Hace apenas una semana comentábamos que, en la actual inundación de documentales sobre músicos, el jazz seguía siendo relativamente ninguneado en su país natal, y que los ejemplos como el notable I Called Him Morgan –del sueco Kasper Collin, sobre el trompetista Lee Morgan– eran excepciones.

Vía: ladiaria.com.uyGonzalo Curbelo

Un par de días después, y como para demostrar que mi especulación era una pavada, se editó en Blu Ray y se empezó a difundir el lujoso Chasing Trane: The John Coltrane Documentary, de John Scheinfeld, producido por el canal semipúblico PBS, que se presenta como el documental “definitivo” sobre el saxofonista John Coltrane (1926-1967).

Es complicado calificar a algo de “definitivo” cuando casi no hay con qué compararlo (aunque sí existen numerosos libros biográficos), pero se puede decir que no se trata de una obra amateur, sino de una gran producción, con acceso pleno a archivos desconocidos y testimonios de sobrevivientes clave de una generación de la que, por simples motivos biológicos (Coltrane tendría hoy 91 años si no hubiera muerto como consecuencia de un cáncer de hígado), ya no quedan muchos músicos que hayan conocido al biografiado. Por lo tanto, el aporte de Scheinfeld es muy bienvenido, pero también es una oportunidad perdida.

El camino recompensado

A diferencia del sujeto del documental de Collin, Lee Morgan –un músico brillante que llegó a ser comparado con Miles Davis, pero no muy conocido fuera del ámbito de los aficionados al jazz–, Coltrane es una leyenda mundial, cuyo nombre inspira respeto entre músicos lejanos al hard bop, el avant garde y demás estilos cultivados por Trane (como se lo conocía, y de ahí provienen el nombre de una de sus composiciones más osadas y de este documental), algunos de los cuales –como John Densmore, baterista de The Doors, y Carlos Santana– le rinden admirado tributo en el film. Pero la parte más importante de su trabajo –salvo su participación en el ubicuo Kind of Blue, de Miles Davis, y su propio Giant Steps, ambos de 1959, o su conocida adaptación de la melodía pop “My Favorite Things”– es material muy radical, experimental y árido para quienes no estén acostumbrados al lado más abstracto y vanguardista del jazz, un género que apenas contuvo a un músico tan inquieto.

Fue ese trabajo complejo el que hizo de John Coltrane, además de un instrumentista absolutamente fuera de serie, un artista revolucionario y muy representativo del espíritu creativamente transgresor de los años 60, y una figura clave de la cultura negra estadounidense. Pero al director John Scheinfeld, que ya había realizado un documental sobre las persecuciones a John Lennon en los años 70 y otro sobre el olvidado compositor Harry Nilsson, no le pareció que bastara esa obra musical imponente para elaborar un relato atractivo, heroico y adecuado a los discursos de minorías actuales, así que decidió enfocar al muy espiritual pero despolitizado Coltrane como si hubiera sido un precursor o una figura central de la lucha por los derechos civiles, y a su talento como el resultado de una combinación de sufrimiento colectivo y magia.

