los demás».

Y para ello ha dirigido un ‘biopic’ genuinamente marciano, que desdeña estructuras narrativas clásicas y salta incesante entre pasado y presente y entre realidad y fantasía, y que convierte la vida del genio en una aventura por los bajos fondos neoyorquinos llena de persecuciones de coche, y tiroteos, y alucinógenos combates de boxeo.

«No quise que esta película retratara a Miles Davis, quería que fuera Miles Davis», añade el actor-director. «Se trataba de trasladar al medio fílmico el idioma que él dominó en el medio musical». ‘Miles ahead’ es, pues, el tipo de película que al propio Davis le habría gustado protagonizar en tanto que conecta con la imagen gansteril que él cultivó a lo largo de su carrera, y que le ganó el sobrenombre de ‘Príncipe de las Tinieblas’.

PROXENETA Y DROGADICTO

Davis vivió azotado por los problemas físicos. Tenía una voz susurrante y carrasposa desde que en 1956 le extirparon unos pólipos en las cuerdas vocales, y a lo largo de su vida luchó contra la diabetes y la neumonía, tuvo fallos cardíacos y problemas crónicos de caderas, y se rompió ambas piernas en 1972. Y aunque superó los problemas con la heroína que lo azotaron durante los 50 -llegó a ejercer el proxenetismo para costearlos-, continuó consumiendo cocaína hasta los 80.

Sin duda esa vulnerabilidad contribuyó a forjar su personalidad atormentada y su tendencia a la crueldad y la brutalidad, especialmente con las mujeres. Su primera esposa, Frances Taylor, aseguró una vez haber temido por su vida en varias ocasiones durante el matrimonio, y a finales de los 70 otra de sus novias tuvo que ser hospitalizada a causa de un puñetazo en la mandíbula.

NARCO DE FLORIDA

Cuando reapareció en 1981, era un hombre distinto. No quedaba rastro alguno de la sombría elegancia que en el pasado derrocharon las portadas de álbumes como ‘Milestones’, ‘Round about midnight’ o ‘Porgy and Bess’, y a cambio ahora Davis tenía el aspecto de un narco de Florida. De hecho, encarnó a uno en un episodio de ‘Corrupción en Miami’. Pero incluso de esa guisa siguió incansable una década más, explorando nuevos territorios, usando masivamente el sintetizador en discos como ‘Tutu’ y ‘Amandla’, compartiendo escenario con Prince y grabando con Scritti Politti. Mostrando un talento inigualable para escuchar el futuro y el deseo inquebrantable de sonorizarlo y, mientras tanto, otorgando identidades sonoras distintivas a la soledad, el dolor, la desesperación, el éxtasis y la rabia, y ofreciéndonos acceso privilegiado a una forma envolvente melancolía que delinea los contornos mismos del alma.

El club de los otros clásicos por QUIM CASAS

Don Cherry (Oklahoma City, 1936-Málaga, 1995)

Fue uno de los arquitectos del free jazz; de hecho, como trompetista del doble cuarteto histórico de Ornette Coleman, participó en la grabación del disco ‘Free jazz’, que en 1961 dio el pistoletazo de salida a esta tendencia. No gustaba a todos porque tocaba de manera muy fracturada e hiriente. Se sacó de la manga la ‘pocket trumpet’, una trompeta de bolsillo de la que extraía sonidos de otro mundo. Padre de la cantante Neneh Cherry, también sucumbió a excesos considerables. En un concierto con Coleman en el Palau de la Música, en los años 90, apenas se le oía y desafinaba de lo lindo. Falleció en Alhaurín el Grande (Málaga).

Chet Baker (Yale, 1929-Ámsterdam, 1988)

Trompetista delicado y cantante de voz seductora, fue la figura más ‘cool’ del jazz hedonista de la Costa Oeste en los años 50. Adicto a la heroína, perdió casi toda su dentadura tras una paliza, lo que le hizo aprender a soplar y a cantar de manera distinta, aún más frágil, con la voz como un susurro. Se podía cortar el aire con un cuchillo en sus actuaciones. Murió al caer de la ventana de su habitación en un hotel de Ámsterdam. Nunca se ha aclarado si fue accidente, suicidio o una cosa peor. Bruce Weber hizo con él ‘Let’s get lost’, obra maestra de cine y jazz. Ethan Hawke le encarnó en un ‘biopic’ el año pasado.

Dizzy Gillespie (Cheraw, 1917-Englewood, 1993)

El señor de los carrillos hinchados: su técnica para tocar y respirar hacía que las mejillas le estuvieran a punto de explotar. Pero además de esta imagen característica, Gillespie fue el amo y señor del ‘bebop’ junto a Charlie Parker, con quién grabó varios discos. También le gustaba dirigir grandes orquestas y fue un innovador del jazz latino y afrocubano, o ‘cubano bop’, con temas como ‘Manteca’ y colaboraciones con Machito. Incapaz de estarse quieto en un escenario, se atrevía a cantar algo desaliñadamente y a tocar las congas cuando reposaba la trompeta. ‘A night in Tunisia’ es una de sus mejores piezas.

Louis Armstrong (Nueva Orleans, 1901-Nueva York,1971)

Clásico entre los clásicos, gustó de tocar con su ‘big band’ y, aunque dominaba muchos registros, siempre se mantuvo fiel a un jazz orquestal y popular. ApodadoSachtmo, siempre muy carismático, tocaba la trompeta como los ángeles y cantaba de forma desenfadada. De hecho, uno de sus mayores éxitos, casi más pop que jazz, es ‘What a wonderful world’, y hasta cantó el tema ‘We have all the time in the world’ para un filme de James Bond. Pese a sufrir dos ataques de corazón con 12 años de diferencia, quiso seguir actuando. El 6 de julio de 1971, un día después de dar un concierto, falleció mientras dormía.

Billy Bolden (Nueva Orleans, 1877-Jackson, 1931)

Mito atormentado de los primeros tiempos del jazz, este cornetista de origen criollo tuvo una existencia cualquier cosa menos tranquila. Tocaba blues en funerales, bodas y en los barcos de vapor del Misisipi, pero también ejercía de peluquero. Lo tenía todo: mujeriego, pendenciero, alcohólico… Al poco tiempo se le diagnosticó esquizofrenia y, tras ser encarcelado por disturbios callejeros, fue ingresado en un psiquiátrico en 1907. Murió 24 años después, sin salir nunca de aquella institución. Otro aspecto ha reforzado su leyenda: no se conserva grabación alguna de su música. Un verdadero misterio.