Por DAVID TORRES | Vía: www.cuartopoder.es/

En octubre de 1993, la compañía Decca presentó en Madrid Entartete Musik, literalmente “Música Degenerada”, cuyo catálogo redescubría una pléyade de compositores repudiados y prohibidos durante el Tercer Reich. El título de la colección aludía a la criminal paranoia de pureza de los nazis, quienes pronto detectaron perniciosas influencias del judaísmo y el bolchevismo inflitradas en el gran legado de la música alemana. Una podredumbre que se remontaba a Mendelsshon y que llegaba, vía Mahler, hasta la escuela dodecafónica de Arnold Schönberg, pero que también infectaba las obras modernistas de Hindemith, Krenek, Korngold, Schreker y Kurt Wëill. Muchos de esos compositores, como Hindemith o Schönberg, tuvieron que huir de Alemania; otros, como Hartmann, fueron silenciados; algunos, como Ullman o Schulhoff, murieron en los campos de exterminio.

La colección de Decca era un homenaje y un desagravio a aquellos nombres casi desconocidos cuya carrera se vio truncada por el asesinato o por el exilio. En representación de todos ellos, aquel día en Madrid se encontraba un anciano de 90 años, Berthold Goldschmidt, quien se libró por muy poco de terminar sus días en los hornos de Auschwitz o Mauthausen. La llegada deHitler al poder arruinó por completo la prometedora trayectoria de Goldschmidt, quien poco después de cumplir los veinte años, ya había estrenado obras de la categoría de la PassacagliaOp. 4 o la Partita Op. 9 y ganado diversos premios. En 1933 su ópera El magnífico cornudo fue prohibida por el gobierno nazi y Goldschmidt tuvo que dedicarse a dar clases particulares de piano para sobrevivir. En 1935 logró escapar de Alemania y se encontró viviendo en Londres en un piso sin agua caliente ni calefacción. No tuvo tanta suerte como Korngold o Waxman, quienes aterrizaron en Hollywood y desde allí reemprendieron una fulgurante carrera como compositores de cine con bandas sonoras tan exitosas como las de Robin Hood y Un lugar en el sol. Goldschmidt trabajó para la BBC durante la guerra y después se eclipsó durante décadas, componiendo conciertos y ciclos de canciones que languidecían en el olvido. Nunca llegó a abandonar la composición, aunque estuvo tentado de hacerlo, y se consoló preparando una edición personal de la partitura de la Décima, la sinfonía que Mahler había dejado inconclusa.

Cuando ya era un anciano, a mediados de los ochenta, sucedió el milagro: una interpretación de su Ciaccona Sinfónica de 1936, en Berlín, bajo la batuta de Simon Rattle, reavivó el interés por su obra. No era demasiado tarde: esos años finales, hasta su muerte, en 1996, Goldsmicht compuso varias piezas de cámara, un cuarteto de cuerdas y un breve y conmovedor Rondeau,“Rue du Rocher”, para violín y orquesta, que sería su testamento musical. El célebre críticoNorman Lebrecht cuenta en su libro ¿Por qué Mahler? la inolvidable velada que pasó en casa del anciano para escuchar la grabación que acababa de salir a la venta a cargo de la violinistaChantal Juilliet y el director Charles Dutoit. Sobrecogido, Lebrecht elogió la belleza de la melodía y Goldschmidt replicó:

– Bueno, debemos enseñarles lo que puede hacer un judío.

– ¿Qué quiere decir?

– Mataron a tantos de nosotros… Los que hemos sobrevivido debemos demostrarles que valía la pena dejarnos vivir.

Dos años antes, en Madrid, Goldschmidt explicó a una audiencia estremecida cómo se desarrolló la entrevista en que salvó la vida. Un amigo le aconsejó que escapara cuanto antes de Alemania, pero Goldschmidt, sin apenas medios de subsistencia, fue aplazando la decisión hasta que lo citaron una mañana de 1935 en las oficinas de la Gestapo en Berlín. Después de horas de angustiosa espera, lo hicieron pasar a un despacho. Un oficial le pidió que tomara asiento y repasó una a una las líneas de un amplio expediente sobre sus actividades donde constaba también un viaje a Moscú para dirigir una de sus obras. Al cargo de judío se sumaba también la acusación de comunista. En su defensa, Goldschmidt replicó débilmente que él sólo había ido a Moscú por trabajo y que además había volado en un avión de la Luftwaffe. “¿Está acusando a un piloto de la Luftwaffe de simpatías comunistas?” Comprendió que ya estaba juzgado de antemano y que sólo le cabía la esperanza de encontrar una grieta en la férrea armadura de su interrogador. Mientras repasaba sus actividades recientes, el oficial le preguntó si era verdad que se ganaba la vida dando clases de piano y a cuánto cobraba la clase.

– Diez marcos – respondió Goldschmidt, tragando saliva.

– ¿Diez marcos? Qué barato – comentó el oficial -. A mi hija le cobran el doble.

– Ah, ¿su hija toca el piano?

Era una pregunta arriesgada que intentaba establecer un vínculo humano a través de la música. El oficial empezó a hablar de su pequeña, orgulloso de sus progresos con el instrumento. Goldschmidt citó unas sencillas piezas de Schumann que podían ser muy útiles para una principiante. Luego siguieron hablando de Brahms, de Mozart, de Bach. Mantuvieron diez minutos de conversación entre melómanos hasta que bruscamente el oficial se detuvo, miró a aquel judío a los ojos, rebuscó en los papeles, cogió su pasaporte, lo selló y se lo entregó.

– Yo también amo la música – dijo -. Váyase de Alemania.