Ruby, Nellie y Pannonica quedaron inmortalizadas en composiciones decisivas para el curso del jazz. En el centenario del nacimiento de este pianista y compositor revolucionario, se recuperan sus historias y su influencia

Vía: www.lanacion.com.ar | Por Eduardo De Simone

En el alma de tres temas que influyeron decisivamente en el curso del jazz hay tres grandes mujeres. Son las que sostuvieron el ascenso y contuvieron el derrumbe de uno de los grandes genios musicales del siglo XX, Thelonious Monk, compositor y pianista de cuyo nacimiento se cumplen 100 años este mes con celebraciones todo terreno.

Los festejos por el centenario de Monk son inevitables: su sonido es de una modernidad a toda prueba y sus composiciones son un desafío para músicos de distintas vertientes. Avanzada la década del 40, en pleno auge del bop que él contribuyó a alumbrar, entraba y salía de lo que todos hacían porque su mundo se extendía aún más allá. Estaba construyendo un cuerpo musical que explotaría en los años siguientes y un estilo interpretativo que ningún pianista emuló, pero todos absorbieron. Desde los clásicos hasta los vanguardistas del free.

Estos cien años llegan repletos de novedades y celebraciones: reediciones en vinilo y en otros formatos, lanzamientos de grabaciones que no habían visto la luz y una infinidad de conciertos homenaje, principalmente en Nueva York y en París. Por lo pronto, el sello Craft Recordings acaba de echar a rodar una edición de lujo con tres vinilos que incluyen los conciertos que registraron Monk y Coltrane en el Five Spot Café en 1957 y el único disco en estudio que grabaron entre abril y julio de ese año. La experiencia fue vital para Coltrane. “Trabajar con Monk me llevó hacia una arquitectura musical del más alto nivel”, diría luego el saxofonista. Las sesiones editadas en esta caja bien seductora para coleccionistas incluyen la participación de Art Blakey, Wilbur Ware, Coleman Hawkins, Shadow Wilson, Ray Copeland y Gigi Gryce. Por separado, Sam Records lanzó un CD doble (a la vez en vinilo) con la única banda de sonido registrada especialmente por Monk. Fue en 1959, para la película Las relaciones peligrosas, de Roger Vadim. No es música original, sino algunos de sus clásicos interpretados con variaciones para la película. Por desacuerdos y complicaciones diversas la grabación no fue editada en su momento y quedó abandonada en un archivo (se lanzó, en cambio, un soundtrack con música de Duke Jordan a cargo de Art Blakey & The Jazz Messengers). Pero se recuperó este año, con un booklet de 56 páginas y fotos y ensayos inéditos. Monk tuvo allí compañía de primer nivel: Charlie Rouse y Barney Wilen en saxos, Sam Jones en contrabajo y Art Taylor en batería. Fue una de las pocas ocasiones en las que alistó a dos saxofonistas.

“Trabajar con Monk me llevó hacia una arquitectura musical del más alto nivel”, diría luego el saxofonista.”

El encanto y la fuerza

Pero Monk no habría concebido acaso algunas de sus obras más emblemáticas si no se hubiera cruzado con tres mujeres que resultaron definitorias en su vida y en su introspección musical. Hablamos de Ruby, uno de sus primeros amores adolescentes; de Nellie, su mujer de toda la vida, y de Pannonica, su gran protectora y amiga hasta el final.

Monk quedó deslumbrado con Rubie Richardson, una compañera de su hermana, hacia el fin de su adolescencia. La relación no fue un remanso porque los padres de ella no ocultaban su hostilidad hacia un joven que se alejaba de los cánones esperados. Pero el vínculo quedó inmortalizado en un standard que resultó ser uno de los más versionados por los adoradores de la marca Monk: Ruby, My Dear. El tema fue originalmente anotado en 1945 con el nombre Manhattan Moods, pero rápidamente varió en el homenaje a Ruby. Monk lo grabó para Blue Note en 1947 y aunque la industria lo imaginó con alto potencial comercial por su melodía y su estimulante movimiento armónico, en las manos de su autor nunca sería una balada de escucha ligera. Si bien el tema pasó inadvertido luego del estreno, Monk insistió y lo registró con Coleman Hawkins y John Coltrane, entre otros. Diez años después, estallaría entre músicos de jazz de sucesivas generaciones, desde Kenny Dorham hasta Joe Lovano, incluyendo una versión con letra de Carmen McRae, inmortalizada en el excepcional disco Carmen sings Monk, de 1988.

