Todos conocemos a Daniel Barenboim por su inteligencia (su inteligencia musical y su inteligencia a secas). Pero se pasa por alto uno de los modos en que trabaja esa inteligencia: la anécdota.


Vía: www.lanacion.com.arPablo Gianera

Barenboim cumplió anteayer 74 años, pero él mismo dijo hace un tiempo que sentía haber vivido cinco vidas. Alguien que tuvo una vida así de múltiple tiene mucho que contar. La cuestión es cómo contarlo y para qué. Quienes tienen la compulsión de contar historias caen en la facundia de contarlas a boca de jarro, sin ton ni son y sin que la ocasión lo demande. No es lo que pasa con Barenboim y es aquí donde entra en juego la inteligencia: cada historia produce pensamiento o está al servicio de una idea que quiere en cierto modo volverse comprensible.

Esta particularidad se vuelve decisiva en el caso de él, que trabaja con un material, el sonido, que no se somete fácilmente a las palabras. No digamos “fácilmente”: no se somete en absoluto.

Volvamos a Barenboim, que se convirtió en el más inesperado youtuber, y por supuesto en el mejor de todos. Hace poco más de tres meses abrió un canal en YouTube. El formato es simple: “5 Minutes On…” Es decir, en cinco minutos, e incluso en menos, el Maestro ofrece un acceso o una explicación a determinada pieza del repertorio. Por ejemplo: cinco minutos sobre el Primer concierto para piano de Brahms. Hay también entregas especiales (sobre el ritmo o la melodía) y se responden preguntas de los seguidores del canal. Pero lo principal son esos cinco minutos y, en ellos, el modo en que la anécdota habilita la teoría y la justifica.

Una de las últimas entregas es para mí la mejor de todas. Está dedicada a la Sonata n° 7 opus 10 n° 3, de Beethoven, una de las piezas más hermosas de la primera época del compositor. Su movimiento lento, en particular, no puede ser más conmovedor. Sin embargo, Barenboim no se ocupa de él, sino del último movimiento. ¿Qué particularidad tiene? Empieza con tres notas interrumpidas por el silencio; después de nuevo tres notas, y de nuevo silencio…

Cuando era chico, Barenboim fue a una masterclass del enorme pianista Edwin Fischer. Según Fischer, ese principio era el ejemplo más perfecto de “humor” en la música. Dedicó toda la clase a hablar del “humor”, en el sentido del chiste, que había en ese movimiento, e instaba a los alumnos a tocar de esa manera.

Años más tarde, Barenboim asistió a un recital de Claudio Arrau. Arrau, ¿el pianista mayor del siglo XX? Difícil decidirlo, pero me inclinaría a creer que sí. El caso es que después del recital, Barenboim y Arrau fueron a comer. Durante la cena, Arrau dio una larga explicación acerca de la “naturaleza trágica” del último movimiento de la Sonata n° 7 opus 10 n° 3, de Beethoven. Donde para Fischer había una broma, Arrau no veía más que oscuridad: el sonido (las tres notas) que empieza y no puede seguir porque muere en el silencio. “La naturaleza trágica de la música.”

De la anécdota a la teoría: Barenboim no quiere hablar ni de Beethoven ni de sus recuerdos de Fischer y Arrau, sino apuntar a una conclusión más cercana a la filosofía del arte: el peligro de los adjetivos.

“Cuando hablamos de la música hablamos de nuestra reacción ante la música, lo que nosotros encontramos en ella según nuestro conocimiento, según nuestro ánimo.”

Lo que decimos de la música dice más de nosotros que de la música misma. En palabras de Barenboim: “Estoy convencido de que hay cada vez más cosas de la música que son explicables. Lo único que no es explicable es su inexplicabilidad. Esa inexplicabilidad puede ser lo más interesante”.

Del mismo modo que no podemos superar del todo esa inexplicabilidad, tal vez la música no disipe la complejidad del mundo, pero sin duda puede ayudarnos a descifrar esa complejidad y a comprenderla en sus propios términos.

Una vez más, gracias, Maestro.