Vía: www.clarin.com/ Por Osvaldo Pepe

Nací hace 85 años en una isla correntina, Apipé Grande, en una familia muy pobre. Pude ir a la escuela hasta cuarto grado pues nunca mandaron a mi pueblo de Corrientes maestras para poder terminar quinto y sexto. Esperábamos el domingo con ansias y también con hambre atrasada, pues la Asociación Cooperadora nos convocaba a comer fideos a los alumnos más pobres.

Como fui abanderada, al terminar mis estudios me ofrecieron el cargo de Bibliotecaria y le pregunté a mi padre si podía seguir estudiando en Ituzaingó. Me contestó que consiguiera una pareja y tuviera hijos. Con eso era suficiente. Conseguí la ayuda de una hermanastra mayor que vivía en Buenos Aires y viajé a la gran ciudad con sólo 15 años para poder estudiar. Tuve mala suerte porque al poco tiempo descubrí la mala intención del compañero de mi hermana y salí a buscar trabajo urgentemente. En un matutino había una aviso que pedía niñera para una chiquita de 5 años. Me presenté y enseguida me tomaron. Mi misión era mantener el departamento en orden, hacer la comida y atender a la nena. Los padres eran profesionales y no regresaban hasta la tarde.

Despertaba a Marthita con el desayuno y la mamá me dejaba en un tocadiscos los vinilos de conciertos de piano hasta que llegaran del trabajo. La llevaban a su hijita a los conservatorios más prestigiosos. Trabajé con ellos durante cinco años, hasta que consiguieron una beca en Suiza y se trasladaron allí. Conseguí otro trabajo y comencé a estudiar en las Academias Pitman.

Ya casada, mi hijo, que es gerente en la Sociedad Argentina de Escritores, se enteró que estaban escribiendo un libro sobre la vida del director de orquesta Daniel Barenboim, y de los pianistas Bruno Gelber y Martha Argerich.

Cuando vinieron a dar un concierto presentaron el libro en el Hotel Paramount. Conseguí entradas con mi esposo y una entrevista con Marta Argerich de media hora. Le recordé su infancia y aquellos años en que la cuidaba y la despertaba con el desayuno. Nos abrazamos. A pesar de haber pasado casi 70 años, nunca la olvidé. Fue la “frutilla del postre” de mi vida, que no sé cuando acabará.

Esther Paredes
DNI 2.583.847

PD: mi jubilación mínima me alcanza para comprar el diario sólo los domingos. Si esta carta fuera publicada, desearía que fuese en cualquier domingo. Desde ya, muy agradecida.

Reencuentro con la niña prodigio

Esta carta, como se puede ver en la composición de Mariano Vior, llegó a la redacción escrita con una caligrafía que envidiaría cualquier joven de hoy, habituado a redactar al compás de los teclados virtuales de la tecnología digital.

La hizo Esther Paredes, de 85 años, pulso firme, ternura en el corazón y recuerdos templados en aquellos años difíciles. Venía de la pobreza más profunda y del desgarro de pegar un portazo al hogar familiar. Y se encontró trabajando en una casa de profesionales que le confiaron el cuidado del tesoro más preciado: su pequeña hija. Esther, la gran protagonista de la carta de hoy, nunca olvidó que fue la niñera de Martha Argerich, un talento argentino que hoy asombra al mundo y que tiene la sensibilidad propia de los artistas de excepción. Su niñera de hace décadas cobra hoy la jubilación mínima y su mayor gloria es haber arropado la incipiente genialidad de esa nena, mientras escuchaban juntas conciertos en viejos discos de vinilo que ya olían a futuro.