El encanto de Ruby quedaría luego eclipsado por quien fuera la mujer de toda la vida y vigoroso sostén de Thelonious, Nellie Smith. Con ella tuvo dos hijos y en sus brazos lo fulminó una hemorragia cerebral. Sucedió en una triste noche de 1982, en la amplia casona de la otra mujer decisiva en su recorrido: su benefactora y protectora Pannonica de Koenigswarter.

Nellie conoció a Monk a los 12 años. Tendría que esperar otros quince para casarse con él. Ella asumió de inmediato que la estrella del músico necesitaría un entorno despejado para brillar. Se transformó en la jefa de la casa y en un estímulo permanente. Monk cristalizó el vínculo en un tema también destinado a perdurar: Crepuscule With Nellie. Lo compuso en 1957, inquieto por una operación de tiroides a la que sería sometida Nellie, y la grabó ese mismo año. Es también una balada, pero con la clásica impronta monkiana, concebida originalmente para avanzar de manera directa, sin espacio para la improvisación. Thelonious pensó en bautizarla Twilight With Nellie, pero Pannonica lo convenció para cambiar Twilight por Crepuscule, enfatizando el título con cierto acento francés. Monk grabó este tema en distintos años y con formaciones diversas. Lo hizo con su inseparable compañero de ruta Charlie Rouse en saxo y también con Coltrane, incluso en las cintas recuperadas del concierto de 1957 en el Carnegie Hall, que luego de años de oscuridad fueron editadas con pompa en 2005. Y hasta en una versión con orquesta de 1959 en el Town Hall de Nueva York, con una poderosa front line que alistaba al mencionado Rouse, Phil Woods, Donald Byrd, Pepper Adams y Eddie Bert, entre otros.

El mundo del jazz reconoció a Nellie como una suerte de pulmotor de Monk. Él hacía la música y ella todo lo demás, hasta verse desbordada por tres empleos a la vez para aguantar la parada cuando a él le retiraron la licencia para tocar en clubes por más de seis años. Se había inculpado en una requisa de drogas para proteger a su amigo pianista Bud Powell y sólo pudo volver al ruedo en 1957.

Nellie debió reconstruir la vida de toda la familia -Monk y los dos hijos de ambos- luego de que, a principios de los años sesenta, un incendio destruyera la casa común con todas sus posesiones, incluido el piano, los discos y hasta los manuscritos originales de las composiciones que se harían famosas. Lo hizo, naturalmente, con la convicción de que la música de su marido estaba destinada a atravesar el tiempo.

Abundan las historias sobre Nellie, así como los testimonios de su fortaleza a toda prueba. Pero una anécdota trivial que Nellie le reveló al escritor Nat Hentoff dice mucho sobre la mirada y el espíritu de Monk. Nellie admitía tener una fobia especial por cuadros, relojes y otros objetos de pared colgados de manera torcida. Conociendo esa manía (o acaso no) Monk se dedicaba a inclinar todo lo que veía a su paso, desbaratando permanentemente la prolijidad del entorno. Nada tiene que ser como todos esperan. Igual que su música.

Nellie sobrevivió a su marido y murió en 2002, a los 80 años, en un hospital de Manhattan.

