El colombiano fue también un velado crítico musical; aseguraba que en París se ganó la vida interpretando canciones mexicanas.

Vía: milenio.com |

México | Hace 14 años, a Gabriel García Márquez le diagnosticaron cáncer linfático. Un año después en una entrevista declaraba que temía no terminar sus memorias y dos libros de cuentos, así que tomó una decisión radical: espació las visitas de sus amigos, desconectó el teléfono y canceló sus viajes y otros compromisos para escribir de ocho de la mañana a dos de la tarde.

Gabriel García Márquez

Gabriel García Márquez

Más adelante, decía, “ya sin medicinas de ninguna clase, mis relaciones con los médicos se redujeron a controles anuales y a una dieta sencilla… Mientras tanto, regresé al periodismo, volví a mi vicio favorito de la música y me puse al día en mis lecturas atrasadas”.

Tal vicio fue muy arraigado, al grado de que muchos críticos han buscado claves musicales para entender su obra literaria. César Coca, que escribió Gabriel García Márquez canta un bolero, en un ensayo lo llama “crítico musical enmascarado”. Afirma que, aunque escribió artículos sobre música, nunca fungió como crítico en sentido estricto. Sin embargo, agrega, en algunos artículos periodísticos tardíos y en su obra literaria “ha ejercido una sutil crítica musical que se ha detenido en obras e intérpretes de todos los géneros, pero sobre todo en el ámbito de la clásica”, juicios que deja en voz de los personajes.

NI CANTANTE NI COMPOSITOR

En una entrevista con Armando López, García Márquez aseguraba que había cantado profesionalmente en un club nocturno de París para sobrevivir, aunque ya había escrito La hojarasca y preparaba El coronel no tiene quien le escriba. “Cantaba en un grupo con (Rafael) Soto, el pintor venezolano. ¿Y sabes qué cantábamos? Pues canciones mexicanas. ¿Cuánto nos pagaban? Ganaba por noche unos 500 francos, algo así como un dólar. Todavía anda por ahí un casete que Carlos Fuentes está loco por rescatar, donde él y yo cantamos un álbum completo de canciones mexicanas a dos voces”.

Sin embargo, el periodista y poeta cubano Raúl Rivera escribió que la única vez que lo escuchó cantar se sintió “agradecido de que el autor de La hojarasca hubiera seguido fiel a su vocación por la literatura. Fue en un cabaret de Santo Domingo y le acompañó un conjunto heroico de músicos del patio, que lo siguió compasivo hasta la frase final de la canción”.

Pero aunque no cantara como profesional, su conocido amor por el vallenato fue tal que, ante la pregunta de qué es Cien años de soledad, acuñó una frase que luego se volvería famosa: “Pues no es más que un vallenato de 450 páginas, realmente eso. Lo que hice yo con mi instrumento literario es lo mismo que hacen los autores de vallenato”. Tampoco pudo escribir un bolero, ni con Armando Manzanero ni con Silvio Rodríguez. “Poder sintetizar en las cinco o seis líneas de un bolero todo lo que un bolero encierra, es una verdadera proeza literaria”, dijo con todo respeto.

LAS CINCO BES

En cuanto a la música de concierto, el literato plantea su posición sobre la música progresista cuando afirma que “si no hubiera sido por Béla Bartók, Stravinsky y Schönberg hubieran acabado con la música. No porque no sean grandes compositores, sino que se dejaron engolosinar tanto por la técnica que eran capaces de hacer cualquier cosa sin contenido, sin inspiración. Por suerte llegó Béla Bartók, que venía de la tradición romántica de Brahms y empezó a buscar sus fuentes en la música popular, como la buscó Beethoven, como la buscaron Bach y todos los grandes músicos de la historia de la humanidad”.

García Márquez se refiere al grupo más célebre del rock al escribir en una de sus Notas de prensa 1980-1984 que con Los Beatles las cosas empezaron a cambiar. “Los hombres se dejaron crecer el cabello y la barba, las mujeres aprendieron a desnudarse con naturalidad, cambió el modo de vestir y de amar, y se inició la liberación del sexo y otras drogas para soñar. Fueron los años fragorosos de la guerra de Vietnam y la rebelión universitaria. Pero, sobre todo, fue el duro aprendizaje de una relación distinta entre los padres e hijos, el principio de un nuevo diálogo entre ellos que había parecido imposible durante siglos”.

En un fragmento de Diatriba de amor contra un hombre sentado se encuentran rastros sobre el gusto del escritor por diversos géneros. “Y en música, ni hablar: me sacaste cruda de los acordeones vallenatos, de los merengues de Santo Domingo, de las plenas de Puerto Rico que tronaban en las noches de la marisma, y me diste a probar el veneno de Bach, de Beethoven, de Brahms, de Bartók, y claro, de Los Beatles, las cinco bes sin las cuales ya no pude seguir viviendo. Me hiciste entender lo que dijo Debussy, que lo más difícil de tocar el piano es hacer olvidar que tiene martillos. O lo que dijo Stravinski, que Vivaldi compuso el mismo concierto quinientas veces.”

García Márquez escuchaba tanto música antigua como experimental, canción ranchera, boleros, mambo y otros géneros populares, además del vallenato.  Argüía que nunca había entendido “cómo una persona que quiera ser culta no tenga la música como uno de los elementos más importantes de su formación”.

De su cuento “Ladrón de sábado” podríamos extraer una suerte de epitafio para el escritor que amaba la música. “El ladrón no lo piensa mucho: se pone los pantalones del señor de la casa y le pide a Ana que cocine para él, que saque el vino de la cava y que ponga algo de música para cenar, porque sin música no puede vivir”.