Vía Mundoclásico.com | Escrito por Agustín Blanco Bazán

Salzburgo, 18/08/2012. Gran Teatro de los Festivales de Salzburgo. La Bohème, ópera en cuatro actos con texto de Giuseppe Giacosa y Luigi Illica, y música de Giacomo Puccini. Damiano Michieletto, régie. Paolo Fantin, escenografía. Carla Teti, vestuarios. Martin Gebhardt, iluminación. Kathrin Brunner, dramaturgia. Nikolaos Lagousakos, acción coreográfica. Ernst Raffelsberger, preparador del coro. Piotr Beczala, Rodolfo; Anna Netrebko, Mimì; Massimo Cavalletti, Marcello; Nino Machaidze, Musetta; Alessio Arduini, Schaunard; Carlo Colombara, Colline; Davide Fersini, Benoît; Peter Kálmán, Alcindoro; y Paul Schweinester, Parpignol. Orquesta Filarmónica de Viena, Coro de la Ópera de Viena y Coro de niños del Festival de Salzburgo dirigidos por Daniele Gatti. Festival de Salzburgo

Alessio Arduini (Schaunard), Anna Netrebko (Mimi), Piotr Beczala (Rodolfo), La Bohème, Salzburger Festspiele, Grosses Festspielhaus, Salzburg 10. Aug 2012. Photo: Anne

Alessio Arduini (Schaunard), Anna Netrebko (Mimi), Piotr Beczala (Rodolfo), La Bohème, Salzburger Festspiele, Grosses Festspielhaus, Salzburg 10. Aug 2012. Photo: Anne

Alessio Arduini (Schaunard), Anna Netrebko (Mimi), Piotr Beczala (Rodolfo), Nino Machaidze (Musetta), Massimo Cavalletti (Marcello). La Bohème, Salzburger Festspiele, Grosses Festspielhaus, Salzburg 10. Aug 2012. Photo: Anne

Alessio Arduini (Schaunard), Anna Netrebko (Mimi), Piotr Beczala (Rodolfo), Nino Machaidze (Musetta), Massimo Cavalletti (Marcello). La Bohème, Salzburger Festspiele, Grosses Festspielhaus, Salzburg 10. Aug 2012. Photo: Anne

Estos bohemios 2012 duermen en colchones en el suelo, junto a cajas con libros y DVD, un desvencijado sillón y una máquina fotográfica con pie que Rodolfo usa profesionalmente. Los jóvenes son minúsculos en comparación con el decorado del fondo, una enorme ventana empañada por gotas de humedad donde desde afuera una enorme mano marca “Mimì” al final del primer acto, para borrar el nombre una vez muerta la heroína. Michieletto y Fantin parecen haberlo hecho adrede: en lugar de tratar de crear una atmósfera de intimidad capaz de contrarrestar el enorme escenario de la casa, apuestan con su gran ventana a agigantarlo todo aún mas y los cantantes parecen hormiguitas cuando transitan por los marcos que separan los paneles de vidrio. Uno de estos marcos, el de la línea vertical que divide a la ventana en dos, esconde la escalera de la buhardilla.En el segundo acto, la ventana se abre para permitir la irrupción de un enorme mapa del Barrio Latino con nombres de calles y atracciones turísticas sobre el cual los bohemios mueven casitas o se sientan sobre ellas. Ahora son ellos los gigantes en medio de una turística pequeñez urbana y Musetta hasta da luz a las ventanitas con solo dar un taconazo al suelo al comienzo de su vals lento. Esta alusión parisina, obvia, banal y copiada de ideas similares en muchas puestas es tal vez lo mas flojo de esta producción, que mejora en el tercer acto al mostrar una ruta helada con un pequeño kiosco de comidas de pie a un costado y luces intermitentes amarillas al fondo.

En los momentos mas histriónicos en una magnífica actuación, la Mimì de Anna Netrebko resbala en el hielo mientras busca a Marcello y luego se delata arrojando furiosamente al suelo vasos y condimentos de una de las mesas del puesto de comidas no bien ha escuchado la opinión de Rodolfo de que para curarla no basta el amor. Esta no es una heroína modosita sino una mujer hecha y derecha, frustrada ante la cobardía de su amante. La voz de Netrebko es hoy mas densa y cálida, con glorioso passaggio y capacidad de filado. En el primer acto entra rendida y cabizbaja, traumatizada por experiencias pasadas, buscando no sabe qué: ¿luz? ¿la llave que deja caer en el sofá?

Piotr Beczala canta con robusto color tímbrico en el medio y evidente esfuerzo en el agudo de ‘Che gelida manina’, luchando contra una indisposición vocal que malogró su actuación en esta puesta a lo largo de todas las representaciones.

Excelente del medio para arriba es la voz de Nino Machaidze como Musetta, y antológicos en todo sentido Marcello, Schaunard y Colline.

Con su gran ventana y sus alusiones parisinas, el regisseur ha caído en la  demasiado manida trampa de visualizar puerilmente el espacio escénico en desmedro de una acción dramática donde la confrontación de la juventud con la miseria y la muerte no debería ser distraída por banalidades de ideología turística. ¿Quiso pedirnos que no dejemos de advertir que detrás de la ciudad-luz hay una oscura miseria y que no nos dejemos llevar por el consumismo de guías y excursiones?

Afortunadamente estas interferencias ideológicas, que distraen, dentro de un drama que habla por sí mismo no alcanzaron a malograr un perceptivo movimiento de personas que finalmente termina imponiéndose con la irresistible convicción emocional de las mejores Bohème. Con desfachatez contemporánea interactúan Mimì y Rodolfo mientras tratan de conocerse mejor en la primera escena. Ella hasta le roba un libro, y él aprovecha un momento de distracción para revisarle la cartera, y cuando encuentra la llave, la hace tintinear como diciéndole: “¡Aquí está. Ven a buscarla!” Es entonces que en lugar de rozar la mano de Mimì, la coje férreamente para tomarle su temperatura.

Esta acertada visión de una Bohème sin amantes lánguidos sino por el contrario, vitales en sus impulsos y su sufrimiento, es acompañada desde el foso orquestal por un Daniele Gatti que, bien en la línea de Toscanini y Carlos Kleiber, impone una interpretación nunca evocativa o melancólica sino por el contrario, urgente y asertiva, con tiempos variados, bien cincelados en expresividad, y momentos de intensidad solo accesibles a través de una gran orquesta como lo es la Filarmónica de Viena. Sin melancolía sino con dinámico empuje lírico salió por ejemplo ‘O Mimì tu piu non torni’. El comentario de chelos en ‘Che gelida manina’, la expansión policromática en el segundo acto y la lenta e intensa premonición de las cuerdas en contraste con el marcado de flautas al comienzo del acto tercero son sólo algunos ejemplos de una lectura orquestal memorable.

La irrupción de Mimì en el acto final es mostrada como la primera experiencia con la proximidad de la muerte en jóvenes que pretenden ignorar que esta existe. Todos se mueven nerviosamente sin saber que hacer, y Schaunard opta por una posición fetal en el suelo o contra la ventana antes de descubrir que Mimì ha muerto. El desvaneciente “dormire” de Netrebko cae como una gran gota, en un pianissimo de mágica redondez. El cuerpo se inclina a un lado abruptamente hasta tocar el suelo con la cabeza. Si los bohemios no lo perciben enseguida ello se debe a que el colchón está junto a los objetos apilados para la mudanza impuesta por el desalojo decidido por Benoit. Es en “andare y venire” y las miradas de los bohemios a Rodolfo que esta producción alcanza su momento dramático más genuino, con ventanas de cualquier tamaño.