Vía: panorama.com.ve/ Por Daniela Romero Nava

Para él, la música es medicina. Es cordura. Es un remedio al alma y la mente. Puede curar a las personas y también a la sociedad. Robert Gupta sabe bien de qué habla.

Él es un virtuoso violinista que, a la temprana edad de 27 años, reúne ya numerosos logros tanto en calidad de músico como de activista de problemas de salud mental. Su historia es una muestra de que la terapia musical puede tener éxito allá donde la medicina convencional puede equivocarse.

Es miembro de la Orquesta Filarmónica de Los Ángeles, dirigida por el venezolano Gustavo Dudamel. Entró con solo 19 años, tras haber hecho su debut a la edad de 11 en la Orquesta Filarmónica de Israel. Tras su inclusión en las filas del famoso grupo, se convirtió en el amigo e instructor de violín de Nathaniel Anthony Ayers, un músico esquizofrénico cuya vida inspiró el libro y película de “El solista”. Esta compañía sembró en el joven la inquietud por el uso terapéutico de la música.

Gupta se especializó como músico en la Universidad de Yale (EE UU), pero cursó sus estudios universitarios en neurociencia, lo que le permitió formar parte de numerosos proyectos de investigación en neurobiología. Desempeñó la labor de asistente de investigación en Cuny Hunter College en Nueva York, donde trabajó en la regeneración neuronal de la médula espinal, y en los Institutos de Medicina del Centro de Enfermedades Neurológicas de Harvard, donde estudió la patología bioquímica de la enfermedad de Parkinson. Estos trabajos le descubrieron la eficacia de la ejecución musical como paliativo de la depresión y la ansiedad, y el potencial de este tipo de “comunicación no lingüística” en la mejora de las relaciones humanas.

Desde el 2010 dirige el proyecto Street Symphony, que hasta el momento ha realizado casi 200 conciertos en lugares a los que la música no llega: cárceles, asilos, albergues para los sin casa, enfermos mentales, y también para veteranos de guerra.

En algunas entrevistas, el joven ha afirmado que la burocracia y la política reinantes en el mundo musical hacen incomprensible para algunos la defensa de la interpretación gratuita y dirigida a un público infravalorado. En el mismo orden de estas afirmaciones, sostuvo en otras declaraciones que está convencido de que tanto músicos como artistas deben abandonar sus torres de marfil.

“Lo primero que hacemos los músicos o cualquier artista, cuando recibimos donaciones de particulares o del Gobierno, es construir enormes edificios y ponemos muros alrededor de lo que hacemos con la idea de mostrar nuestro trabajo.

Lo que hacen en realidad estos muros es convertirse en una torre de marfil, los museos, por ejemplo, se convierten en mausoleos donde el arte muere. Quiero romper eso, porque estos lugares son lugares de poder, de privilegio, donde las personas comunes no tienen acceso y no se sienten bienvenidos. Nosotros los músicos perdemos más, porque la música es un lenguaje universal, puede romper barreras. Mi meta y mi llamado de acción para los músicos y todos los artistas y jóvenes es que vayan a esos lugares a los que no irían de otra manera; no significa ir a lugares peligrosos, pero sí usar música y arte como una forma de abrir nuestra perspectiva, de ampliar la forma en la que vemos el mundo”.

Su pasión por la música y todo lo que para él significa corre por sus venas desde que tiene uso de razón, según reseñaba ante el periodista argentino, Jorge Lanata, durante una entrevista. “La música comenzó a darme alegría desde que tengo uso de razón. Mis padres me cuentan que solía bailar cuando era un niño, aún cuando usaba pañales. Tienen fotos que son muy vergonzosas. Al crecer en Nueva York, nosotros teníamos en casa el canal PBS, allí es donde vi mis primeras orquestas. Así que mi padre me ponía dibujos animados como Tom y Jerry y yo cambiaba de canal para mirar la orquesta”.

Quien ahora es un talentoso músico que regala parte de su vida ayudando con sus notas en centros con carencias, toca el violín por el maravilloso propósito que la vida tuvo para él, al pararlo frente a dos instrumentos musicales cuando acudió a su primera clase con un maestro: el piano y el violín. “Cuando vi el piano, ese instrumento gigante, negro, que no se movía, pensé: ‘Es enorme’. Y empecé a llorar descontroladamente. Así que la única opción era el violín. Yo amaba el sonido de ese instrumento. Amaba el hecho de poder moverme con él. Entonces empecé a pedir un violín. Y mi padre me hizo un violín a partir de una caja de galletitas y una regla, y sacó una de las ramas de los árboles para que usara como arco. Yo andaba por ahí todo el día tocándolo. Hasta que un día me compraron un violín y ahí empecé”.

A la edad de cuatro años empezó sus clases con un maestro local que implementó un método llamado Suzuki para enseñarlo a tocar. Suzuki era un músico y psiquiatra japonés. Y su idea era que los niños debían aprender música de la misma forma en la que aprendían el idioma. Después de dos años en clases, el profesor dijo a sus padres: “Robert ya ha aprendido todo lo que yo puedo enseñarle”.

Así fue como se fue a la secundaria y a la par de estudiar música incursionaba en el área de biología, algo que lo enamoró y que lo condujo a adentrarse en el mundo de la microbiología para luego dar un salto a la neurociencia, una rama que lo hacía pasar horas pensando en los misterios que esconde el cerebro.

Para Gupta, la existencia del alma también es real, aunque no pueda demostrarse científicamente. “No sabemos dónde se encuentra dentro del cuerpo, pero la sentimos. No necesitamos que la ciencia nos confirme todo. Y yo siento esto en mi vida personal también. Mucha gente me pregunta: ‘¿Cómo sabes que tu música llega a la audiencia?’. Solo porque no tengas una explicación científica no quiere decir que no sea verdad. Quizás algún día la encontremos (…). Creo que estamos avanzando más y más hacia la confianza de nuestras emociones, y nos damos cuenta de lo astuto que es el intelecto humano”.

Su objetivo es tratar las enfermedades mentales de una forma más humana, alejada del miedo hacia la mortalidad. Este talentoso violinista, reconocido ya por su labor y su entrega a quienes están dentro del oscuro umbral de la demencia, albergó en algún momento entre sus miedos el hecho de volverse loco también. “En algún momento sentí ese miedo. Empecé a ir a a la universidad a los 14 años”, ha dicho para justificarlo.

Pero ignorando ese temor y más allá de pensar cómo lo miran todos aquéllos a quienes beneficia, a Gupta le llena más el alma dar todo lo posible de sí mismo. Para él, “lo importante es dar”.

“No importa qué vista o quién sea. Cuál es mi nombre. La música no necesita eso tampoco. Y es en ese punto en el tiempo que recuerdo que soy un ser humano. Me enseña la razón por la que estoy aquí. Y aceptar eso, y ser eso. Si soy Robert o si soy Nathaniel. Ni siquiera si estoy sano o loco. Quizás estoy loco al hacer esto. Entonces estoy muy contento de estar loco de esa forma”.