Ciudad de México. Una auténtica verbena popular fue la que se vivió la tarde de este sábado en Iztapalapa con el concierto masivo ofrecido por la Sinfónica Simón Bolívar (SSB) en la explanada principal de esa delegación política, la localidad más poblada de la República, de acuerdo con el censo de 2010.

Vía: www.jornada.unam.mx/  Por Ángel Vargas | Agradecidos con Frank Di Polo por compartir los videos del concierto

Cálculos extraoficiales sitúan que entre 4 mil 500 y poco más 5 mil personas acudieron a esta presentación que la orquesta venezolana, una de las más importantes del planeta, ofreció sin costo alguno para concluir su breve gira de cuatro días por el país.

Fue un público variopinto, personas de todas las edades y estratos sociales que no se vieron amilanados en su entusiasmo ni en su espíritu festivo durante los 50 minutos del concierto, no obstante el estrepitoso aguacero que asoló a la urbe durante gran parte de la tarde.

Tal inconveniente meteorológico, de hecho, obligó a los músicos sudamericanos a cambiar de última hora el programa preestablecido e inclusive recortar la sesión, debido a que la ferocidad del agua alcanzaba a colarse al escenario, protegido por una enorme carpa, lo mismo que el área donde se encontraba dispuesto el público.

Una pieza festiva fue la que abrió esta inusual presentación musical, la Grand Fanfare, del venezolano-español Giancarlo Castro (1980), a la que le siguió la Suite Margariteña, de su compatriota Inocente Carreño (1914).

 

Fue en esta última pieza donde la lluvia se descaró de plano y se transformó en tormenta, y la SSB tocó sólo parte de la suite del ballet La estancia, del argentino Alberto Ginastera (1916-1983), de quien este 2016 se conmemora el centenario de su natalicio.

Para otra ocasión quedaron Sensemayá, del mexicano Silvestre Revueltas (1899-1940), y la suite del ballet El pájaro de fuego, del ruso Igor Stravinsky (1882-1971).

En su lugar sonó el Huapango, del también mexicano José Pablo Moncayo (1912-1958), considerado el segundo himno nacional, que en cuanto fue reconocido por la audiencia suscitó en la misma gritos de entusiasmo y aplausos estridentes.

En medio de esa atmósfera festiva, propia de una romería, terminó este colorido y singular concierto, en cuyo transcurso salieron a relucir entre los asistentes algunas banderas venezolanas, los vendedores de golosinas y botanas hicieron su agosto en pleno junio, uno que otro payaso callejero provocó el azoro de los más pequeños con sus figurillas en globos y varias parejas de jóvenes y adolescentes aprovecharon la complicidad de los virtuosos sonidos para besarse sin pudor.

Al término del concierto, la jefa delegacional en Iztapalapa, Dione Anguiano, y el secretario de Cultura de la Ciudad de México, Eduardo Vázquez Martín, entregaron un reconocimiento a los músicos venezolanos, acompañados de la embajadora de ese país, María Lourdes Urbaneja.

En muestra de agradecimiento y ante el júbilo masivo, los de la Sinfónica Simón Bolívar obsequiaron como encore una versión orquestal de Alma llanera, la tradicional pieza de aquella nación sudamericana, que también fue celebrada con gritos, silbidos y aplausos prolongados y ensordecedores.