Vía: canarias7.es/ Por Carmen Delia Aranda

– El jazz es un lenguaje en continua evolución. ¿El jazz latino también está evolucionando o se han establecido unos estándares casi inamovibles?

– El jazz latino ha ido en ascenso definitivamente. Siempre hablo de la segunda época de oro del jazz latino. Hubo una primera en los años 30, 40, 50 y hasta 60 con maestros como Mario Bauzá, Chico O’Farrill, Machito, Tito Rodríguez, Tito Puente cuando comenzó… Luego vino la salsa en los años 70 y 80, que arrasó, con la Fania. Pero luego llegó a Nueva York una nueva generación de músicos. Al principio éramos totalmente experimentales. Nos reuníamos en un lugar llamado Soundscape, que estaba en medio de Manhattan, de la etnomusicóloga Verna Gillis, una señora norteamericana que nos la facilitaba el espacio para hacer experimentos. Allí conocí a Jerry González, Andy González. También por allí estaba Jorge Dalto, un pianista argentino que tocaba con George Benson y Tito Puente. Y esa nueva generación intercambiaba información. Allí conocí a Ignacio Berroa, un baterista cubano que llevó el songo a Nueva York, un nuevo ritmo. Y tuve la fortuna de conocer a Paquito D’Rivera, en el Festival de Montreal cuando fui con Tito Puente, en el 84. Y él me hizo miembro de su quintento e hicimos una gira mundial y grabamos juntos. Ha sido un movimiento y, poco a poco, cada vez se va ensanchando más. Hay una nueva generación maravillosa de músicos jóvenes como Miguel Zenón (saxofonista), David Sánchez (saxofonista), Danilo Pérez (pianista). Esos vinieron detrás de nosotros y se sigue ampliando. Hay un bajista nuevo que se llama Ricky Rodríguez, que es maravilloso. En Nueva York está el baterista cubano Dafnis Prieto, ganador de la beca de la Fundación MacArthur, de un millón de dólares, el premio del genio. Igual que hace años lo ganó Miguel Zenón. Hay reconocimientos importantes de la nueva generación y se sigue ensanchando. Se puede hablar de un antes y un después de Calle 54, porque la película fue un trampolín que nos proyectó. De repente, nos dio un salto cuántico a nivel mundial y nos hizo llegar a un público que no sabía lo que era el jazz latino. Es un documento importante porque son once retratos de once diferentes artistas y de once diferentes sonidos. Se puede hablar de un árbol con varias ramas. Eso fue muy importante, ese sello de aprobación y de proyección. Desde entonces los festivales no tiene miedo de programar jazz latino porque saben que al público le encanta el ritmo y es muy contagioso y, al mismo tiempo, saben que va más allá por la riqueza armónica de nuestra música, no solo la rítmica, porque todos somos músicos muy estudiados. En el caso de Chucho Valdés, Gonzalo Rubalcaba y yo, todos somos músicos clásicamente formados. Lo mismo tocamos jazz latino que tocamos dentro de una sinfónica o escribimos obras sinfónicas.

– ¿Eso no genera cierta lucha interior entre el rigor de la partitura de la música clásica y la libertad del jazz?

– Antes había ese tabú. Pero se rompió y no fuimos nosotros los que lo hicimos. Lo rompió desde el principio el maestro Dave Brubeck, que colaboró con la Filarmónica de Nueva York y que con Leonard Bernstein hizo el disco What is jazz?, un disco muy importante que incluye a Louis Armstrong tocando una versión sinfónica de St. Louis Blues. Ellos ya venían con esa visión. También el maestro Duke Ellington, que escribió oratorios. Mucha gente desconoce que el maestro Art Tatum tenía grandes fanáticos. Entre ellos, dos de los grandes pianistas clásicos del mundo: Horowitz y Rachmaninov que iban a escucharle en vivo. De hecho, hay una frase famosa de Rachmaninov, decía que el más grande pianista de entonces era Art Tatum.

– Art Tatum es uno de sus referentes, pero es un desconocido para el gran público. Quizá necesite un documental como Lecuona.

– Creo que sí. Solo existe una filmación de minuto y medio donde se ve Art Tatum. No existe más nada. Siempre estamos buscando por si hay algo pirata que alguien haya hecho. Es un pianista portentoso, con una técnica maravillosa que, de hecho, influenció a Horowitz en la manera de tocar. Si miras la posición de las manos en el piano, la llamábamos flat-fingered technique, los dedos se colocan a lo largo, no curvos, sino en horizontal. Horowitz lo invitaba a su apartamento y le hacía transcripciones de sus solos y se los tocaba de vuelta a Tatum. Hubo un diálogo entre ellos. Tatum era casi ciego y, sin embargo, tocaba con un dominio absoluto; armónico, melódico y técnico.