Vía: ABC.es | Alberto gonzález lapuente / madrid

La Filarmónica de Berlín y Simon Rattle se despidieron de Madrid con dos conciertos en el ciclo Ibermúsica

Simón Rattle Foto: ©Javier de Real

Simón Rattle Foto: ©Javier de Real

La Filarmónica de Berlín y su director titular Simon Rattle han recorrido un generoso camino durante su estancia madrileña: de Mozart a Alban Berg, incluyendo a Beethoven, Fauré, Mahler y Schumann. Comenzaron alojándose en el Teatro Real y han terminado en el ciclo de Ibermúsica donde han ofrecido dos conciertos que han servido de clausura a una temporada colmada de estrellas sinfónicas. Berlín y Rattle están entre ellas, por supuesto, aunque sólo sea por la impresionante robustez que transmite una agrupación técnicamente deslumbrante, dominadora de una gama expresiva formidable y de una aquilatada capacidad para anticipar la certeza del resultado. Seguridad, en definitiva, que ha tenido su réplica en el vértigo de las voces afiladas y afinadísimas del Orfeón Donostiarra para el «Réquiem» de Fauré, particularmente claras en el timbre y francesas en el acento; o ante la exquisita continuidad con la que el violinista Guy Braunstein presentó el concierto «A la memoria de un ángel» en la despedida tras su trabajo como concertino de la Filarmónica desde el 2000.

Son por tanto muchos los detalles que cabe recordar y muchos los ejemplos que ayudarían a comprender la razón de versiones tan acabadas y rotundas de las sinfonías 2 y 3 de Schumann, particularmente el ejercicio de virtuosismo en la conclusión del «Scherzo» de aquella y el desarrollo en crecimiento del tercer movimiento de esta. En todo momento, desde la perspectiva de la densidad, de la amalgama instrumental y la espesura de acuerdo con una orquesta que materializa, en la actualidad, una particular neutralidad en el color y una contenida emotividad.

Rattle es el artífice de la actual Filarmónica, un ejemplo preclaro de ductilidad a partir de una homogeneidad general que atenúa la incipiente filología de muchos acentos en la obertura de «La flauta mágica» y que hace tabla rasa de la recomendable elevación del «Blumine» mahleriano. De ahí que el interés final de estos conciertos, apabullantes en muchas de las soluciones musicales planteadas, haya estado próximo a la contemplación siempre enriquecedora del hacer de unos músicos cuya poderosa individualidad se reúne en una potente máquina orquestal tan sólida en su apariencia como enorme en sus posibilidades.