Vía:  www.lamarea.com/ Alfredo Vicent

Hace ya mucho tiempo que nos hemos quedado sin diálogo. Hemos ido perdiendo progresivamente las facultades que lo hacían posible

“Cuando escucho la radio todo parece tremendamente comprimido y ruidoso, registrado sin más criterio que el de impresionar. Sin claridad, cuando no hay nada más misterioso que la claridad. La gente ya no se concentra en la música. La paciencia y la disciplina están en peligro. La escuela de la escucha está en peligro”. Manfred Eicher (Lindau, 1943) en “Viaje al final del sonido”, El País, 10 de diciembre de 2012, p. 34.

Estas declaraciones, hechas por el fundador del sello alemán de discos de jazz y música contemporánea ECM, son un certero diagnóstico de nuestra actualidad sonora. Y por extensión, de nuestra actualidad cultural. La poderosa tecnología de la imagen y el sonido y su inmediatez nos han desposeído del tiempo. Tiempo para ejercitar y desarrollar la capacidad de atención en nuestra vida. Nuestra condición y dignidad de personas vive debilitada por todo lo que sucede, deprisa, a nuestro alrededor. La verdadera crisis está en nosotros mismos, en nuestro aturdimiento, en nuestra incapacidad para ver, escuchar y procesar con claridad lo que está pasando. Las leyes del mercado nos mantienen convenientemente distraídos, la sobreinformación solo consigue nuestra domesticación.

Si para Boecio en el siglo VI, “cualquiera que llega al fondo de sí mismo, sabe lo que es la música” (De institutione música, Libro I), catorce siglos después, para el compositor alemán y pedagogo, Carl Orff, “la música comienza en el hombre, no en el instrumento, ni en el primer dedo ni en la primera posición, o en este o aquél acorde. Lo primero es el propio silencio, el escuchar hacia adentro, el estar abierto (preparado) para recibir la música, para escuchar el propio latido y la propia respiración” (Musik der Kindheit, 1932). En el fondo de estas dos declaraciones está la evidencia de un mundo interior que ha experimentado el misterio de la música, o, lo que es lo mismo, la claridad de ese misterio. Esto es, se han dado las condiciones para la verdadera escucha.

A lo largo de la Edad Media, recorrer los caminos de las siete artes liberales, es decir, del Trivium (Gramática, Dialéctica y Retórica) y del Quadrivium (Aritmética, Geometría, Astronomía y Música) era el ejercicio que desarrollaba entonces el mundo interior de un hombre libre. Hoy los espacios para recorrer son de otra naturaleza. Nuestra percepción está muy dispersa y la aventura del conocimiento ha quedado reducida a un trámite. Nuestra mente ha perdido la capacidad de inquirir, de descubrir, de asombrarse.

Hace ya mucho tiempo que nos hemos quedado sin diálogo. Hemos ido perdiendo progresivamente las facultades que lo hacían posible: escuchar, preguntar, pensar con un orden, argumentar, criticar para construir e iluminar lo que está oscuro y es confuso. La actitud dogmática simula protegernos con resultados y soluciones, a la vez que nos aleja de la verdadera actitud científica, donde nada se cierra porque siempre hay una nueva pregunta por hacer. El verdadero valor de la cultura se nos oculta tras una sucesión demasiado vertiginosa de sucesos, y nada nos puede hacer más libres y poderosos que ser cultos en su sentido profundo. Hace ya muchos siglos, Aristóteles proclamaba abiertamente en su Política: “Nada hay tan poderoso como el ritmo y el canto de la música, para imitar, aproximándose a la realidad tanto como sea posible, la cólera, la bondad, el valor, la misma prudencia, y todos los sentimientos del alma, como igualmente todos los opuestos a éstos” (Política, Libro VIII, 5).

Y hoy el valor de la música sigue estando en la experiencia del ritmo, que es el orden en el movimiento, según el pensamiento clásico. En la armonía de los contrarios que es la sinfonía de sonidos, en el diálogo de la pregunta y la respuesta, en la capacidad de escucha, de concertar y respirar juntos, de desaparecer para sumar, de equilibrar nuestro pensamiento y nuestras emociones, de hacer silencio para pensar la primera nota y regresar al silencio después, cuando todo ha sido dicho y expresado. Todos podemos escuchar la música, la verdadera escucha nunca será un trámite. Gracias a ella podemos ser mejores, que es tanto como llegar a ser lo que realmente somos.

Y así, sólo desde la experiencia de la música podemos compartir esta certeza:

La lección más difícil para el ser humano – aprender a vivir con disciplina pero también con pasión, con libertad y al mismo tiempo con orden – es evidente en cualquier frase musical. (Daniel Barenboim, El sonido es vida, 2008, p. 34).

Alfredo Vicent es profesor de la UAM y Doctor en Historia y Ciencias de la Música