El prestigioso director venezolano presentará en el Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo “La consagración de la primavera”. Con su música nos invita a soñar con una estación que nos es imposible de entender.

Vía: www.elespectador.com/  Por: Teatropedia*

Imagínese lo inimaginable.
Que después del hielo, regresa la vida,
Renace.
Llegan el calor, la luz, el sol.
Se despierta el oso hambriento, luego de meses de hibernación. Su rugido suena.
Se despierta la naturaleza que estaba escondida, congelada. Y tenía frío.
Las ramas se atreven a volver a exhibir y desplegar sus hojas. Los pájaros a cantar.
Todo vuelve a la vida, que estaba detenida, que estaba en pausa.
Es la celebración.
Es la primavera.

A esta exclamación de la vida, a este instante anhelado por todos año tras año, a esas semanas donde todo brilla y huele distinto, le dedicó Igor Stravinsky la pieza que lo catapultó a la historia: La consagración de la primavera. Una obra que le rinde tributo a este tiempo de la fertilidad, de la cosecha, del primer verdor (prima / vera) y que le merece una mirada sagrada (el nombre en francés de la obra, como fue concebida, es Le sacré du printemps, lo sagrado de la primavera). Allí es ofrendada una joven virgen que, extasiada, baila hasta morir, como sacrificio a la madre naturaleza.

Quienes la vieron por primera vez en París se conmocionaron. Era demasiado estridente, demasiado distinta a cualquier cosa que se hubiera oído o visto hasta ese momento en el mundo. Hubo risas nerviosas, burlas y críticas. Fue un fiasco y una profunda frustración para su creador, quien se sujetó del traje de Nijinsky, el bailarín que daría a conocer el ballet ruso en el mundo y quien actuaba de coreógrafo en esta obra, para no saltar sobre el escenario y armar allí un escándalo.

Más de un siglo después ya no hay risas, pero nuestra incomprensión es de otro tipo. Porque debemos tratar de entender la dimensión de la obra acá en Colombia quienes no vivimos las estaciones. Quienes tenemos el privilegio del sol permanentemente. Quienes no hemos sentido lo que puede significar el invierno ruso, esa parálisis obligada de la existencia.

Curiosamente, una de las personas que mejor ha interpretado esta pieza que creó este compositor ruso en 1913 es un director de orquesta venezolano que nació en 1981 y se llama Gustavo Dudamel. Posiblemente tenga que ver con que el ejercicio de imaginación es total. Es como plasmar un sueño, qué mejor regalo para un artista. Así, cuando Dudamel les habla a sus músicos, a los jóvenes intérpretes de la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar, debe ayudarlos a que ellos mismos se imaginen ese despertar de la tierra al que tantos poetas le han cantado. Y lo hace encantado, les habla con un afecto y una pasión que ya han hecho carrera. Les cuenta el cuento de la primavera, y de lo transgresor que fue este ballet que le abrió la puerta a la música del siglo XX.

Vemos entonces que es posible.
Que un latino, que un hijo del trópico, puedo imaginarse el renacer.
Pero, también, porque es él.
Gustavo Dudamel.

Con él vemos que el arte de la dirección de orquesta pasa por su diálogo con ella en el ensayo. Porque su narración de la partitura es tan vívida, que le hace ver al músico la intención del compositor. Porque tiene una memoria de elefante al conocer la obra de la que habla como si la hubiera creado él mismo. Porque sus gestos lo dicen todo, sus manos lo dicen todo, su pelo lo dice todo, sus ojos también; porque un director canta o silba los pasajes para que los músicos vean el estilo que hay que imprimirle a la interpretación.

En 2009, la revista Time lo nombró como una de las personas más influyentes del año. Peter Gelb, director general de la Ópera Metropolitana de Nueva York, decía que “siendo director aprendiz de (Daniel) Barenboim, éste lo describe como el más emocionante director joven que haya oído en años. Esto también lo dice Claudio Abbado y James Levine (…) Sus presentaciones son descritas como extasiantes, donde ni los músicos ni su audiencia pueden resistirse a esa alegría contagiante. (…) Sus conciertos terminan frecuentemente con los abrazos que él les da a sus músicos”.

Hoy, a sus 35 años, una carrera que empezó a los 4 y cientos de artículos sobre él, todavía los medios lo valoran como el primer día que brilló. “Gustavo Dudamel y la Filarmónica de Los Ángeles: un viento del nuevo mundo para la vieja Europa” (Nicolas Schotter, 26 de marzo de 2016); “El Malher de Dudamel creció: una trascendental Tercera (Sinfonía) con la Filarmónica de LA” (Mark Pullinger, 25 de marzo de 2016) y este mismo crítico lo describe de la siguiente manera: “Sus rizos están más cortos y su conducción es menos frenética. Su Malher –alguna vez impetuoso y ocasionalmente convulso, también se ha calmado, a juzgar por su presentación con la Filarmónica de Los Ángeles. Está considerado más sobrio, más maduro”.

“Dudamel es un prodigio y es difícil hablar de progreso en su carrera cuando ha sido algo tan extraordinario desde sus 24 años. Es insuperable en la medida que se mantiene dentro de la genialidad”, explica el maestro Mario Posada Torres, quien fue cofundador de la Orquesta Filarmónica de Bogotá y su director hasta 1972. De hecho, nos cuenta que tuvo la fortuna de conocer al propio Igor Stravinsky en 1960, cuando vino a Bogotá a dirigir la suite de El pájaro de fuego con la Orquesta Sinfónica de Colombia. “Estaban todos tan nerviosos, que cuando empezó la obra los instrumentos no entraron a tiempo. Él gritó ¡NIET! y exigió recomenzar. Todos tragamos saliva y la orquesta volvió a empezar. La segunda vez, todos tocaron perfecto”.

El privilegio de tener a un compositor director es algo que en el presente no ocurre como sucedió en siglos pasados. Tener a Beethoven al frente nuestro con la batuta en mano, a Strauss, a Wagner, al mismo Stravinsky, aunque en sus tiempos fue más común de lo pensado, hoy es casi una excepción.

Quienes son nuestros traductores son estos hombres que decidieron devorarse la partitura y entender una época, un sentimiento, un propósito. Quienes con su memoria prodigiosa son capaces de construir con sus manos un mundo que nosotros disfrutamos sentados. Los directores de orquesta son aquellos que nos presentan lo que en su cabeza resuena e invitan a los músicos a contarlo con sus instrumentos. “Recuerdo que tenía un juego favorito –cuenta Dudamel. Tenía soldaditos de juguete, pero no con armas. Los ponía en posiciones de orquesta, y luego ponía algo de música, y yo siempre era el director. ¡Era muy divertido!”.

Vemos, así, que quizás el adjetivo para definir a Dudamel no es extraordinario. Porque después de tantos años ha demostrado que su talento no es una excepción o un golpe de suerte, sino el resultado de una pasión desarrollada con disciplina. Uno sabe que trae alegría y vida a unos maestros del pasado que despiertan bajo su compás y se vuelven puro presente. Verlo dirigir año tras año, como ha tenido el privilegio la audiencia colombiana, se ha convertido en un ansia tan fuerte como la salida del sol. Es un placer efímero, pero que consuela en la medida que sabemos que, impajaritablemente, volverá. Como la primavera.

* Teatropedia es un proyecto educativo del Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo en pro de la formación de públicos en temas culturales. Más información en www.teatromayor.org.