Vía: El País

Hay intérpretes que pasan desapercibidos entre el escaparate de las excentricidades –algo desaconsejable en el mundo clásico- pero que cuentan con mejores atractivos: el rigor y el riesgo a partes iguales. Nunca Lluís Claret será noticia por sus rarezas. No encontraremos un perfil suyo en los periódicos donde se haga hincapié en que necesita no sé qué bobadas para que respire su chelo o en donde presuma de noches insomnes y tormentosas tratando de sacar partido máximo de su instrumento.
Claret, este violonchelista magistral, sin aires de superioridad altisonantes, ni manías fuera de tono, es un tipo de lo más normal más allá de la singularidad que supone haber nacido en Andorra (1951). Allí tuvieron que exiliarse sus padres en la época de Franco si debemos de dar fe de un carácter rebelde y resistente en la familia, dos cualidades que no vienen mal para dedicarse al chelo.


Lluís Claret

No extraña tampoco que Claret siga la senda de Pau Casals, cuyo concurso ganó en su día y a quien le unió el vínculo que supuso haber trabajado junto a su hermano Enric en los inicios de su carrera. A aquel rebelde insurrecto, ecuánime, comprometido con la libertad, la II República y los Derechos Humanos de pies a cabeza debemos la recuperación histórica de las Suites para violonchelo de Johann Sebastian Bach.Fue algo que quedó perfectamente registrado en toda su grandeza como un paralelismo milagroso en el libro Las suites para violonchelo (Turner), del crítico canadiense Eric Siblin, que une la genialidad de la creación de dicha obra en el siglo XVIII por el músico alemán –quizás como ejercicios de práctica- y la resurrección de las mismas gracias a Casals, que las encontró de casualidad en una tienda de partituras de segunda mano en la calle Ample de Barcelona.Claret las graba ahora, poco a poco, y va rodándolas por todas partes con el cuidado de su destreza y un sereno virtuosismo producto de años de intensa dedicación. Hoy recala en Madrid –Auditorio Nacional- pero el pasado domingo ofreció un aperitivo en un escenario inusual: el estudio madrileño del escultor Francisco Leiro. El artista gallego es uno de esos espíritus sui generis e inquietos que encuentra paz inspirándose en la música: un arte que le resulta galimatías e inaccesible para su paciencia, al que, dice, sería incapaz de dedicarse.Pero no por huir de la armonía. Más bien, al contrario. Cuando la música de Bach volaba el pasado domingo por la nave de Leiro desde las manos de Claret buscaba refugio entre los brazos de sus esculturas. Entonces fuimos testigos de algo insólito. Una fusión original y como mínimo mágica que detenía el tiempo y te reconciliaba con los misterios de la vida.

El Bach de Claret es moderno y vivo, responde a una demanda contemporánea, hermana con el pulso del presente por su firme y poética fragilidad, se adapta a cualquier espacio, es sabio, profundo y carece de artificio. Es un Bach fresco y maduro, un lujo al alcance hoy de quien quiera disfrutarlo en el Auditorio Nacional madrileño.