Cultura | El Nacional, Caracas, 9 de Febrero de 2000 | Escrito por Zayira Arenas

Eduardo Izcaray

El director de orquesta abandonó momentáneamente la batuta para hacer suya la palabra escrita y retratar, en un emotivo cuento, un día decisivo en la vida de su padre, Eduardo Izcaray, quien, pese a su sordera, amó la música por sobre todas las cosas y convirtió a la literatura en su gran pasión

No es fácil imaginar a Felipe Izcaray en otro ambiente que no sea la música, empuñando su batuta frente a un grupo de instrumentistas. Pero esa imagen cambió cuando apareció “La música del sordo”. Un texto narrativo en el que hace gala del dominio del verbo. En la dedicatoria de tan singular relato, su esposa Norma escribe: “Siempre he disfrutado y admirado la manera de escribir de Felipe Izcaray…”. De allí que se intuya que su afición por la escritura no es reciente.

El Maestro Izcaray presentando el repertorio

En septiembre de 1999 asumió la dirección artística de la Orquesta Sinfónica de Mérida, un importante logro para su carrera artística, pues es la primera vez que tiene para sí las riendas completas de una agrupación sinfónica. Pero el 99 también trajo consigo otra satisfacción. Ese año se propuso escribir La música del sordo, que si bien retrata un momento específico de la vida de su padre, Eduardo Izcaray, va más allá de una simple biografía, es un cuento en el que lo histórico-vivencial coquetea y seduce a la ficción.“Al leer el relato sobre mi papá te habrás dado cuenta que crecí entre música y libros, porque él era un ávido lector. Yo tenía a mi disposición las mejores lecturas en un sitio como Carora, donde es un honor ser lector”, confiesa Izcaray. “No es tan raro el hecho de que me guste escribir y sobre todo, leer. Mi hermano Ignacio es cantautor y poeta, y Fausto, el mayor, últimamente se ha dedicado a la poesía, después de ejercer el periodismo. A los 13 años de edad ya el Diario de Carora publicaba algunos artículos míos sobre béisbol. En bachillerato gané un concurso con el cuento El cuatro de lata y en los años 60, mientras estudiaba Sociología en la UCV y cantaba en el Orfeón Universitario, escribí un artículo sobre el maestro Sojo”.

-En el cuento hace referencia a escritores como Góngora, Rubén Darío, Víctor Hugo, Alejandro Dumas, Flaubert y Maupassant…
-Así como a mi papá, a mí me gusta mucho la novela y siempre me ha fascinado el cuento como género literario. Admiré muchísimo a Quiroga, me fascinaron los cuentos de Cortázar, de Rómulo Gallegos. Los músicos venezolanos que crecimos en el mundo coral -fue después que me centré en la música de orquesta- constatamos que la música venezolana está muy ligada a la poesía hispanoamericana y española. En cualquier madrigal de Vicente Emilio Sojo, Juan Bautista Plaza, Inocente Carreño y Antonio Lauro uno encuentra las mejores poesías de los grandes autores. El maestro Sojo tenía como práctica hacer que sus alumnos estudiaran los poemas. Por eso, para un cantante coral venezolano de la década de los años 60 y 70, no es nada extraño la obra de Góngora o de Rubén Darío.

Antonio Crespo Meléndez

-¿Por qué se decidió entonces por la música y no por la escritura?
-La música siempre ha sido mi pasión primordial. No creo en el músico que hace únicamente música o que no está enterado de lo que está sucediendo. Antes de estudiar música formalmente, era un coleccionista empedernido de postales, de fotos y de grabados de artistas. También era un apasionado de la escritura y en Carora habían grandes estímulos, como un personaje que cito en el cuento, don Antonio Crespo Meléndez, padre de Luis Alberto Crespo e íntimo amigo de mi papá. Uno debe desarrollar, sin timidez, las pasiones que sienta. De repente escribí el cuento, como dice Norma en el prólogo, para llenar una nostalgia que yo tenía, porque mi papá era un hombre excepcional. Su gran pasión fue la música y no la pudo desarrollar por completo a causa de la sordera, pero si lo hizo con la lectura.

