Las formas de arte colaborativas tienden a atraer nuestra atención en distintas direcciones en una forma que las artes puras no pueden. Escuchar atentamente una obertura o una sinfonía, por ejemplo, es una experiencia completamente diferente a sumergirse en una ópera o en el ballet.

Vía: www.artsbham.com | Por Michael Huebner |  Traducido por Luis Contreras | Licenciado en Idiomas Modernos | Profesor de la ULA  |

Es por ello que cuando un género multimedia poco usual hace su aparición puede desafiar los sentidos de manera novedosa. Fue este el caso del pasado viernes, cuando la Orquesta Sinfónica de Alabama y su Coro interpretaron el Réquiem de Luigi Cherubini junto con las proyecciones animadas del artista de Birmingham Jean-Jacques Gaudel.

Con la orquesta apenas visible en el escenario del Jemison Concert Hall y cien cantantes detrás de ellos en el balcón del coro, el Réquiem del siglo XIX se desarrolló con un excelente estilo moderno conservando la angustia, el esplendor, sus melodías emotivas y el intenso drama en manos del director artístico y musical de la Orquesta Sinfónica de Alabama, Carlos Izcaray. El coro cantó con clara y precisa entonación, siempre en armonía con la orquesta. De no haber contado con el acompañamiento visual, de igual manera habría sido una interpretación sublime.   

El Réquiem fue enormemente admirado por Schumann, Brahms, Berlioz y Beethoven. Éste último lo declaró superior al Réquiem de Mozart, considerando además a Cherubini como el mejor compositor vivo para la época. Sin embargo, para el francés Gaudel, el encanto de contar la historia de la Revolución Francesa y la Restauración a través del Réquiem fue grandioso. Sobre el coro, en una pantalla de 3 x 16 metros, se proyectaron palabras, imágenes y piezas de animación que incluían representaciones gráficas sangrientas y decapitaciones que sirvieron como referencia a la vida y los tiempos del italiano Cherubini, quien vivió y trabajó en París durante aquellos funestos eventos. Estas proyecciones fueron bien apreciadas, desde todos los asientos, a pesar de que los extremos fueron obstruidos por los altavoces de la sala.

Cada una de las siete partes que componen el Réquiem fue introducida por un título animado seguido de temas históricos. Transportaron a la audiencia a diversos escenarios: la ejecución de Luis XVI y María Antonieta, el esplendor arquitectónico del Palacio de Versalles y el Trianon, mostrando además sus bastidores y mecánica teatral. Imágenes fantásticas y grotescas se remontaron al pintor del siglo XV Jheronimus Bosch y su Jardín de las delicias y otros trípticos que representan el éxtasis celestial junto al sufrimiento infernal.

Detalles de la obra maestra volaban a través del lienzo electrónico: desde imágenes escandalosamente espantosas (un cuerpo en llamas) hasta imágenes jocosas (damas bien vestidas agitando sus abanicos en frente de Versalles). Con una técnica de animación con recortes, la cual se realiza usando figuras planas sobre fondos complejos, Gaudel astutamente transitó por los retratos de las figuras políticas y filosóficas de la época y sus predecesores, desde Spinoza a Robespierre y desde Descartes hasta Rousseau y Voltaire, aportando citas a lo largo del recorrido.

Más impresionantes fueron las representaciones arquitectónicas que ofrecieron un espectáculo 360° de Versalles. Menos impresionante, aunque bien realizadas, fueron las representaciones de los relojes, un tema común en las proyecciones al aire libre, “Light Dreams”, en las afueras del Alys Stephens Center en los años 2013 y 2014.

A pesar de no estar coordinadas exactamente con las partituras, las proyecciones representaron el ambiente musical, culminando con un homenaje a las prominentes figuras que fueron ejecutadas, incluyendo a las Hermanas Carmelitas.

La lúcida y expresiva conducción de Izcaray le dio el mismo peso a la música con las imágenes, así que había muchas posibilidades para que la audiencia dispusiera cada faceta de esta experiencia de 52 minutos.

Siendo uno de los grandes, aunque a veces omitido, compositores de finales de la época clásica, Cherubini poseía una gran gama que iba desde un intenso drama hasta un refinado lirismo. Su música anunció la venidera época romántica, tal como se ilustró con la Obertura del Concierto en Sol Mayor , con la cual se abrió el programa. Esta pieza compuesta en 1815 permitió a Izcaray y a la Orquesta Sinfónica de Alabama abrir con toda potencia, exagerando acentos y con contrastes dinámicos.

Luego, moviéndose de lo relativamente desconocido a lo increíblemente popular, la orquesta interpretó la Sinfonía n.° 5 de Ludwig van Beethoven. Sorprendentemente, la orquesta buscó con inquietud llevar un tempo común durante la obertura de Allegro con brío y finalmente lograron encontrarse en los tres movimientos finales. El Andante con moto fue ágil y transparente, el tercer movimiento, desencadenado por nítidas entradas miméticas con chelos y violines, anunció un intenso y poderoso final.