Se trata de un magnífico Steinway de Hamburgo modelo D, “la Joya de la corona”, al decir de la pianista venezolana Clara Rodríguez, “de dos metros sesenta y cuatro”, de ébano, y con dos teclados o mecanismos o acciones.

ANA MARÍA HERNÁNDEZ G. |  EL UNIVERSAL

Imposible que un pianista vaya y venga con su instrumento cada vez que va a tocar. Mucho menos si es un pianista que desea darle intención y matices a la música, hacer que el oyente sienta los detalles más delicados de la partitura.
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Clara Rodríguez -músico venezolana que vive en Londres pero viene con frecuencia al país- es una de esas pianistas, y fue a quien le encomendaron la misión de conseguir un piano nuevo para la sala José Félix Ribas del Teatro Teresa Carreño: un piano excelente, de buena calidad, bueno, bonito y barato.

Y aquí está en Caracas. Se trata de un magnífico Steinway de Hamburgo modelo D, “la Joya de la corona”, al decir de Clara, “de dos metros sesenta y cuatro”, de ébano, y con dos teclados o mecanismos o acciones.

La necesidad de comprar el instrumento vino porque la sala se quedó sin piano una vez que el Sistema de Orquestas se mudó para su sede en Quebrada Honda. Fue cuando la Compañía Nacional de Música le pidió a Clara que gestionara la compra del instrumento.

El piano, construido hace treinta años, podrá escucharse en un ciclo de cinco conciertos: el viernes 9 de agosto, con Clara Rodríguez; dos el sábado 10, a las 11:00 a.m. y 5:00 p.m.; y dos más el domingo 11, a las mismas horas, 11:00 a.m. y 5:00 p.m.

“La idea”, explica Clara, “es que la gente escuche a los mismos pianistas en la mañana con una acción (teclado) y en la tarde con otra”.

Entre los pianistas confirmados están Guiomar Narváez, Carlos Urbaneja, Ana Karina Álamo, Sadao Muraki, Pedro Toro, Luisa Cabrelles, Marianela Arocha, y se espera la respuesta de otros que no han confirmado aún su participación.

La intención de las dos acciones es que la vida del piano se alargue unos doscientos años. La que trajo el piano es de marfil, y luego el técnico Peter Salisbury le hizo otra de plástico, que pueden intercambiarse en cuestión de pocos minutos.

Un nuevo-viejo instrumento

La pianista explica que la ventaja de tener un piano como este, con sus treinta años a cuestas, es que ya es un piano de sonido comprobado: estuvo en el Royal Hall Festival de Londres, fue tocado por artistas de la talla de Vladimir Ashkenazy, Eugene Kissin, Maurizio Pollini, Alfred Brendel, y Barry Douglas, entre otros, incluyendo a la propia Clara Rodríguez.

“Hay muy pocos pianos en el mundo que tienen dos acciones. El del Royal Festival Hall y este, algunos en América, pero no creo que muchos”, agrega.

No es que el Royal Festival Hall tuviera el piano a la venta. Señala Clara que esta institución, y otras salas en el mundo tienen contratos según los cuales deben cambiar sus pianos de concierto cada 15 años, aproximadamente.

Gracias a los contactos de Rodríguez, y con Salisbury, se logró obtener este piano, que le costó a la Compañía Nacional de Música 150 mil dólares.

“Un piano así, nuevo, cuesta 200 mil dólares”, pero, otra ventaja, alega, es que “este es como un Rolls Royce, como un Stradivarius. Este instrumento corrió con la suerte de que la naturaleza lo favoreciera, y sus maderas son excelentes”. Basta escucharlo para darse cuenta de que la fantasía del sonido, la perfección de la música se hace realidad.

Salisbury vino al país, calibró el instrumento y entrenó a la pianista venezolana Luisa Cabrelles para que fuese su guardiana y afinadora, porque “hay que afinarlo antes y después de un ensayo o concierto. Incluso, si durante un concierto se desafina, hay que afinarlo en el intermedio”. Y es que también hay otro detalle: “Salisbury dice que hay pianistas que apenas ponen las manos en el piano lo desafinan, y además, actualmente hay una tendencia a tocar muy fuerte, de golpes. La gente ahora ha perdido esa cosa de (Claudio) Arrau, de hacer las frases bellas”,

De allí la importancia de encontrar un buen piano: “Cuando estaba haciendo las gestiones, la casa Steinway me dijo que no podía comprar el piano en Europa, sino en Nueva York, supongo que por cuestiones de jurisdicción o por convenios de tiendas. Yo dije: ‘A mí eso no me lo va a decir nadie’. Queremos un piano de Hamburgo, porque los de Nueva York no soportan el rigor del clima. Se ponen duros en el trópico, mientras que estos son más nobles”, agrega.

“El que estaba aquí era muy duro de tocar, y el sonido es muy bruto. No puedes hacer matices. Con este puedes ir desde el triple forte al triple pianísimo. Este es el mejor piano”, puntualiza.