Vía: El Cultural.es | Por Arturo REVERTER

Con toda clase de solemnidades se lanza al mercado este acabado producto discográfico en el que dos de los grandes divos del presente musical se dan la mano. Para bien, porque lo que se nos ofrece es de muy alta calidad interpretativa. La brillante grabación favorece el resultado. No parece existir ningún problema de entendimiento entre director y pianista, lo que redunda en la unidad de la visión y fundamenta asimismo la prestación superior de la Filarmónica de Berlín. Una de las cualidades más destacadas de Rattle es sin duda su olfato para encontrar siempre lo que los clásicos denominaban el tempo giusto, esa disposición rítmica ideal, ese fraseo generador bien asentado que propicia que en la exposición del discurso se escuche todo, hasta la más mínima acentuación, y que las texturas instrumentales se nos aparezcan diáfanas.

Lang Lang y Simon Rattle, tempo giusto Prokófiev, Bartok

Lang Lang y Simon Rattle, tempo giusto
Prokófiev, Bartok

Con los mimbres y los timbres de los berlineses eso queda también asegurado y promueve que Lang Lang se deslice como sobre ruedas por las satinadas y a veces encrespadas superficies de estos dos magníficos conciertos para piano, dos de los modelos que dentro del género nos legó el siglo XX. La acerada construcción de la obra de Prokofiev, en la que a un impetuoso y fiero Allegro sucede un lírico Andantino con variaciones, el desbordante jubileo del martilleante Allegro final, de una cegadora luminosidad y un estilo percusivo sensacional, están espléndidamente reproducidos en esta versión, de líneas muy claras y ritmos precisos, en la senda de la también sensacional interpretación de Dmitri Krainiev con Kitaienko (1993).

Lang Lang y Simon Rattle, tempo giusto Prokófiev, Bartok

Lang Lang y Simon Rattle, tempo giusto
Prokófiev, Bartok

La rítmica cambiante y popular del Concierto de Bartók es asimismo rigurosamente asimilada por el pianista, en cerrado tacto de codos con la formación sinfónica. Puede que el refinado y nocturnal lirismo del elegíaco segundo movimiento y el toque irisado ensoñador no alcance en este caso la altura de alguna otra recreación, como la de Andsnes con Boulez, también con la Filarmónica berlinesa. O que el virulento desencadenamiento agógico del Allegro Molto de cierre tuviera otro aire más enjuto y concentrado en ya históricas visiones de un Anda con Fricsay; pero ello no obsta para que reconozcamos la nitidez de la pulsación, el abracadabrante mecanismo del teclista chino, aquí más en sus salsa que en otros repertorios.