Vía: www.larazon.es | Por: Gema Pajares – Madrid

Josep Caballé-Doménech / Director de orquesta. Dirige en Dresde, Halle y Berlín, y es una de nuestras batutas más internacionales

Josep Caballé-Doménech

Josep Caballé-Doménech

Tal es el celo de Josep Caballé-Domenech que en la maleta, además del equipaje habitual, metió un ejemplar de nuestro diario para no olvidarse de una entrevista que teníamos pendiente. Viajó de acá para allá y no sacó nunca LA RAZÓN no fuera a ser que se le olvidara en algún hotel. La tecnología, que unas veces facilita y otras aprieta y casi ahoga, ha demorado la llegada de una imagen que se ha hecho esperar, pero por fin tenemos al director de orquesta, feliz, en la Staastoper de Berlín, un templo en el que se enfrenta estos días a «La Bohème». Hoy dirigirá en la Ópera de Halle, de cuya formación es titular, «Scheherezade», de Bernhard Sekles. Dresde es el tercer vértice de este triángulo artístico en el que se mueve un maestro al que le gusta leer, la cocina y montar en bicicleta.

-¿Cómo es «La Bohème»?

-Una obra que infunde bastante respeto, precisamente porque todo el mundo conoce, al tiempo muy complicada y atractiva. Las vibraciones con la orquesta han ido bien, han sido buenas. Y las voces suenan de maravilla. Además, la puesta en escena no se come a la música.

-Pues eso no se crea que es sencillo de conseguir hoy día.

-En el caso de Puccini es completamente imposible, se lo digo. Está tan bien escrita la partitura que deja muy poquitas cosas al director de escena para hacer alguna locura o salirse de lo común.

-Si le preguntan si prefiere dirigir una ópera o un concierto, ¿qué responde?

-Que me gustan ambos, los considero complementarios. Uno me ayuda a dirigir la otra y me siento satisfecho de poder compaginarlos y alternarlos.

-¿Cómo es su relación con la orquesta?

-Cada una tiene una personalidad propia. Para que lo entienda: la relación de un director con la orquesta es como la de una pareja, aunque con unas te entiendes mejor que con otras. Sucede como con las mujeres.

-¿Y a cuál de ellas le pediría en matrimonio?

-Difícil decisión. Me he encontrado muy a gusto con unas cuantas. En Estados Unidos, por ejemplo, con la de Colorado, y aquí en Europa con la de Halle, que también ha funcionado estupendamente. Lo sabes porque sientes que hay un «click» y que la química existe. En un trabajo como éste te dejas la piel las 24 horas del día. Nuestra mente está trabajando todo el día.

-¿Por qué suenan de manera distinta en España, Italia o Estados Unidos?

-Por la diferente valoración que se le otorga al término arte. No es igual en España que en Estados Unidos, donde posee otra connotación quizá más cercana al «entertainment» que al arte.

-¿Sigue siendo una asignatura pendiente el tema de la financiación privada para el mundo cultural español?

-Vamos a ver cuándo se hace realidad una ley de mecenazgo en España. La ayuda privada no se nota en el sonido, sino en la manera de trabajar, pero estoy convencido de que esas barreras pronto, muy pronto, se van a difuminar. Estaría bien que el dinero no público ayudara un poco más.

-Cumplidos ya los cuarenta y con una sólida formación, le quedan diez para que se le pueda llamar director, como sentencia el dicho.

-En esta profesión te haces con los años. Hoy son otros paradigmas lo que cuentan, los directores jóvenes trabajan con grandes orquestas. En la profesión, la experiencia es un grado. Cada año que transcurre es un paso nuevo, una consolidación.

-¿ Y cómo se ve dentro de diez?

-Buscando lo que la vida no me da y aprovechando lo que me ofrece. Tengo la suerte inmensa de trabajar en aquello que me gusta. Mis padres son músicos y empecé tocando en una orquesta. Si ahora dejara de dirigir ya me sentiría lleno, aunque espero tener por delante unos veinte o treinta años para ver qué pasa. Me considero un privilegiado por poder estar dando guerra.

-¿Algún ritual antes de salir al escenario?

-Claro, muchos, pero el más importante es poder dormir un par de horas antes de la función, darme una buena ducha y dejar que todo fluya. Cuando estás delante de la orquesta los problemas desaparecen. Al terminar tienes tiempo para pensar.

-¿Cómo vive los momentos previos a pisar el foso?

-Con la tensión necesaria y con la incertidumbre de pensar qué pasará. Por muy bien que la orquesta suene nunca sabes qué puede suceder. Es un hecho que tiene bastante de mágico. Y en ello tiene mucho que ver el público, pues según cómo reaccionen ellos, así lo harás tú. Es una profesión en la que no existen los límites. Yo, desde el principio, he sido abierto de miras y no me he cerrado a nada.

-¿Compensa tanto esfuerzo para un momento tan corto?

-Totalmente, y es ahí donde radica la grandeza de esta profesión. La experiencia de un concierto en vivo es inigualable.

-Cuando no es el director sino que se sienta en el patio de butacas, ¿escucha de manera distinta?

-Sí, aunque existe una deformación. Lo veo escrito en un pentagrama.

-Se vende caro en España.

-Tengo proyectos cada dos o tres años. Por ejemplo, en marzo dirigiré a la Sinfónica de Castilla y León. Un día tiene 24 horas y, por desgracia o por fortuna, no puedes estar en dos sitios a la vez. Por ahora.

-Vive atado a una maleta.

-Llevar el equipaje en la mano es el pan nuestro de cada día. Y me llena. Mi familia viaja conmigo. Mi hijo, que tiene ya nueve meses, se está acostumbrando. Cuando vino al mundo ensayaba con la orquesta de Barcelona y un par de horas después nació él, pero pude estar presente en el parto. Ya ha escuchado su primer concierto y seguro que le gusta. Otra cosas es que se dedique a ello.