Vía: www.elmundo.es/  Por Jose María Robles

Lang Lang cierra los ojos y teclea en el aire. Sus manos se mueven tan rítmicamente que casi se escucha la melodía. ¿Chopin? ¿Bach? ¿Rachmaninov? No lo revela; tampoco preguntamos. La interpretación dura unos segundos. Luego el pianista más mediático del mundo vuelve en sí como si regresara de otro siglo. «Toco porque me permite olvidarme del tiempo», confiesa, siempre dispuesto a improvisar. Aunque sea frente a una partitura invisible.

Desde hace años, cada movimiento de la superestrella china de la música clásica tiene categoría de eventazo. Su reciente gira por Barcelona, Bilbao, Madrid, Valencia y Oviedo -ni una sola entrada se quedó en taquilla- ha vuelto a demostrar el tirón del tipo que ha conseguido que un Steinway de gran cola sea considerado pop en estos tiempos de móvil con auriculares.

«Lo primero en lo que pienso al oír la palabra España es en fútbol. En la Selección y también en la Liga. Luego, me vienen a la mente el flamenco y los toros», admite el intérprete. Aficionado del Barça y amigo de Ferran Adrià, en los próximos meses estrenará un programa con piezas de Isaac Albéniz y Enrique Granados. Será la primera vez que incluya música autóctona en su repertorio.

Pero eso queda para la solemnidad de los teatros. Fuera de ellos, Lang Lang es un treintañero guasón que ejecuta Carros de fuego con Neymar o brinda un concierto a los tiburones del Oceanogràfic valenciano. Un genio siempre a medio peinar y con americana dudosamente trendy que lo mismo aparece en un capítulo de la serie Mozart in the jungle que le pone acompañamiento sonoro al videojuego Gran Turismo 5 o lanza una aplicación con su método formativo para tutelar a los más pequeños.

«Si tuviera poder para cambiar una sola cosa relacionada con los niños, pondría un aula de música en cada colegio. Sería un enorme reto y exigiría mucho dinero, pero ayudaría a solucionar bastantes problemas», defiende quien podría pasar por el último romántico, con permiso de su colega Andrea Bocelli.

Los dibujos de Tom y Jerry le animaron a tocar. Ahora es él quien sal en series.

Lang Lang ha sido Embajador de Buena Voluntad de UNICEF y Mensajero de la Paz de la ONU. Ha actuado para cuatro presidentes de EEUU y vivido en tres continentes. Su historia es la de un joven prodigio que ha logrado proyectarse como icono global desde un país no occidental y con una tradición sonora distante. Tras la Revolución Cultural china, el piano era considerado atrezzo burgués. Ahora 40 millones de compatriotas se ejercitan con ese mismo instrumento. Por él.

«Con internet todo es más fácil», se quita importancia con la delicadeza con la que evita pronunciarse sobre cuestiones políticas relacionadas con su país. «Antes, si yo quería asomarme al libreto de Rubinstein, tenía que ir a buscarlo a la biblioteca».

En Un viaje de miles de kilómetros, su autobiografía con ecos de Lao Tse, queda claro que para alcanzar el éxito tuvo que afinar mucho. Nacido en 1982 en la provincia norteña de Liaoning, empezó a tocar con tres años. Alguna vez ha comentado que reforzó su vocación al ver un episodio de Tom y Jerry en el que Liszt ponía sinfonías a las persecuciones. También ha dicho que el piano llegó a su casa casi el mismo día que la nevera.

Con lo que no bromea es con la severísima instrucción que recibió de su padre, que le obligaba a sentarse en el taburete más de cinco horas diarias. Luego llegaron el traslado a Pekín, la profesora de conservatorio que le negó que tuviera talento, el comentario terrorífico del cabeza de familia –le instó a suicidarsearrojándose por la ventana o con una sobredosis de pastillas-, la explosión de rabia y horas y más horas trabajando los dedos. Hasta que comenzó a ganar concursos y a recorrer países provocando asombro: del mítico Carnegie Hall (2001) al Salón de los Espejos del Palacio de Versalles, donde grabó su último disco (2015).

«Hay varios lugares especiales en los que me gustaría actuar y todavía no lo he hecho. Uno de ellos es Machu Picchu. Recientemente he estado en otro increíble: el Templo de Luxor», va desplegando el mapa en el recién inaugurado Barceló Emperatriz (Madrid). Frente a una taza de leche de la que apenas bebe, Lang Lang reconoce que, tras actuar con las principales orquestas del mundo, le queda un desafío: escribir sus propias composiciones.

«He escrito dos piezas breves, pero todavía estoy intentando mejorar mi nivel. Tal vez en un año pueda defenderlas en público. Para quienes no hemos sido formados para ello, componer es duro. En cualquier caso, lo intentaré», asume la presión.

Tiene en quien mirarse. Después de que Ennio Morricone ganara el Oscar por Los odiosos ocho, quiso homenajearle y se grabó en vídeo tocando el tema principal de la película. «Estaba viendo la tele a las seis de la mañana y cuando ganó me quedé muy conmovido. Ver al Maestro llorar así, premiado por fin tras seis nominaciones, me emocionó y me hizo feliz. Había recibido el Oscar honorífico, pero éste era a la mejor banda sonora. Lo merecía desde hace tiempo».

Habrá que esperar para ver en el Dolby Theatre a Lang Lang, al que no le falta experiencia en los directos para una audiencia planetaria. Más de 4.000 millones de personas disfrutaron de su talento y su gestualidad, excesiva para sus detractores, en la Ceremonia de Apertura de los Juegos de Pekín. En Londres incluso llegó a participar en el recorrido de la antorcha olímpica. ¿Qué hará este año en Río? «Algo se nos ocurrirá, espero estar allí de alguna manera. Tenemos conversaciones al respecto», avanza. 100 pianos elevaron al cielo de Los Ángeles 84 la Rhapsody in blue de Gershwin. Si se le recuerda, Lang Lang quizá cierre los ojos.