Vía: valenciaplaza.com | Por ROSA SOLA

Livermore repone esta producción con cantantes del centro de prefeccionamiento Plácido Domingo, con Manuel Coves a la batuta y precios populares

Empezó la pretemporada de Les Arts, que abarca una ópera, una zarzuela, una cantata, un concierto y un concierto-espectáculo, todo a precios populares (de 50 a 20 euros la butaca para ópera y zarzuela). Y empieza reponiendo La Bohème ya vista en Les Arts en 2012, con la misma producción e idénticos coros, orquesta y director artístico. Varían los solistas y el director musical. Y, desde luego, varió el resultado.

En cuanto al primer aspecto, se trata de una coproducción entre el Palau de les Arts y la Opera Company de Philadelphia, cuya escenografía, iluminación y dirección de escena son obra de Davide Livermore, actual intendente del recinto. Livermore sitúa la acción hacia finales del siglo XIX, no provocando este cambio ningún chirrido con lo que se dice en el libreto, o con el tono romántico de la historia. Máxime cuando el primer acto se ambienta con proyecciones inspiradas en cuadros de la Fundación Barnes de Filadelfia, muchas de ellas con pincelada impresionista. La escenografía se torna festiva y colorida en el segundo, donde el regista mueve con acierto a todo el gentío que celebra la Nochebuena en el Barrio Latino de París.

El tercero se hace radicalmente conciso: sólo los grandes copos de nieve, con su toquenaïf, suavizan unos tonos sombríos donde ya se prefigura la tragedia. El cuarto acto, por último, como no podía ser de otra manera, termina en la misma buhardilla del primero, pero sin el movimiento proporcionado por el cambio constante de las proyecciones. Livermore consigue, pues, escapar a los topicazos del “cutrerío buhardillesco” ligado a la bohemia y, al tiempo, sigue fielmente el libreto. De esta forma, por ejemplo, puede ponerle a la protagonista la cofia y el manguito que tienen tanta importancia simbólica en esta ópera. La dirección de actores fue buena como tal, pero si se hubiera tenido en cuenta la potencia de las voces, en ocasiones bastante apuradas, quizá hubieran convenido otras ubicaciones.

Y es que esta Bohème volvió a plantearle al oyente la vieja pregunta: ¿qué importa más en un cantante, las condiciones innatas de su voz, la técnica canora o la capacidad de transmitir emociones? Todo, todo, se dirá, aunque todo no siempre se tiene.Ciñéndonos sólo a las dos últimas -las condiciones innatas son anatómicas y pueden potenciarse, pero no crearse- conviene reconocer que técnica y expresión no siempre van juntas. En algunos casos, sin embargo, hay un buen equilibrio entre ambas. En otros predomina claramente, o bien la técnica, o bien la expresividad.

Y, cuidado: no conviene apuntarse a ciegas a lo segundo -en el campo de la ópera al menos-, porque un cantante que desafine, o aquellos cuya voz no consiga atravesar el “maldito” foso de la orquesta (para que el público perciba todo su resplandor de una parte a otra de la sala), lo tienen difícil, por mucha expresión que derrochen. La expresión va incrustada en la voz, como el jinete va sobre el caballo, y si la voz no llega bien al público –o desentona, o no tiene color, o es fea por naturaleza- el edificio se tambalea. Es distinto en el campo del jazz o del pop, donde los micrófonos solventan, aunque sólo en parte, alguno de esos problemas.

En La Bohème del día 3 tuvimos buenos ejemplos de lo anterior. Las voces, bien timbradas y expresivas todas ellas, mostraron, sin embargo, dificultades para cruzar el foso y proyectarse fácilmente en la sala, con excepción de Angel Blue (Mimí), que andaba sobrada al respecto. Desde luego, en condiciones favorables sí que lo conseguían: cuando la orquesta tocaba en piano, con el cantante totalmente de frente o en el registro más agudo de la voz, el más brillante. Si se observan filmaciones antiguas de ópera, casi siempre vemos a los protagonistas plantados como estacas de cara al público: antes se priorizaba el efecto musical sobre el escénico. Hoy en día, sin embargo, nos resultaría insoportable contemplar un dúo de amor –o cualquier tipo de diálogo- donde se nos mirara a nosotros en lugar de mirarse entre sí. Pero sólo las grandes voces, o las muy experimentadas, saben cómo hacerlo sin que, súbitamente, el volumen baje de forma notable.

