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Con tan solo 11 años, se enfrentó a una de las decisiones más importantes de su vida: hacer la fila larga o la corta, en la que solo había dos chiquillos

Vía:  www.nacion.comPor: Jessica Rojas Ch

Era 1981 y el niño hizo su elección: la fila corta. Frente a él, se abrió una sala llena de tambores e instrumentos de percusión. Un maestro le dijo: “Haga clic, clic”, y él hizo “clic, clic”. Ese fue el comienzo de la historia de una de las carreras musicales más prominentes de Costa Rica: la de Giancarlo Guerrero, director de orquesta.

Nació en Nicaragua el 14 de marzo de 1969 y, cuando tenía 11 años, sus papás, sus hermanos y él llegaron a Costa Rica como refugiados; huían de un conflicto bélico que le hizo perder todo a la familia. Era 1981 y el niño arribó a un país donde no había ejército desde 1948; en su lugar, encontró una tropa de músicos que lo cautivó desde el principio.

Los Guerrero vivieron aquí y allá: San José, Pavas, Escazú… Aquellos años fueron difíciles y, aunque existía la oportunidad de volver a Nicaragua –los sandinistas ganaron la guerra contra la dictadura de Anastasio Somoza– , la familia decidió echar raíces aquí por el bienestar de todos; en Nicaragua, las cosas nunca mejoraron, recordó el músico.


Los papás buscaron un pasatiempo para que sus hijos hicieran algo después de la escuela. Como Giancarlo tenía “buen oído”, lo llevaron a la Orquesta Sinfónica Juvenil a hacer una audición. El pequeño que eligió la fila corta se enamoró de la percusión.


Aquello pronto se volvió un estilo de vida, una pasión. Guerrero destacó en la percusión y, aunque pensó en seguir los pasos de su hermano mayor y estudiar ingeniería industrial, supo que su camino era la música cuando escuchó por primera vez La consagración de la primavera, del ruso Ígor Stravinski.

“No me pregunte por qué, eso es lo mágico; no podría decir por qué uno aprecia el Sol y lo ve como la cosa más maravillosa; es algo particular, personal, que no puedo explicar. Despierta en mí una pasión, un amor y un cariño. El que dedique mi vida a la música es un privilegio”, comenta.

Magia y trabajo duro le han valido cinco premios Grammy como director de la Orquesta Sinfónica de Nashville, Estados Unidos (dos de ellos los obtuvo este 2017 en las categorías de mejor clásico instrumental solo y mejor compendio clásico) y su fértil recorrido sigue creciendo: está nominado, como cabeza artística del ensamble, en cuatro categorías en los Grammy, que se entregarán en el 2018.

Sacrificios en pos de un sueño

Llegar tan alto le ha demandado muchos sacrificios. Sin embargo, Giancarlo no se arrepiente de nada.

Él, que había echado raíces en Costa Rica, supo que su carrera musical le exigía abandonar la patria elegida. Recibió una beca en la Universidad Baylor en Texas, donde obtuvo su título y trabajó como percusionista, “feliz en la parte de atrás de la orquesta burlándose de los directores”. Paró de bromear al respecto cuando un profesor le recomendó pensar en la dirección musical para su futuro.

Tras su estancia en Texas continuó sus estudios en percusión y en dirección en la Northwestern University. Para comer y estudiar en Chicago tuvo que trabajar en una funeraria haciendo de todo: café, contestar llamadas, manejar la carroza, atender a los familiares de los fallecidos… Dormía en un cuarto al lado de la morgue.

Esta experiencia le ayudó a formar su carácter. “Vivir en un ambiente rodeado por personas en su peor estado de tristeza, lidiar con el tema de la muerte a diario me hizo apreciar las cosas de la vida”, cuenta.

El talentoso Guerrero volvió al país con sus títulos y su batuta bajo el brazo en 1993. “Comencé en la parte de atrás de la orquesta con dos palos en las manos; ahora estaba al frente con uno solo”. Trabajó como director de la Banda de Conciertos de San José y tuvo un par de oportunidades como director invitado de la Orquesta Sinfónica Nacional. Sin embargo, el ensamble ya tenía director titular estable: el maestro Irwin Hoffman.

En 1996, con tres meses de casado con Shirley Borloz, la pareja empacó los regalos de bodas, agarró al perro y se fue a Venezuela a seguir estudiando. En ese viaje asumió la dirección de la Orquesta de San Cristóbal; por fin, como titular, una agrupación puso su norte en sus manos.

Gracias a su “necedad” y necesidad de renovar el repertorio sinfónico con piezas contemporáneas, de darles el chance a compositores jóvenes de que sus obras sean interpretadas en los teatro llegó una nueva oportunidad: lo contrataron como director asistente de la Orquesta de Minnesota.

Este trotamundo se mudó de nuevo y en ese estado estadounidense nacieron sus hijas; su esposa siempre estuvo apoyándolo mientras estuvo en el podio sufriendo “un frío del carajo”. Más puertas se abrieron y vinieron trabajos en Boston, Filadelfia, Oregon.

En el 2009 se asentó en Nashville; con esta orquesta firmó un contrato hasta el 2025.