Vía: diariodecadiz.es | Por GONZALO DÍAZ / ARBOLÍ

El autor de esta ópera, Gaetano Donizzeti, con libreto de Salvatore Cammarano, basado en la novela The Bride of Lammermoor de Sir Walter Scott.

El argumento narra la historia de una joven, (Lucía), mentalmente débil, apresada en la enemistad de dos poderosas familias escocesas del siglo XVII: la suya, los Ashton y la de los Ravenswood.

La obra fue estrenada en el Teatro de San Carlos en Nápoles el 26 de septiembre de 1835.

Hoy, día 20 de enero, queremos recordar a María Callas que el 18 de enero de 1954 en el teatro La Scala de Milán cantó Lucía, dándole toda la gloria trágica original. Desde entonces se convirtió en un referente del repertorio operístico.

La producción de La Scala constituyó una de las noches supremas de su carrera, era la época en la que podía sostener un Mi bemol más de diez segundos. Su director fue Herbert von Karajan. A Callas le encantaba hacer música con Karajan, que era medio griego y además, dirigió magistralmente la partitura de Donizzeti.

Si Callas constituyó una revelación vocal en La Scala, para la acción escénica le bastaba con su magnetismo personal, que fue una de sus cualidades más inexplicables.

En los escenarios era una diosa de la interpretación, además de una magnífica cantante, proyectando en las obras el pathos ( palabra griega que expresa todo lo que uno experimenta o siente: pena, pasión, cólera, aflicción).

Cuando la producción de La Scala se presentó en el Festival de Berlín, en otoño de 1955, la relación entre Callas y von Karajan había alcanzado una sutileza de expresión mucho mayor y los alemanes se rindieron ante la belleza romántica de la partitura de Donizzeti. Cuando Callas salió a recibir el aplauso del público, las rosas caían de la galería.

En 1954 con su presentación en la ópera de Chicago, el público se abalanzó hasta el escenario para poder tocarla. Siempre que la Callas cantaba Lucía, el público reaccionaba con el mismo entusiasmo.

La escena de la locura, uno de los más bellos y difíciles pasajes de coloratura que se hayan escrito nunca, constituía la esencia de su genio. “Il dolce suono…Spargi d’amaro pianto” del acto III, contiene las notas para soprano más altas del repertorio: dos mi bemoles sobreagudos.

El triunfo de Callas en el papel de Lucía empezó a enseñar al público el significado dramático de esta obra, tanto en su presencia escénica como en la interpretación musical. A partir de la Lucía de Callas, le sucedieron una serie de notables Lucías, en especial Joan Sutherland, para quien esta interpretación supuso un gran paso en su carrera.