Aldo Heo, Felipe Bou y German Olvera fueron magníficos actores y esforzados cantantes, pero aún les queda grande la sala principal de Les Arts para papeles como estos. Con cierta similitud en las coordenadas, aunque en menor grado, se movióGiordano Lucà (Rodolfo): buen actor, voz atractiva, con metal y capacidad para alcanzar las cimas agudas de la partitura. Sin embargo, no acabó de redondear el fraseo que Puccini demanda, y tuvo también problemas puntuales para proyectar el sonido. A laMusetta de Lina Mendes le causó aprietos el haber extremado la comicidad en el segundo acto, ya que la melancolía latente del aria “Quando men vo soletta per la via”chocaba con todo lo anterior, y restaba credibilidad al sincero dramatismo de su intervención en el cuarto.

Lo mejor, en cuanto a solistas, fue la actuación de Angel Blue: una voz vibrante, con bastante cuerpo, potente y atractiva. Ciertamente, todavía tiene aspectos que perfilar en el delicado papel de Mimí, donde ahora se estrena, después de haber sidoMusetta en 2013. Con todo, ya intentó abordar el fraseo lleno de matices que demanda el compositor de Lucca, y pronto volverá a cantar el mismo rol para la English National Opera. La soprano californiana estuvo también en el Centro de Perfeccionamiento Plácido Domingo, al igual que el resto del reparto (con excepción del tenor), y en estos momentos parece que vuela ya sola.

Llevó la batuta Manuel Coves, director de la Orquesta de la Universidad Carlos III de Madrid, que tuvo dificultades para concertar la escena inicial, con el cuarteto de bohemios (y luego Benoît) haciendo el ganso. Hay dudas razonables sobre quién tuvo mayor responsabilidad en el asunto: cantantes, director o, probablemente, todos. Visto lo cual, podía temerse un gran cataclismo en el segundo acto, con el Cor de la Generalitat, los dos de niños (Veus Juntes de Quart de Poblet y la Escolanía de la Virgen), artistas de circo y figurantes, en un escenario repleto de gente. Alguna cosilla hubo, pero, en general, sobrevivió la escena y los coros funcionaron con corrección. La orquesta tuvo, a lo largo de la representación, momentos espléndidos pero puntuales. El resto del tiempo tocó bien. Pero de esa orquesta se espera que toquen mucho mejor que bien, porque esa huella es la que ha prendido en el corazón del público.

Parece tonto negar la evidencia: la Bohème que se citaba al principio, la de 2012, con la misma escenografía, orquesta, etc, contó con la dirección musical de Riccardo Chailly (que vino a hacerle un favor a su amiga Helga Schmidt), y toda la obra discurrió de otra manera. Los solistas tenían, asimismo, otro peso, aunque Aquiles Machado (Rodolfo) tuviera un ataque de pánico escénico (o de lo que fuera) en una de las representaciones. Es verdad que la música de Puccini enamoró al público también esta vez, ya que La Bohème es una obra que siempre gusta, especialmente cuando no se ha oído una versión mejor.

A día de hoy está casi todo vendido en las cinco funciones programadas, en parte por la música en sí y en parte por los precios, realmente asequibles. Pero quizá no haya sido tan buena idea el iniciar con un perfil bajo esta nueva etapa. Porque, al final, todo tiene un coste. Y no es cierto que la merma de ingresos no suponga, en bastantes casos, rebajar la calidad. Sobre todo cuando la ópera de Valencia no cuenta con las mismas ayudas estatales que otros coliseos españoles.