De sus hijos con Monk, sólo vive Tootie, que es hoy el baterista TS Monk y que este mes se presenta en clubes de jazz de Nueva York como parte de los conciertos de homenaje a su padre. La hija Barbara, o Boo Boo, otra de las mujeres indispensables en la vida del músico, murió de cáncer a los 30 años, dos después que Thelonious, que la adoraba. Quienes la conocieron aseguran que heredó de él la presencia imponente y esa suerte de cubismo musical que tantos músicos se aplicaron durante décadas a descifrar. Había explorado el mundo de la danza, pero cinco años antes de morir se volcó afiebradamente a componer. Su temprana desaparición le arrebató al mundo un talento prometedor. Ella también tuvo su tema en la discografía monkiana, Boo Boo’s Birthday, que Thelonious incluyó en 1968 en el álbum Underground, cuando Barbara tenía 15 años. Y el reconocido pianista Ran Blake, que la trató, le dedicó un disco con un título que es un evidente lamento: The Short Life of Barbara Monk.

La gran madre del jazz

La aparición de Pannonica, entrada la década del 50, fue un hito para el ambiente del jazz. Conocida en ese mundo como la Baronesa, seguramente llevó alivio a Nellie, porque ocuparse de Monk era demasiado para una sola persona. Hija de Lord Rothschild y destinada a deslizarse por una vida privilegiada, optó por entreverarse con músicos de jazz y se ganó el ostracismo familiar. Charlie Parker murió en su suite del hotel Stanhope.

Rescató a varios músicos de la policía y los grandes artistas del género le dedicaron temas y discos. Se contabilizan más de 20 composiciones en su homenaje. La de Monk probablemente sea la más versionada. Se titula simplemente Pannonica y la grabó por primera vez en 1956, dos años después de haber conocido a la Baronesa en París. Ese registro tiene una particularidad: Monk toca el piano y el celeste. La historia de Pannonica con Monk es acaso la más conocida para los iniciados en el jazz. Fue su protectora hasta el final. Llegó a hacerse condenar por tenencia de marihuana para evitar que Thelonious volviera a quedar inhabilitado en el circuito neoyorquino en 1959. Y cobijó a Monk en su vivienda de Weehawken, Nueva Jersey, durante los años más oscuros del músico, preso de un exilio interno que finalmente cercenó su vida.

Toot, el hijo de Thelonious, la definía como Papá Noel y la Madre Teresa fusionados en una sola persona. Así la retrató en un diálogo con Hanna Rothschild, su sobrina y biógrafa: “Ya se tratara de ir a la casa de empeños para rescatar un instrumento musical o de comprar comida porque alguien no tenía qué llevarse a la boca o de ir al despacho del agente inmobiliario para pagar el alquiler de alguien al que estaban por echar a la calle o de ir al hospital a ver a alguno que no tenía quién lo visitara o de todos los aspectos de la existencia humana a los que se enfrentaban los músicos, siempre acudía Nica. Ella siempre respondía”.

El período en el que Monk encontró refugio en la casa de Nica, como todos la llamaban, está rodeado de un inquietante misterio. Casi no se dejó ver en esos últimos seis años. Se dice que la Baronesa le había asignado un cuarto despojado pero con un gran piano, para estimular su regreso a la escena musical. Y también que otro inquilino de Nica, el pianista Barry Harris -que aún hoy fatiga clubes a sus 88 años- dejaba la puerta abierta de su habitación para escuchar todo lo que Monk tocaba. Pero a la vez hay otra leyenda perturbadora: la que sostiene que ese piano no tenía teclas, porque según Nica no hacían falta. Toda la música estaba en la cabeza de Monk.

Pannonica murió seis años después que Monk. Él fue un estímulo casi excluyente para ella. Nica solía decir que había conocido a cuatro grandes hombres en su vida: Einstein, De Gaulle, Charlie Parker y Monk. “Pero pensándolo bien se pueden borrar los tres primeros”, provocaba. Tiene una atrapante historia propia y varios libros que la relatan, entre ellos el mencionado de Hannah Rothschild. Aunque en verdad no fue sólo una mujer del mundo Monk: fue una pieza clave en la historia del jazz. “Su historia es nuestra historia”, dijo alguna vez Sonny Rollins.

Si hiciera falta una excusa, habrá que invocar el centenario monkiano para recuperar el espíritu de su obsesiva pasión por el jazz. La música de Monk siempre sonará a Pannonica.