Atribuir las extraordinarias virtudes musicales de Coltrane a su etnia y a la opresión histórica sobre ella muestra la misma clase de ignorancia de quienes ven la destreza y la visión de Jimi Hendrix como un resultado de su mezcla de sangre india y afroestadounidense, sin reconocer simplemente la férrea voluntad de búsqueda y la disciplina de alguien que le dedicaba a la guitarra la mayoría de sus horas de vigilia. Una visión superficial de Chasing Trane podría llevar a la conclusión de que Coltrane se convirtió en un coloso del saxofón porque superó su adicción a la heroína, fue un conocedor de la música africana y vivió en los turbulentos años 60. De hecho, uno de los testimonios musicales más interesantes del documental señala que el artista no era un prodigio natural a lo Mozart, sino que durante los primeros años de su carrera era un buen saxofonista del montón. El film apenas sugiere que tal vez el pasaje por las bandas de Dizzy Gillespie y Miles Davis influyó en su evolución, salteándose el carácter obsesivo de Coltrane. No hay siquiera una mención a uno de los hechos más admirables de sus últimos años, cuando ya era una estrella absoluta de su instrumento sin otro competidor real que Sonny Rollins, y se aproximó como discípulo y colaborador a la generación posterior de saxofonistas –la del free jazz–, tocando con músicos técnicamente menos dotados o más inmaduros como Ornette Coleman, Albert Ayler, Eric Dolphy o Archie Shepp, para sumergirse en sus novedosas visiones armónicas y aprender de ellas; como si en 1976 algún guitarrista, como Eric Clapton o Jeff Beck, hubiera decidido aprender de Tom Verlaine o Johnny Ramone. Está ausente casi toda la última etapa musical de Coltrane, más desafiante y difícil pero ejemplar, salvo por un comentario del parlanchín filósofo Cornel West –un pensador político muy conocido pero no precisamente un musicólogo o un entendido, como demuestran sus líricas apreciaciones–, quien dice que no la entiende ni la disfruta.

Una historia

El problema no es tanto el significado político que Scheinfeld quiere meter con calzador en la historia –al fin y al cabo, es un relato forzado pero no necesariamente falso, y es legítimo que el director elija la óptica que considera o siente más importante–, sino que queda afuera nada menos que la música. Tal vez Coltrane haya sido una figura tan importante para la cultura afroestadounidense como Martin Luther King o Rosa Parks, pero no era Martin Luther King ni Rosa Parks, y ni siquiera tuvo el involucramiento militante de jazzistas como Max Roach, Archie Shepp o Amiki Baraka. Seguramente su figura ensimismada, retraída y de bajo perfil personal no le servía a Scheinfeld para contar una historia rebelde a lo Miles Davis, o una desesperada a lo Albert Ayler, pero el hecho es que Coltrane mostraba más admiración por Ígor Stravinski que por Malcolm X. Al ver que Chasing Traneles dedica más tiempo a las declaraciones de Bill Clinton –un fan y practicante amateur del jazz sin duda interesante, pero no precisamente un protagonista del género– que a las sentidas palabras del ya muy anciano pero lúcido Sonny Rollins, con quien Coltrane mantuvo una afectuosa competencia y un diálogo entre saxofonistas virtuosos que es una de las relaciones más fascinantes y deslumbrantes del jazz de vanguardia de los 60, dan ganas de hacerle algo horrible al director con un saxo soprano.

Es más que significativo que en este documental sobre un músico en el que hay escasa música, y generalmente de su trabajo más evidente (su solo en “So What”, “Naima”, la introducción de “My Favourite Things”, los dos primeros movimientos de A Love Supreme), el tema al que le dedica más atención sea la balada “Alabama”, hermosa pero menor, incluida en el disco Live at Birdland (1963). Se trata de una de las escasísimas composiciones de Coltrane con un trasfondo político claro –un monstruoso atentado racista en Birmingham, Alabama–, que le sirve de pretexto al locuaz Cornel West para divagar sobre el fraseo de Coltrane y el de Martin Luther King, mientras que gente como McCoy Tyner, esencial en el gran salto a la experimentación que el saxofonista hizo con su cuarteto, apenas tiene espacio para dos o tres banalidades protocolares.

Como aproximación básica y sentimental a la obra de un músico complejo, Chasing Trane es muy atractiva en lo visual, con una buena edición y algunos momentos sensibles –especialmente por parte de la familia y los amigos de Coltrane–, y, por supuesto, hay salpicones de la música magnífica, voluptuosa y agresiva de este hombre afable (de generosidad y humildad enormes, según todos los testimonios de quienes lo conocieron), pero no permite adentrarse en lo que realmente lo hizo un rey y un revolucionario: su arte. Chasing Trane se desvía por un camino simplista y, en definitiva, incomprensivo e insensible ante una voz única y difícil de acoplar en cualquier coro.