Orquesta West-Eastern Divan / Director: Daniel Barenboim / Solista:Martha Argerich, piano / Programa: Jörg Widmann: Con brio; Liszt: Concierto para piano y orquesta N°1; Wagner: oberturas de Tannhäuser y Los maestros cantores y “Amanecer de Sigfrido” y “Marcha fúnebre de Sigfrido” de El ocaso de los dioses / Teatro Colón / Nuestra opinión: excelente

Vía:  www.lanacion.com.ar | Pablo Kohan | PARA LA NACION

Hay ocasiones únicas, infrecuentes, inolvidables, que pueden ocasionar que una crítica no sea sino una colección interminable de adjetivos elogiosos, cada uno plenamente justificado. Para aventar los excesos y la sobreabundancia, tal vez sea conveniente aclarar, desde este mismo comienzo, que lo que hizo de la noche del jueves un evento único e irrepetible fue la presencia de Martha Argerich. A pesar de haber estado engripada y con una leve tos que refrenó con dignidad, la gran pianista dejó una huella profunda, como sólo ella puede hacerlo. Pero antes y después, aún sin alcanzar ese mismo estado de gracia casi milagrosa, Daniel Barenboim hizo maravillas con su orquesta, con una interesantísima obra contemporánea y con cuatro segmentos instrumentales de óperas de Wagner.

En el comienzo, Barenboim dirigió una obra de Jörg Widmann, un fenomenal clarinetista y, según lo demostrado, un muy creativo compositor. Con brio, así de sencillo su título, para gran orquesta, es una obra fragmentaria que se basa en una muy lograda y coherente sucesión de toques, motivos, notas, sonidos convencionales e inusuales, incisos brevísimos y silencios que van conformando un discurso de innegable teatralidad. Se alcanzan momentos de plenitud que, no obstante, invitan a nuevos silencios y otras ráfagas sonoras. Barenboim -fue extraño verlo dirigir con partitura- condujo a la orquesta por caminos de certezas y la obra, lejos de haber sido meramente “armada”, fue ofrecida en una interpretación de altísima calidad. Y después entró Martha, acompañada y protegida por Daniel, y el tiempo se detuvo.

El recibimiento que se le tributó fue interminable y conmovedor. Daniel, entendiendo la situación, la dejó avanzar sola hasta el centro del escenario. Por supuesto, la ovación estruendosa y la actitud de Barenboim no hicieron sino hacerla sentir incómoda. Las efusiones y los reconocimientos manifiestos sólo logran contrariarla. Pasadas las formalidades, Daniel dio la orden de comenzar el Concierto para piano N°1, de Liszt, y Argerich se atuvo, sencillamente, a transportar al público hacia el paraíso. A pura subjetividad y sin pretender que nadie coincida con esta opinión, Martha tiene una relación con el piano de absoluta compenetración. A diferencia de la guitarra, la flauta, el chelo y casi todos los instrumentos, el piano es un mueble majestuoso, imponente y ajeno que sólo permite el contacto físico de las manos sobre el teclado. Como fuere, Martha se apropia del aparato y lo hace una extensión inescindible de su más profunda intimidad. Para alcanzar esta situación, hacen falta, por lo menos, un dominio técnico total del piano y una personalidad artística superior. Argerich, vaya novedad, hace sobrada gala de ambas cualidades.

El concierto de Liszt es una obra compleja y de múltiples facetas. Un virtuoso del teclado podría florearse si logra superar todos los escollos que el compositor plantó para su lucimiento. Un lírico, por su parte, podría pasearse por esas melodías intensamente románticas que Liszt también sembró con generosidad, incluso, como contraste a los pasajes de bravura. Martha tiene la extraña virtud de hacer musicales y poéticos los pasajes más endemoniados y, por supuesto, hacer vibrar y conmover en los momentos de la poesía más calma y sublime. La interpretación que ofreció fue perfecta. Demostró autoridad y solvencia en los momentos de mayor enjundia -es inevitable señalar que ella da la incontrastable sensación de que jamás ninguna orquesta podrá opacarla- y paseó sus dedos con tal tenuidad y delicadeza que uno podría afirmar que nadie hace sonar al piano y a Liszt con tanta exquisitez y sutileza como ella. Arroja sus manos y sus dedos como al pasar y el refinamiento aflora invicto, indestructible.

Alguno podría aventurar que después de semejante performance el resto sería apenas un agregado. Bueno, Barenboim se encargó de demostrar que hay vida después de los portentos. Un wagneriano consumado, dirigió, de memoria, por supuesto, oberturas y momentos sinfónicos de tres óperas de Wagner y la Orquesta Divan demostró que, en sus manos, es un organismo estupendo. Seguramente, otras orquestas con muchos más kilómetros recorridos por este repertorio, podrían ofrecer interpretaciones más notables pero ese tipo de comparaciones resultan ociosas. El Wagner presentado por esta conjunción de israelíes, árabes y músicos de otras nacionalidades también tuvo un plus que las grandes sinfónicas del planeta no pueden procurar. Y la música, vaya novedad, son vivencias que van mucho más allá de cualquier eficiencia. Dentro de este tercer ciclo que Barenboim y la WEDO vienen ofreciendo en Buenos Aires con algunos altibajos, sin lugar a dudas, lo mejor fue lo que aconteció cuando Martha estuvo por delante de la orquesta y cuando Barenboim, batuta en mano, la condujo con total seguridad y arte.