2 de julio de 1932 -En el relato usted viaja al pasado, al 2 julio de 1932, ¿por qué ese día? En el relato escribe: “Era una urgencia secreta de averiguar por qué se truncaron rumbos y sueños en la vida del artista”, refiriéndose a su padre.
-Después de que murió mi papá en 1979, tuve esa inquietud por saber cómo fue su pasado, porque cuando lo conocí ya era sordo. Había que gritarle para que entendiera las cosas. Conseguí una constancia de Salvador Llamozas que dice que papá era su mejor alumno y eso me llenó de asombro, porque otros de sus alumnos eran Moisés Moleiro y Evencio Castellanos. También hallé un programa de un fin de curso de la Escuela de Música y Declamación, y aparece mi papá tocando el andante favorito de Beethoven. Cuando decidí escribir esto, me pregunté: “¿Si yo quisiera hablar con él, cuándo sería?”. Decidí que fuese un par de días antes del concierto -que se efectuó el 24 de julio-, para el que debió de haber estado en la plenitud de sus facultades musicales. Hasta el año 35 cantó en el Orfeón Lamas, luego se dedicó a vender seguros de vida por todo el país. Al llegar a Carora se enamoró de mi mamá y se casó con ella en 1941.

-¿Por qué no se limita a contar la historia, sino que entabla un diálogo imaginario con su padre?
-Porque me hubiera encantado que él me hubiera contado su vida. El le decía a mi mamá que no le gustaba hablar sobre esa época, porque iban a creer que era un bohemio, un gitano.

-En el relato lo biográfico se mezcla con lo imaginario, ¿cuánto hay de verdad y cuánto hay de ficción?
-Los hechos narrados son bastante exactos. Cuando digo que la Orquesta Sinfónica la sacaron de la escuela ese año, así fue. El concertino era Ríos Reyna y Negretti era uno de sus violinistas. Los hechos que rodean esa conversación ficticia con mi papá son bastante exactos. El restaurante de Veroes era muy conocido entre ellos, el Cine Principal era donde mi papá, junto con algunos músicos, famosos hoy en día, animaba las películas mudas. Lo de su sordera comienza a mediados de los años 30. Es después de ser músico que logré comprender lo que él sufría cuando tocaba en el piano algo de Chopin o de Beethoven o alguna pieza popular.

-Al final pareciera que usted lo que intenta es apaciguar su propia tristeza.
-Al ciego la gente lo ayuda a cruzar la calle, a un lisiado también. Pero la gente lo que hace es burlarse del sordo, cuando escucha una cosa y contesta otra. Yo presenciaba cómo amigos de papá bromeaban sobre eso y, a veces, no era de buen gusto. En Carora a mi papá lo conocían como el sordo Izcaray. Cuando niño a mí no me gustaba.

-¿Usted le teme a la sordera?
-… Por supuesto que tengo temor, porque es una enfermedad hereditaria. Pero, hoy en día, es muy fácil evitarla con el tratamiento adecuado. Un caso extremo, como el de mi papá, no creo que suceda actualmente.

Todavía no
“…Fue en ese preciso instante cuando la tristeza me invadió. ¡Tantos sueños y anhelos truncados! ¿Cómo iba a saber Eduardo que muchos de sus sueños se convertirían en pesadillas, y que su vida entraría en una bóveda blindada, separada del mundo exterior por un mundo de sordera, que la música sería para él un leve consuelo de sonidos lejanos, reducida a entretenimiento de vacuos festejos pueblerinos? ¿Qué podía decirle yo en ese momento de euforia? ¿Cómo podría yo advertirle que esa cerveza que degustaba con placer era un temprano peldaño de su descenso? ¡Qué impotencia sentí al no poder salvar su futuro! De pronto me di cuenta de mis lágrimas, y de que ya Eduardo las había notado.

-¿Qué le pasa, amigo?
-Nada, sólo algunos recuerdos tristes.

-Pero deben ser bien tristes, porque cambiaste el semblante de repente cuando yo estaba hablando tanta loquera.
-No, no son loqueras. Nunca dejes que te digan loco, ni que se burlen de ti, ni que te pongan apodos.

-¿Qué tipo de apodos?
-Bueno, no sé, el loco, el chueco, el mocho, el chingo, el sordo, el tuerto…

-Pero para ser honrado con uno de esos apodos tendría que ser loco, chueco, mocho, chingo o tuerto.
-O sordo.

-Bueno, todavía no”.
(Fragmento tomado de La música del sordo, de Felipe Izcaray, 1999)