La Pasión según San Mateo no es entretenimiento, ni teatro, ni concierto; es una obra con una música activa, curativa, un reto planteado a partir del diálogo: la confrontación de las dos orquestas, de los dos coros, el cara a cara entre los solistas vocales e instrumentales. Un diálogo sobre las mismas preguntas que nos venimos haciendo desde hace generaciones, inquiriendo qué ha pasado para que el hombre que iba a cambiar el mundo diez días atrás ahora esté crucificado. Por eso, al ser una obra curativa en el centro está la Magdalena, que es la pecadora.

Son palabras de Peter Sellars que resumen media hora de intensa presentación, previa a la función de esta noche de su “ritualización” de la Pasión según San Mateo (estrenada en Berlín en el año 2010).

Vía: www.mundoclasico.com
Por Alfredo López-Vivié Palencia

Una representación singular, desde luego, aunque no es la primera aproximación a esta obra desde fuera de los muros de una iglesia en Viernes Santo. Como es lógico, porque el texto es uno de los más dramáticos que se hayan escrito sobre cualquier materia, y la banda sonora tiene categoría de obra maestra universal. Piénsese, a estos efectos, en la filmación de la versión de Karl Richter, en la película de Pier Paolo Pasolini, o en el ballet del grandísimo John Neumeier.

Lo que hace Sellars es presentar una comunidad que se confronta, a partir de todos los elementos antes indicados, y con el eje central del Evangelista, a quien no sólo corresponde la narración de los hechos, sino también su somatización: él oficia la Última Cena, él es besado por Judas, él es detenido y torturado, él es atendido por la Magdalena (por cierto, lo que menos me ha gustado de la función es el carácter de boba y displicente que Sellars imprime a este personaje).

Pero aquí se mueve todo quisque: los cantantes, por descontado, pero también los coros, los solistas de las orquestas, e incluso el director, que cuenta con hasta tres atriles distintos. El único que no entra en contacto con nadie es Jesús. Y para ello, Sellars ha exigido de todo el mundo que cante sin partitura. Y cuando digo todo el mundo, es todo el mundo, incluído el coro (gran trabajo de Simon Halsey). Y eso es una machada.

Todos esos movimientos tienen sentido y están de acuerdo con el texto: la culpabilidad del pueblo en el coro final de la primera parte (Sellars hace cantar al coro este número desde los pasillos de la platea); el aria previa a la conclusión “Mache dich, mein Herze, rein” con los solistas custodiando el sudario de Jesús; el contraste del violinista compasivo en “Erbarme dich” con el violinista iracundo en el siguiente número, dando idea de que Pedro es perdonado, pero el Iscariote no. Es decir, si alguien piensa en alguna irreverencia al leer en la misma frase “Sellars” y “Bach”, aquí no la va a encontrar.

Tampoco musicalmente. Vuelvo a Sellars: “Los grupos de música antigua están bien, pero está mejor de vez en cuando tener a la Filarmónica de Berlín y a Simon Rattle, quien aúna en su persona la dedicación de hace muchos años a la Orchestra of the Age of Enlightenment y la tradición de Furtwängler y Klemperer”. Pues eso, que Rattle sabe aprovechar lo mejor de ambos mundos y hace de su orquesta y de su coro -bien nutridos ambos- sendos instrumentos flexibles pero elocuentes (virtud cardinal en esta pieza), en una lectura de la obra trepidante en los momentos dramáticos y contemplativa en los espirituales.

A sus solistas -a quienes Sellars pide que salgan de las filas de la orquesta para actuar, “no sin que opusieran resistencia”- también hay que nombrarlos. Ya se ha hablado de los dos violines, Daniel Stabrawa -qué feliz tradición de concertinos polacos en los Philharmoniker- y Daishin Kashimoto -con los japoneses la cosa acabará siendo igual-; asimismo merecen mención el oboe de Albrecht Mayer, o la viola da gamba de Ulrich Wolff. Y, por descontado, el “continuo” (violonchelo, contrabajo, dos órganos y laúd), verdadera sala de máquinas de esta partitura.

Concluye Sellars: “He querido visualizar en escena aquello que se ve tan claro en la partitura y menos claro en los conciertos, esa confrontación entre los elementos de la comunidad, para que cada uno se responda en la intimidad a las preguntas planteadas.”

Mark Padmore hace una auténtica creación de su personaje en un trabajo agotador: no sólo canta su parte (es decir, toda la obra de cabo a rabo, y son más de tres horas) y la canta maravillosamente bien; sino que, como mensajero estigmatizado por las malas noticias, tiene que dar cuerpo a los tormentos de Jesús. Y, hablando de Jesús, qué pena que Bach -y San Mateo- le diera tan poca cancha vocal, porque tener al enorme liederista Christian Gerhaher para este cometido es más que un lujo.

Magdalena Kozená tiene una voz preciosa, pero el fuelle se desinfla enseguida y en la parte baja sufre mucho. Por el contrario, Camilla Tilling se muestra segura y elegante -qué voz tan bien educada- cantando y actuando. Al finlandés Topi Lehtipuu le viene justa su parte, pero la defiende. Y el norteamericano Eric Owens fue de menos a más, empezando muy justo de voz -y de entonación- y acabando poderoso en la citada última aria. También aquí hay que elogiar a los miembros del coro que asumieron los papeles comprimarios: Jörg Schneider (Judas), Sören von Billerbeck (Pedro), o Axel Scheidig (Pilatos).

Concluye Sellars: “He querido visualizar en escena aquello que se ve tan claro en la partitura y menos claro en los conciertos, esa confrontación entre los elementos de la comunidad, para que cada uno se responda en la intimidad a las preguntas planteadas.” Para mí, con independencia de que uno quiera o no llevarse deberes a casa, me basta con haber comprobado que se trata de un espectáculo muy, pero que muy serio.