Todo lo sonoro se disuelve en el aire


Vía: festivaldemusicadecanarias.wordpress.com

O algo así es lo que motiva el trabajo del guitarrista y compositor venezolano  Pedro Barboza y su ensemble Patchwotk, formado por Guillermo Torres a la trompeta , Núria Andorrà a la  percusión, Carlos Costa al contrabajo y Carlos Lupprian con electrónica en vivo.  No se llaman Patchwork  por ser especialmente aficionados a las labores (¡bueno, en realidad no sé si también  es por eso!), sino de Mil mesetas, un libro de filosofía de Deleuze y Guattari y que define su concepción musical:

El patchwork puede presentar a su vez equivalentes de temas, de simetrías, de resonancia que lo acercan al bordado. Ahora bien, en el patchwork el espacio no está constituido de la misma manera que en el bordado: no hay centro.[…] “Trabajaba en él desde hacía quince años, lo llevaba con ella a todas partes en un deformado saco de brocado, que contenía toda una colección de trozos de tela de color, de todas las formas posibles. Nunca era capaz de decidirse a disponerlos según un modelo definitivo, por eso los cambiaba, los volvía a colocar, reflexionaba, los cambiaba y los volvía a colocar  de nuevo como las piezas de un juego de paciencia nunca terminado, recurrir a las tijeras, alisando con sus suaves dedos…”. Una colección amorfa de trozos yuxtapuestos, cuya conexión puede hacerse de infinitas maneras. […] De ahí que en la fabricación del patchwork se constituyan grupos de trabajo muy especiales […]. El espacio liso del patchwork muestra suficientemente que `liso` no quiere decir homogéneo, al contrario: espacio amorfo, informal y que prefigura el open art. […]  el patchwork no sólo tomará nombres de trayectos, sino que representará trayectos.

La intención de los Patchwork es llevar esta reflexión sobre lo colocado, lo cambiado, lo recolocado y lo recambiado a la música. Y, para ello, nos traen tres obras creadas especialmente para el Festival de música de Canarias.

La primera de ellas es Simpatía, una obra para guitarra y dos cajas, que vibran por “simpatía”. Esto de la simpatía significa que un cuerpo es inducido a vibrar (y, en este caso, emite sonido) por otro  que también vibra. No es exactamente el caso de la puerta de mi cuarto, que vibra y suena cada vez que pasa el metro por debajo o cuando la lavadora centrifuga. Sino más bien que cuando tocamos un “do” en un piano, todas las cuerdas “do” van a vibrar -aunque no podamos escucharlo.

Para construir la obra, el sonido “simpático” (perdonen el chiste malo) de las cajas es manipulado de forma electrónica con un software llamado Max.
Aquí les dejo unos vídeos que el propio Pedro Barboza nos comparte en su canal de youtube sobre su proceso de creación:


Ya en más de una ocasión les he comentado que uno de los hitos del siglo XX musical fue comenzar a trabajar con sonoridades distintas a las tradicionales de los instrumentos. Esto tiene que ver con que la electrónica permitía generar casi cualquier sonido imaginado por el artista, algo que hizo que algunos compositores encontrasen límites en los instrumentos… “analógicos”. Ya les puse un día Pression de Lachenmann para mostrar un ejemplo de cómo se pueden sacar sonoridades en principio no habituales de instrumentos tradicionales:

Algo similar se ha comenzado a hacer hace poco con respecto a la guitarra eléctrica, que era un instrumento asociado a la música pop. Ya hay numerosos músicos que explorar sus posibilidades. Uno de ellos es Ferran Fages y, en Canarias, entre otros, Zebenzui González, Manolo Rodríguez y Tony Peña.

La siguiente obra es Ori-gen, que pretende mostrar un diálogo de ida y vuelta entre voces canarias y venezolanas.Para ello, toman dos poemas, uno de Ernesto Suárez (CAN) y otro de Alejandro Suárez (VLZ) que son trabajados como material sonoro al traducirse al silbo gomero y al utilizarse de forma mutilada, casi a nivel fonético, de tal forma que los poemas se reduzcan a su mínima expresión y puedan ser desplazados hacia otros lugares. Esto no solo aparece en la música, sino también en proyecciones de vídeoarte creadas por Beatriz Salvatierra. La idea está ahí, pero la obra no está terminada. Al igual que la obra que cierra el concierto, Acciones colectivas, Ori-gen es un producto improvisado, cambiante cada vez, para el cual Barboza y los suyos sólo preparan un guión pero se dejan llevar. Es decir, es una pieza compuesta para músicos improvisadores. La improvisación, a diferencia de lo que se pueda creer, no es tocar “lo que te dé la gana”, sino que es crear música mientras se está ejecutando.

La improvisación, en realidad, es quizá la herramienta más importante en la historia de la música, aunque parezca que es cosa del jazz o algo así. Ya desde el canto gregoriano, al menos, los cantantes añadían florituras y melodías diversas al final del Aleluia: era el Iubilus.

Como no había muchos problemas en las abadías y conventos con estos añadidos, pocos a poco se fueron viniendo arriba los cantantes y añadieron ¡más voces! sobre el canto fijo (cantus firmus). Luego, en el barroco, los compositores no escribían voz de bajo. Los músicos tenían que ir improvisando según la armonía que correspondiera a cada caso. Además, tocar las melodías añadiendo trinos por aquí o apoyaturas por allá era lo normal. Pero, de nuevo, no se escribía. Los compositores tenían mucho trabajo como para estar indicando todo, sobre todo porque se entendía que el buen intérprete tenía que ser capaz de añadir algo de su parte. Eso pasaba, también, con las cadencias de los conciertos clásicos. ¿Qué pasó, entonces, para que la improvisación nos parezca algo tan moderno? Pues que poco a poco el compositor se convirtió en “artista” y su música en “obra de arte”. Por tanto, cada pequeño detalle estaba decidido por la “mente de un genio”. Si el intérprete añadía algo, ¡ay! estaba incurriendo en una posible deformación de tal maravilla de la creación. Hasta que llegamos al siglo XX y todo esto se pone de nuevo patas arriba.