Vía: El Correo.com | Escritopor César Coca

El tenor mexicano emprende una carrera literaria contando la peripecia de un payaso que reescribe su propia vida

¿Un tenor novelista? Pues sí. El mexicano Rolando Villazón, el gran intérprete de un puñado de papeles en los principales títulos del repertorio operístico, el 50% de una de las mejores parejas líricas de la última década –el otro 50% es Anna Netrebko–, se sube al escenario de la literatura en un rol poco habitual. Porque músicos que hayan escrito sobre su disciplina artística o sus memorias hay unos cuantos, pero adentrarse en la ficción es otro cantar, y espero que me disculpen el fácil juego de palabras.

"Malabares" de Rolando Villazón

“Malabares” de Rolando Villazón

¿De qué trata ‘Malabares’? Pues podríamos decir que, como en el clásico de Heinrich Böll, son ‘opiniones de un payaso’. El protagonista es Macolieta, un payaso humilde que se gana la vida en fiestas infantiles y pequeñas actuaciones y ocupa sus ratos libres escribiendo en un cuaderno la peripecia de Balancín, un colega que triunfa en los grandes escenarios. Macolieta reescribe su propia vida, añadiendo unos cuantos éxitos profesionales y personales, en la figura de Balancín. Donde aquel sufre de desamor y soledad, éste es un afortunado padre de familia con una esposa adorable y dos hijos que son su pasión. Donde el primero se enfrenta cada día a modestos castings y actúa ante un puñado de niños y padres, el segundo comparte cartel con las grandes figuras de la escena.

Macolieta tiene dos compañeros de aventura, Claudio y Max. Los tres tienen diálogos que oscilan entre la profundidad filosófica y el humor ingenuo, casi infantil. Los tres repasan el sentido de la vida, el arte y el amor y llega un momento en que, en el juego de espejos que termina siendo la realidad y la ficción, todo se confunde, para bien y para mal.

Villazón demuestra que conoce bien las claves básicas de la literatura y que ha leído mucho. Hay ternura e ironía en sus páginas, una velada autocrítica al mundo del espectáculo –incluida la ópera, de la que habla de pasada algunas veces– y una dosis de profunda melancolía. Es inevitable no pensar, siquiera un momento, en la ópera de Leoncavallo.